El hombre de hierro. Hay fierros que hacen a otros fierros. Concebidos como tales, a veces se manifiestan casi abiertamente, otras veces se ocultan de los curiosos. Siempre están ahí, al acecho, para hacer el mal, para hacer el bien, nunca se sabe. Sé prudente cuando te encuentres con uno, no lo desestimes pero tampoco lo idolatres.
pensamos con la lengua, vemos con nuestro cerebro; un teclado, un bolígrafo o un lápiz y una cámara son solo intrumentos, nunca lo olvides.
viernes, 1 de julio de 2022
domingo, 21 de marzo de 2021
¡Azúcar!
La dulce sensación obtenida del infierno
El asfalto chicloso de las calles es parte del infierno, sin duda. Los zapatos se hunden en ese betún suavizado por el calor. Al caminar, se levantan gruesas hebras elásticas que se fijan a las suelas, dificultando el andar. La humedad, está por todas partes: minúsculas gotas flotan calientes e invisibles en el ambiente; se adhieren a la piel, se meten por la nariz, por los ojos; el calor interno conversa con el externo; el de afuera es decididamente, mayor. No hay sombra que refresque o amengüe tal sofocación. La suma de todos los calores es atrapada por la hondonada del valle donde se asienta la ciudad y que parece gritar: ¡de aquí, no sales! La alta temperatura, mansa, obedece.
– 0 –
Escobedo, N.L. a 21 de marzo de 2021.
martes, 9 de febrero de 2021
El puente del ferrocarril
El tren puede pasar en este momento, o no. Pero una cosa es segura: lo hará.
Lo que más llamó mi atención, fue esa frase, profundamente melancólica pero dicha con franqueza y con un exquisito dejo de soledad: “no me importa si algún día me lleva el tren cuando cruce el puente, si pasa hoy o pasa mañana; si no me encuentran un día, busquen por esta zona del río; seguro por ahí estará mi cuerpo, o lo que quede de él”.
No era una bravata o palabras dichas al azar, nada de eso. Observé sus ojos, su gesto, su voz, y supe que hablaba en serio. Había una profunda desesperanza por debajo, sin embargo, su arraigo a la vida, como viniera, también era evidente. Me mostró su cicatriz o mejor dicho, sus cicatrices –eran varias aunque en una misma zona: en la parte trasera de su cabeza–. Un tumor externo bastante enraizado en el cráneo; con los años creció 14 centímetros. Cuando el dolor fue insoportable, finalmente se lo extirparon.
Ese domingo, el día que lo conocí, amaneció soleado. Un domingo de enero, aunque invierno, bastante caliente. De esos días de rayos picantes que causan ardor. Un atisbo ya no de la primavera, que podría decirse que ya no existe en estas edades del siglo XXI, sino del verano. Así de caliente se sentía. Y es que el tiempo de la zona del noreste de este país, tiene esas maneras particulares: adusto, malhumorado, no sabe de delicadezas. Muy al modo de sus gentes que habitan la región.
El municipio en el que vivo es un enorme llano, rematado en uno de sus extremos por un cerro muy peculiar conocido desde mucho tiempo atrás como el Topochico, y tiene esa forma, la de un topo; en su longitud mide kilómetros. Es compartido por varios municipios colindantes, incluyendo el mío.
En el área urbana de mi municipio no hay edificios más altos que unos cuantos pisos, o sea, chaparretes. Las zonas elevadas –realmente que puedan considerarse, elevadas– se encuentran por su lado suroeste, precisamente por las laderas del cerro del Topochico, esa elevación natural de la tierra.
El trazo de las calles es generalmente de ángulos rectos. Se observa la predisposición de conservar su anchura, en ello se nota orden y una clara proyección a futuro previendo el crecimiento de su población. Los vestigios del pasado son bastante escasos, considerando que la historia de por aquí se remonta al año de 1604. La zona, en tiempos antiguos, se conoció como la hacienda de los Ayala o Topo Grande. El municipio se erigió en Villa en 1868 con el nombre de un general de la época originario de Galeana, Nuevo León. Un personaje diligente, disciplinado, de esos hombres que hoy escasean, cabal y de palabra: Mariano Antonio Guadalupe Escobedo de la Peña (1826-1902), conocido usualmente solo como el general Mariano Escobedo, un héroe de a de veras, leal soldado e hijo de la república.
General Escobedo, nombre como se le nombre comúnmente, está adherido y forma parte de lo que se conoce como la Zona Metropolitana de Monterrey. Es mi base de operaciones actual, en donde vivo, como he mencionado antes. Desde esta base, incursiono a diversos sitios de la ciudad metropolitana y a otros, fuera de la zona conurbada, como por ejemplo: toda la extensión anteriormente conocida como el Valle de las Salinas, hacia el norte. Esta zona tiene más sentido o interés para mi ya que en uno de sus pueblos, existen raíces familiares por mi lado materno. Historias viejas de genealogía sefardita y de asuntos que no se creerían.
Ese día, ese domingo, decidí hacer un recorrido por General Escobedo. Uno no sabe lo que podría encontrar hasta que lo hace y lo va descubriendo. Me dirigí hacia el casco viejo, la zona central. Como es usual, el conjunto clásico de los pueblos y ciudades de México. La plaza central con su quiosco; rodeada por: la Iglesia (católica), el palacio municipal, la casa de la Cultura y otros edificios de dependencias del gobierno, además de casas de los pobladores.
Hice algunas fotos del lugar. Luego, abordé mi auto y tomé una calle hacia el oeste. Llegué hasta las vías del ferrocarril, ahí me detuve porque en ese momento pasaba el tren, uno larguísimo. No traía una ruta prefijada, así que me regresé por la misma calle sin remordimiento. Había visto, por esa misma calle, una casa antigua, o mejor dicho, sus ruinas. Di con ella, me estacioné y me dirigí a pie a tomarle algunas fotos. Enfrente de la casona, entablé una charla con una persona que disfrutaba viendo pasar a los autos y a los transeúntes que como yo, por ahí circulábamos. Mientras lo hacía, este personaje bebía tranquilamente su espirituosa tomando el sol de la tarde. Durante la animada charla, surgió el tema de un puente de ferrocarril. Me dice el ciudadano de apellido enraizado en la misma historia de Escobedo:
–Oye, ¿viste el puente del tren ahí, por la vía, por donde te regresaste?
–No, ¿cuál puente?
–El puente, más fregón que el de Santa Catarina.
–¿Me hablas del que está por la avenida Díaz Ordaz?
–Sí, ese.
–¿Más bonito que ese?
–Más bonito
–No, no lo vi ¡Ya sé por qué no lo vi! En ese momento pasaba el tren y me tapaba la perspectiva. ¿Pero, se ve el puente desde ahí? ¿Está más adentro? ¿O por dónde?
–Se ve ahí nomás llegando al cruce. Si quieres ir a tomarle algunas fotos. Hay algunos compas mariguanos por ahí, pero son tranquilos, si tienes algún problema nomás diles que vas de mi parte.
–Ah, muy bien. Pues, deja me lanzo, mucho gusto primo, gracias.
Llegué de nuevo al cruce, y sí, a mi derecha, desde ahí a unos 50 metros a lo sumo, se ve claramente. Dejé el carro muy cerca, y me bajé a hacer fotos. Y en esas estaba. Me di cuenta que el puente es solo para el tren, no tiene ninguna área para el cruce de los peatones, esto es, si quieres cruzar el río Pesquería por aquí, por el puente, necesitas caminar sobre los durmientes de las vías, no hay otra. Eso quiere decir que si lo estás haciendo y por aquellos azares del destino, el ferrocarril pasa en ese momento, o lo va a hacer, tienes algunas opciones para no ser arrollado:
Uno: corre endiabladamente para alcanzar el otro extremo y salirte de las vías, ojalá y lo logres, por tu propio bien.
Dos: salta, igual y no la cuentas, el río acaso lleva caudal y la altura es suficiente para hacerte papilla, quebrarte la sesera, o varios huesos, o todos.
Tres: hazte a un lado e intenta colocarte en la estructura lateral de hierro del puente, saca tus habilidades de equilibrista, cuida de no tropezarte o pisar mal, te puedes caer.
Cuatro: no cruces por aquí, no te atrevas, por tu salud.
Claro que la gente cruza el puente continuamente. Y no pasa nada, o ya pasó y no estoy enterado. Una de las ventajas es que el tren hace mucho ruido, además del silbato que se escucha a kilómetros. El tren no pasa muy a menudo, aunque siempre habrá un riesgo. Si tu andar es lento, porque te quebraste un pie, o porque eres viejo, o por algún grado de invalidez, o cualquier otro motivo, el riesgo se incrementa. Si tienes problemas de sordera, o de visión, una u otra, o ambas, por favor, no lo cruces nunca. Si padeces de chisquiadera, tampoco lo intentes.
Estructura de travesaños y largueros de hierro, ajada por el devenir, en eso refleja la belleza de los olvidos y la vaguedad de las siluetas que logro evocar. El óxido ha hecho mella en todos los sitios. La pintura naranja descascarada le otorga ese carácter respetable que dan las cicatrices de las muchas batallas. Tan solo observar la firmeza del grueso metal, me da esa sensación de que puede sostener el enorme peso del ferrocarril. Y lo hace. El tren en su longitud interminable lo atraviesa casi flotando.
A los costados de la vía, pasando el puente, hay casas. Riesgo para aquellos sonámbulos que descuidadamente salgan por puertas sin seguro o mal vigiladas. Niños jugando al amparo de la mole que pasa veloz. Línea que se traspasa con regularidad y que de pronto, al hacerlo, se olvida lo que por allí circula de tanto en tanto. Si no te has parado a unos metros de las vías de un ferrocarril cuando, en ese momento, éste avanza con rapidez, no sabes de su poder. No tienes idea de lo que esta locomotora –y lo que arrastra– pasa a ser del manso reposo a cuando coge velocidad, nada lo detiene, lo lleva el diablo.
Mientras encuadraba la siguiente fotografía, escuché una voz por detrás:
–¿Para qué las fotos? –un hombre mayor con pelo completo cano se dirigía hacia donde yo estaba con la intención de seguir por ese camino y cruzar el puente. Vestido con una playera blanca de algodón, pantalón liso azul cielo; una sonrisa franca y amistosa, con esos ojillos marrones curiosos encima de ella; un andar lento pero firme, sin otro sostén que sus piernas; un viejo dulce–.
–Para mi, para mi colección –le digo–.
–¿Es reportero?
–No, no precisamente, reportero, reportero lo que se dice reportero, de un diario o de una revista, no. Lo hago porque me gusta documentar y mostrar lugares.
–¿Ya cruzó el puente?
–No, aún no, ya estuve por la mitad para buscar ángulos, pero no, no lo he cruzado. El tren pasó hace un rato.
–Sí, a veces pasa.
–¿No le da miedo que el tren venga y usted vaya en medio del puente, que no alcance a llegar al otro lado?
–No. Hace un tiempo hubo una pareja, un chavo y una chava que dormían ahí arriba.
–¿Cómo? ¿Arriba del puente?
–Sí, ahí mero. –me señala–.
–¿Pero, cómo es posible? ¿En las vigas de allá? ¿Las de arriba?
–Ahí mero.
–Caray, es algo increíble.
–Como lo oye. Una vez el chavo, se cayó al río, debía de andar bastante pasado, como andaba a veces.
–¡¿Qué?! De seguro no la libró.
–Pues aunque no me lo crea, la libró, huesos rotos y heridas, pero la libró.
–Eso es aún más increíble. Es una altura considerable. Oiga, usted vive por aquí, ¿cierto?
–Sí, vivo por esa calle, a unas cuadras, en casa de una de mis hijas. Antes vivía de aquel lado del río.
La conversación continuó amigablemente. Don Ambrosio me compartió trozos de su vida: lo de su tumor en la cabeza y los años de sufrimiento. Lo de sus dos mujeres. Lo de sus tres hijas. Lo de su separación de su segunda esposa, cosa que le trastocó su ánimo. Lo de su vida en el tejabán que le prestaron cerca del río para medio vivir cuando quedó solo. Lo de su rescate de ese tejabán por parte de una de sus hijas cuando ya lo creían muerto. Lo de su nietecita –hija de una hija que no es su hija pero que quiere como tal–, una chispa de unos 4 años y que al recordar cómo le brinda cariño y afecto al abrazarlo, y decirle lo que le dice con su tierna vocesita, Ambrosio suelta algunas lagrimas y la voz se le quiebra de la emoción –y me quiebra a mi–. Lo de los cinco viejitos que visita con frecuencia –y que lo hace cruzar el puente del ferrocarril–; de esos viejitos sobreviven tres, dos han muerto recientemente. Ambrosio, agrega: “son los únicos amigos que tengo, no tengo más, no se por qué no tengo más”.
Se lo dije, quizá como para echarle un poco de ánimo: “a pesar de que no la ha tenido fácil, veo que su actitud es positiva, don Ambrosio, no lo veo como un pesimista a pesar de todo lo que ha pasado, eso es bueno”. Me miró algo incrédulo, pero es que era cierto, al menos nunca desapareció su tono afable y su sonrisa amplia. Hasta que me soltó aquello de: “no me importa si algún día me lleva el tren cuando cruce el puente…”, una vez que le pregunté de nuevo si no temía cruzar por ahí con frecuencia. Y bueno, aunque es una aceptación ante lo inevitable, no es posible admitir cierta rendición ante lo que pueda venir, una manera de resignación.
La soledad, esa cuando el otro no nos reconoce, es terrible. Diferente a la que buscamos para estar con uno mismo, sin renunciar al mundo. Se dice que somos en relación, cuando ésta no existe es como dejar de ser, es el no estar. No es que vivamos por los otros, venimos siendo los otros. Sin ese reflejo es como si no existiéramos. Por ello llega ese cansancio recurrente, esa sensación de soledad. El desánimo, ese estado en el que uno dice: si me coge el tren o no, no importa.
Don Ambrosio y yo nos despedimos efusivamente. Me dio su dirección, una calle y un número. Lo seguí con la mirada hasta la mitad del puente, volteé a uno y otro lado de las vías. Como una frase protectora para deshacer malas premoniciones, pensé: ojalá que no pase el tren, por el momento. Di la vuelta, y me fui también.
– 0 –
jueves, 14 de marzo de 2019
El ARTE de transmitir sensaciones por medio de un escenario, de una voz y de un cuerpo
Charla con el maestro, actor, director y escritor Fernando Leal
Por: fonbòsLunes 11 de marzo de 2019
“Lo que caracteriza a nuestro mundo es que está sentado. La mima corpórea se levanta, se divierte representando al mundo, estar en la mima es ser militante, un militante del movimiento en un mundo que está sentado”. Étienne Decroux
Para el maestro Leal, el teatro, el arte, es algo serio, profundo, que no quiere decir que en la comicidad no resida lo serio, lo substancial, tanto así como en el drama, del que igual en ocasiones nos arranca más risas, Fernando comenta: “el arte es una cola de la cultura, es la cola de una sociedad, es el legado, es lo que vas dejando, la historia es la chismosa, la que registra esa secuela” . Para él, el teatro es ese registro, esa historia, no hay diferencia, la escena en el foro y en la vida, es la misma, solo contada por diferentes vehículos y estímulos.
Conversar con Fernando Leal es un deleite, un tipo de mediana estatura, delgado, no muy propenso al halago directo ni al protagonismo que uno esperaría observar en una persona con el talento y experiencia que éste tiene, al contrario, es sumamente accesible expresando una caballerosidad que transmite con su voz grave y modulada, y esa nariz que divide su cara un tanto asimétricamente, lo que la hace más que adecuada, exacta en él, protuberancia que le imprime, como al poeta Cyrano, un aire singularísimo a su proyección, la naturaleza hace su trabajo preciso y nos provee de las herramientas justas para lo que estamos hechos, Fernando incluye unos ojos marrones inquisitivos y profundos, muy al estilo sefardita que las poblaciones como Linares, Montemorelos, Terán, Zuazua, Ciénega de Flores y muchas otras proveen en sus hijos en este mundo noresteño a veces incomprendido, ojos que todo lo ven y todo lo desarticulan para proponer nuevas articulaciones al público, arte por arte.
“Esteban de la Cruz, así es en español Ètienne Decroux”, dice en tono jocoso el maestro Leal, y sigue: “así se llamaba mi papá, Ètienne, o sea, Esteban”. En la vida de Fernando muchos han sido sus maestros, entre ellos precisamente Ètienne Decroux, en Paris, mismo maestro que corrió de su escuela al famoso mimo, también francés, Marcel Marceau, Fernando recuerda: “Decroux decía que el rostro es la parte más mentirosa del cuerpo, cuando Marceau se pintó la cara de blanco y se puso camisetas de rayas, lo corrió de la escuela”, irónico, pero ahí está la historia. Decroux, extraordinario mimo corporal dramático, fue un gran reformador del teatro, apoyándose en el desarrollo y técnica del movimiento corporal para contar historias dinámicas, como nunca antes. De su escuela han salido, a su vez, grandes artistas, algunos como Alejandro Jodorowsky, Jean-Louis Barrault, Thomas Leabhart, y el mencionado, aunque alejado de su escuela clásica, Marcel Marceau.
En el 2018, recordamos la puesta “Un caballo bronco que se convirtió en burro”, una sátira que expresa la exacta decepción que el pueblo en general ha expresado en las calles, en las esquinas, en los clubes, en casa, acerca de la gestión del gobernador del estado de Nuevo León Rodriguez Calderón y de las promesas de campaña incumplidas durante su gestión, recortes presupuestales a las áreas e instituciones culturales, resurgimiento de la violencia y “el chapulineo” que intentaba (y que hizo) para contender por la presidencia de la república cuando repetidamente antes dijo hasta el cansancio que no haría, que terminaría completo su trabajo como gobernador del estado, sin interrupciones. Fernando alzó su voz como lo sabe hacer, por medio del teatro y de su arte, fue el portador, con su obra, de lo que el pueblo pensaba y piensa, al menos de buena parte de él. La parte social y comprometida del maestro Leal.¿Será la Tierra enterrada o es que solo está entierrada?
¿La podremos salvar? ¿qué tan delicado es el asunto?
Por: fonbòs
Lunes 11 de marzo de 2019.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Una vida plena, Héctor Carpizo
![]() |
| Héctor Carpizo Mac Gregor |
Monterrey, N.L. Noviembre 03 de 2016
—¿Y cuándo veía a Cocó? —pregunto al Sr. Carpizo, en referencia a sus largos periodos de viaje que tenía que realizar por su trabajo en 3M, cuando supervisaba, desde la ciudad de México, el sur y sureste del país.
—Ese es muy buen punto —responde—, pues la veía yo muy poco, me acuerdo de algo que comentaban mis cuates: “Oye Héctor, ya no sigas viajando tanto y dejando a tu familia sola, no vaya a ser que un día llegues a tu casa y salga uno de tus hijos y diga: ¡mamá ahí te busca un señor! ”.
—“Esa es la primera —continúa su relato—, pero eso no es todo, Héctor, si insistes en lo mismo, de estar tanto tiempo fuera de tu casa, la siguiente vez no te va a decir eso, vas a llegar a tu casa, vas a tocar la puerta y tu hijo va a decir: ¡papá, ahí te busca un señor! ”.
Para quien lo conozca, Héctor Carpizo Mac Gregor es una persona cordial, cercana, amena y que siempre esboza una sonrisa seguida de un comentario positivo para cualquier persona que tiene la suerte de encontrarse o convivir con él.
Hablar del Sr. Carpizo es sumergirse en una vida de pasión, una vida llena de anécdotas y de situaciones humanas maravillosas que con su muy particular manera de hacérnoslas saber, nos transmite ese calor humano que lo define, además de permitirnos ingresar a su mundo, ese mundo de personajes e historias en donde sólo cabe encontrarnos con la vida misma.
Héctor trae lo “campechano” en la sangre, nace en la ciudad de México un 17 de octubre de 1938, de padres originarios del estado de Campeche. Hijo primogénito, luego le siguieron sus hermanos: Ana Cristina, Eduardo y Miguel, complementando a la familia Carpizo Mac Gregor.
La ciudad de México fue el marco de su formación, ahí crece y realiza sus estudios elementales, los de secundaria y los de preparatoria, luego ingresa a la carrera de Contador Público en la que permanece los primeros dos años, la que abandona para seguir la vocación que ya sentía, era lo suyo.
Desde joven, ya manifiesta sus características histriónicas, Héctor quiere ser actor. Para ello se tiene que preparar, estudia tres años en la Academia de Andrés Soler y luego un año más en Bellas Artes.
Como actor novel participa en varios proyectos de teatro experimental, afina y desarrolla sus capacidades. Descubre el teatro infantil en donde, como él dice: “ya era profesional, empecé a ganar dinero”. En esta faceta trabaja para varios escenarios situados en la Unidad Cultural del Bosque que albergaba en la zona, al Auditorio Nacional, al teatro del Bosque, al teatro Orientación (teatro infantil que funcionaba los sábados y domingos) y al teatro Javier Villaurrutia.
Más tarde, fue en el teatro Cinco de diciembre de la ciudad de México, en donde Héctor actúa en la obra “La estrella adolescente”, a la que acuden como espectadoras, su hermana Ana Cristina y una amiga que la acompaña, conoce a la que él mismo define como “mi compañera de vida”, Rosario, la amiga que llegó con su hermana a ver la función de ese día, una linda y amable jovencita tampiqueña. Pasa lo que a veces sucede cuando hay afinidad y atracción mutua, Héctor y Cocó —hipocorístico con el que la llaman— se enamoran y posteriormente a través de una fértil relación, deciden formar una nueva familia.
El dilema de todo actor profesional de teatro: ¿Qué hacer para estabilizar los ingresos para la nueva familia, cuando no sabes si la obra será exitosa, si durará lo suficiente, si habrá pronto o no una nueva en la qué trabajar? Durante la preparación y ensayos de una puesta, no hay ingresos. ¿Qué hacer?, y es, en esta incertidumbre, cuando Héctor decide buscar alternativas.
Y encuentra una, es cuando ingresa al mundo de las ventas, se contrata como vendedor comisionista en Productos Metálicos (PM) Steel, compañía de muebles para oficina y sistemas de kardex —“sistemas visibles de comunicación”, comenta Héctor—. Es aquí cuando él se topa, gracias a su facilidad para relacionarse con todo tipo de personas y comunicar claramente cualquier mensaje, un mundo nuevo de posibilidades de desarrollo.
Y lo hace. A cuatro años de trabajar en PM Steel, se destaca y lo nombran el mejor vendedor del año. Recibe el reconocimiento en el hotel Del Prado de la ciudad de México, todo un gran evento. En la ceremonia, acuden ejecutivos de otras compañías, uno de ellos, Guillermo Romano, que por entonces era Gerente de Máquinas Copiadoras de 3M, se le acerca y lo invita a colaborar con él, en 3M.
En agosto de 1966, Héctor entra a trabajar a la compañía 3M. El puesto con el que ingresa fue el de Vendedor de Máquinas Copiadoras. División, en ese entonces, de las más importantes de 3M, en donde también se ofrecían equipos visuales, como los retroproyectores, y los equipos de microfilmación.
En tan solo seis meses y gracias a la aplicación y entrega que muestra Héctor, es promovido como Supervisor de la División de Máquinas Copiadoras para el sur y sureste del país, visita Veracruz, Villahermosa, Campeche, llega a Oaxaca y hasta Tapachula, viajes que lo hacen estar poco tiempo en casa, comenta: “estaba de viaje tres semanas y sólo una semana con mi familia, fue difícil, pero es algo que había que hacer, y lo hacía con mi mejor empeño”.
En los primeros meses del año de 1968, Héctor Carpizo recibe la promoción, en la misma división de copiadoras, de continuar la función de supervisión pero ahora en una ciudad que lo marcaría para siempre, Monterrey. Es en ese año cuando por primera vez, por razones de trabajo, se traslada con su familia a la capital de Nuevo León, dice ante este hecho: “lo mejor que me ha pasado en mi vida, mi adoradísimo Monterrey”.
Héctor nos indica: “era la oportunidad que me estaba dando la compañía, donde me hubiera mandado, ahí hubiera ido, tuve la bendición de llegar acá en donde, ahora sí que día a día le doy gracias a dios, le tengo tanto, tanto amor a Monterrey y a lo más importante que tiene el estado de Nuevo León que es su gente”.
Héctor ya había tenido antes la oportunidad de estar en Monterrey en periodos de vacaciones cuando visitaba a un amigo originario de General Terán; redondea Héctor: “siempre me gustó mucho por acá”.
Cuando llega a vivir a Monterrey, una de las características que primero nota es la manera de hacer negocios de la gente, la forma de interactuar más directa y espontánea que en otras regiones en que le había tocado trabajar, menos formal. Recuerda como el uso del “tú”, esa segunda persona del singular, era más común aquí que en las regiones del centro y sur en donde mayoritariamente utilizaban el “usted” —segunda persona del plural– en el trato e interacciones comunes, formas diferentes.
Héctor continúa enriqueciendo su bagaje, incrementa sus conocimientos, aunque conserva —como hasta el día de hoy— su sencillez y trato humano en todas las circunstancias. Así, nos señala: “Voy a confesar una cosa: aunque yo venía de ser el mejor vendedor de PM Steel y ahora como supervisor de ventas en 3M, yo siento que realmente fui un vendedor profesional gracias a la gente de Monterrey que me enseñó, me enseñó a cómo hacer el trabajo, a cómo razonarlo, a cómo ser productivo y sobre todo, a cómo ser rentable”.
Cuatro años después de haber llegado a Monterrey esa primera vez como Supervisor de Ventas, regresa a la ciudad de México para ocupar la posición de Gerente Nacional de Ventas en la división en la que labora.
Tras cinco años en este cargo en la ciudad de México, en el año de 1981, se le ofrece nuevamente regresar al norte con la posición de Gerente Regional de la Sucursal de Monterrey, puesto que ocupa durante diez años en su querida ciudad norteña. Ahora representa, con su equipo de ventas, a 3M en todas las divisiones en la región norte, un cargo de mayor envergadura y responsabilidad.
En el año de 1991, su buen desempeño y dedicación en el liderazgo de la sucursal de Monterrey, lo hacen merecedor de escalar a una dirección de negocio, posición que le comunica el Ing. Felipe Sánchez, Director Nacional de Ventas y jefe directo.
Héctor recuerda esos momentos y comenta: “No me quería ir ¿eh?, no me quería ir”.
A lo que le pregunto:
—¿Le costó trabajo, al Ing. Sánchez, convencerlo?
—Pues no le costó mucho trabajo —responde Héctor de inmediato—, porque él es muy práctico en sus cosas. Me acuerdo que le dije, muchas gracias, pero yo estoy muy contento aquí, no me gustaría vivir en la cd. de México, etc., etc., y él me puso en un papelito, una “T”, como de duca y bueno y me dice:
“Mira, como gerente regional tienes económicamente esto, tus prestaciones son estas; como director de negocios, son estas, me estás diciendo que te quieres retirar en tres o cuatro años, es el momento que salgas como director con las acciones que vas a recibir de la compañía, un mejor sueldo y prestaciones”.
—Eso era muy buena lana —prosigue Héctor—, muy buenos bonos, económicamente era muy diferente, muy atractivo, pero había que pagar el precio porque en ese entonces mi corazón y mi cerebro estaban totalmente en Monterrey, lo que quería era ser feliz, no me interesaban más puestos ni nada, pero finalmente llegué a la cd de México, para que luego, esa opción que no esperaba, se convirtiera también en una experiencia muy “padre” y enriquecedora, por supuesto, todo un reto llevar una dirección de negocios.
Así, Héctor Carpizo se hace cargo de la Dirección de Negocios del Grupo del Sector Salud de 3M, incluyendo la división farmacéutica, lo que entonces eran los Laboratorios Riker; el grupo del sector salud de 3M (conocido como Healthcare) contaba con al menos 7 divisiones, todo un desafío.
Generalmente, el desarrollo implica tomar decisiones, y esas decisiones no siempre nos otorgan el ideal que buscamos, pero finalmente, obligados por un bien mayor, aceptamos llevar a cabo las acciones que la vida nos pone enfrente. Como a toda persona en alguna ocasión, Héctor tenía ante sí, un reto importante que sopesó, no sin antes también, integrar lo que significaba para su núcleo familiar y personal.
Nos cuenta Héctor: “Parte, muy, muy importante del precio que tuve que pagar, es que yo me fui a (la cd. de) México pero mis hijos no aceptaron, ellos se quedaron acá, tanto mi hijo como mi hija. Compré un departamento para que ellos estuvieran ahí, la casa la renté y solamente mi esposa estaba conmigo, y también relativamente, ella extrañaba mucho a sus hijos, así que como yo me la pasaba de viaje tres semanas, ella se la pasaba con sus hijos cuando la visitaban, esa fue la parte difícil de esa época”.
Todo tiene un costo, nada es gratis, y eso, Héctor lo sabe y lo ha sabido. Tal como cualquiera que hemos estado en las áreas de ventas y comerciales, sobre todo en éstas áreas, con una posibilidad de movilidad mayor que en otras.
Prosigue su labor al frente de la dirección de negocios de Healthcare en la ciudad de México, mientras, la compañía 3M sigue invirtiendo en su capacitación y desarrollo, tomó muchos cursos relacionados con las más diversos temas: industriales, de mercadotecnia, de finanzas, de calidad y otros; viajó frecuentemente a St. Paul en ese tiempo.
Seis años al frente de la Dirección de Negocios del Sector Salud de 3M (Healthcare), ya eran más que suficientes, por lo que Héctor estaba agotado, nos comenta lo que sentía en ese entonces: “Yo ya me quería regresar, demasiado “stress”, demasiados jefes, cada reporte debía presentarlo a no sé a cuántos; “reviews” cada tres meses, todo en inglés, vicepresidente, director de finanzas y etc., para mi eso era muy desgastante, la verdad de las cosas”.
Sigue diciéndonos Héctor: “Solicité el
—Muy bien, ya no quieres ser director de negocios, dime ¿qué quieres, Héctor?
—Bueno, me gustaría cambiarme, ya no quiero estar en esto, me gustaría en un momento dado estar en el área de RH porque me encanta estar en contacto con la gente, lo más importante para mi, la sangre, lo que se hace y el éxito de 3M es por la gente que trabaja aquí. Por otro lado, también me interesa el área de Calidad, algo que también me apasiona”.
La oportunidad se abrió en el área de calidad, poco tiempo después fue nombrado Director Corporativo de Calidad, posición en la que trabaja en los siguientes años, y con la que se retira de la compañía en octubre de 1998. Toda una fructífera vida de trabajo y de buen desempeño, treinta y dos años de carrera en 3M México desde aquel lejano 1966 en el hotel Del Prado cuando recibió la invitación de colaborar en la compañía.
Ahora, en este 2016, a dieciocho años de su retiro, Héctor Carpizo sigue cosechando lo que ha sembrado, desde su querido Monterrey, vive, eso sí y como ha sido su costumbre, viajando. Pero hoy lo hace enteramente por placer, adonde quiere y siempre con su compañera de vida, su esposa Cocó. Disfruta a sus seis nietos, dos chicos y cuatro chicas, cuando tiene oportunidad, adora su vida familiar, esa por la que ha luchado desde que la fundó y de la que se siente muy orgulloso.
Después de su retiro, Héctor siguió activo en diversas asociaciones de Calidad, algunas veces recibiendo reconocimientos por sus aportes y otras como invitado orador en eventos, en entidades como: Fundameca (Fundación Mexicana de Calidad Total) y la propia 3M.
Recientemente, el grupo de ex 3M de Monterrey, le organizó una sencilla reunión para reconocer su liderazgo, su calidez humana y su maravilloso humor, que como fuente de motivación para todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar y convivir con él, son atributos que le apreciamos en gran medida.
En la reunión, observamos un video con imágenes de Héctor Carpizo en actividades diversas y con gente de su equipo cuando
![]() |
| Placa de Reconocimiento entregada a Héctor Carpizo |
Durante la reunión, Héctor recibió una llamada telefónica sorpresa de su antiguo jefe y amigo de 3M, el Ing. Felipe Sánchez, un momento muy emotivo y de gran significado que todos disfrutamos al ser compartida por medio del altavoz del teléfono a los ahí reunidos.
![]() |
| Hétor Carpizo en conferencia telefónica con Felipe Sánchez |
Fue estupendo escuchar al Ing. Sánchez y reconocer su acento que lo distingue, después de tanto tiempo. Héctor Carpizo nos ha compartido anécdotas maravillosas que vivió con él. Todos recordamos aquellos “reviews” meticulosos y detallados del Ing. Felipe Sánchez cada vez que nos visitaba en la sucursal de Monterrey, la oficina crecía en vertiginosidad y
![]() |
| Héctor Carpizo compartiendo la llamada de Felipe Sánchez |
Don Héctor Carpizo, con la sencillez y calidad personal que lo caracteriza, comentó al respecto de esta reunión: “Yo siento que he sido un hombre de mucha suerte, recibí por parte de 3M, y otras varias asociaciones, reconocimientos de esto que disfruté muchísimo, pero te doy mi palabra de honor, que nunca fue más importante de lo que he recibido, con todos ustedes, es lo que más me llegó al corazón, lo que más agradezco y agradeceré toda la vida, ustedes me hicieron el viejo más feliz”.
![]() |
| Don Héctor Carpizo agradeciendo emotivamente la reunión en su reconocimiento. |
Honor a quien honor merece, y decididamente, Héctor Carpizo Mac Gregor lo merece, sin ninguna duda.
Como una vez le dijo su padre: “Cuando estés en algo que no conoces, primero aprende, y la mejor manera de aprender es escuchar, ver y quedarte callado, si tienes duda, pregunta”, palabras sabias y valiosos que Héctor Carpizo tomó muy seriamente de su papá, y que como vemos, ha sabido ponerlas en práctica.
Felicidades a don Héctor por esa vida plena que ha llevado, y que así lo siga haciendo por muchos años más.
Comunidad Ex 3M
Monterrey, N.L.
![]() |
| Grupo de Ex 3M Mty. con Héctor Carpizo. |
![]() |
| Grupo de Ex 3M Mty. disfrutando el convivio con Héctor Carpizo. |
















