Antojos norestenses
![]() |
pensamos con la lengua, vemos con nuestro cerebro; un teclado, un bolígrafo o un lápiz y una cámara son solo intrumentos, nunca lo olvides.
Antojos norestenses
![]() |
Recital pintoresco
La música regional resuena y choca contra el asfalto, contra los postes, contra los cuerpos, los graves intensos mueven las campanillas colgadas en el espejo retrovisor dentro del vehículo, comparten sus vibraciones y mueven lo que antes no se movía, ciertas de esas vibraciones son amortiguadas por el agua que cae, pero, qué importa, el agua no disminuye el regocijo interno, que no todos manifiestan, el torrente de emociones se sosiega hacia afuera (cosa del alma de este país, la real) además, la vivencia de la música en directo es otro nivel, y lo más relevante en esta caso, es gratis o lo aparenta (el dinero siempre viene de algún sitio del presupuesto) y exactamente ocurre fuera de mi casa. En un lugar del municipio de Apodaca, NL (zona metropolitana de Mty.)
Dos carritos extraviados en el súper, o quizá lo que se extravía es la mente de quién los empuja.
Ingresé al supermercado con un carrito para la compra, puse la bolsa de malla de colores que llevaba para empacar los artículos encima del asiento plegable para niños del carrito. Empecé mi recorrido para “hacer el súper” de básicos con la esperanza de encontrarme muchas ofertas y no enfurecer al notar los efectos de la inflación, por cierto muy alejada de los números que declara el gobierno, realidad que vivimos con esas bofetadas de verdad de la vida corriente que se intenta minimizar desde un escritorio.
En mi tránsito entre los pasillos llevaba ya en el carrito algunos productos que con mucho esmero había estado escogiendo. Me dirigí a buscar un queso panela, ese nuevo que funde. Como no lo veía le pregunté por él a una chica del súper que en ese momento trabajaba en el área, me indicó el lugar en donde estaba, caminé tres pasos y tomé una pieza. Antes, había dejado el carrito detrás de mi mientras me desplazaba por el producto, me voltee, le di las gracias a la señorita y me dispuse a colocar el queso en el carrito. ¡Sorpresa!, ¡no había carrito!, había desaparecido con todo su contenido, magia pura.
Me quedé por un momento ahí parado, pensativo, ¿lo dejé en otro sitio?, pero no, lo había dejado exactamente en donde ahora había un espacio vacío. Veo a la señorita del súper y le comento: alguien se llevó mi carrito, seguramente se confundió. Inicié la búsqueda, observaba todos los carritos que llevaba la gente a mi alrededor, nada, me fui a varias secciones, recorrí varios pasillos, busqué por toda la tienda, todo este paseo con el queso que funde en mi mano, el carrito se había desvanecido, ¿se movió sólo?
Regresé a la sección de los quesos, la misma señorita seguía en el área, me preguntó qué traía en el carrito, lo primero que le dije: ah, sí, una bolsa clásica de esas del mandado de toda la vida, de malla de colores. Con la intención de ayudarme, la chica le pidió apoyo a un compañero que amablemente emitió por el radio que traía un aviso a sus compañeros para buscar mi mentado carrito, y sí, tras unos minutos, finalmente encontraron el carrito abandonado en el pasillo 13, inmaculado, con la bolsa de malla y los productos que inicialmente llevaba. ¿Cómo llegó al pasillo13? ¿Quién lo tomó? ¿Por qué simplemente lo dejó ahí? Misterio.
Di las gracias a los muchachos de la tienda por su atención y continué con mi proceso de compra, por mencionarlo, nunca antes me había pasado algo así. Ya estaba por terminar mi selección, para ello buscaba cierto producto en uno de los pasillos en que me encontraba, no vengo muy seguido a esta sucursal y la distribución de los artículos es un poco diferente a la que voy con más regularidad. Dejé el carrito estacionado en uno de los extremos del pasillo y caminé hacia el lado contrario, ahí encontré el artículo que buscaba. Regresé al carrito y de nuevo la zozobra, ¡el carrito había desaparecido! ¿Qué pasa en esta tienda, hay fuerzas extrañas?
Dada la experiencia recientísima me moví con rapidez e inicié la pesquisa en los alrededores y pasillos contiguos, esta vez lo encontré, una mujer lo empujaba tranquilamente, la abordé y le dije con un tono afable: disculpe, pero este carrito es mío. La noté como avergonzada, no habló, no dijo nada absolutamente, ni siquiera me vio a la cara, sólo se fue caminando, su actitud fue como si la hubiese cachado en una acción indebida. Ya había varios productos que ella había echado en el carrito, fue algo extraño porque mis artículos ahí seguían ¿Cómo te llevas un carrito con productos “extraños” para ti y con una bolsa de malla que no es tuya? ¿Anda la gente tan distraída en estos días? Me dije: aquí hay una lección, un mensaje, no es posible que nunca antes me haya sucedido algo así y hoy en el mismo instante ha pasado dos veces con el mismo carrito, en la misma tienda, ¿casualidad?, ¿serenditipa?, ¿manifiesto de entidades?
Moraleja: cuando vayas al súper llévate una correa de extensión, esas como la de los perritos, y átala al carrito de compras y por favor, no sueltes esa correa, los carritos tienden a…desaparecer.
Monterrey, N.L.
17 de julio de 2025
Ir es una cosa, regresar, otra. Nunca, nunca, pero nunca antes había sido tan difícil ir al pueblo de Ciénega de Flores (y luego regresar), tan es así que si no tienes a qué ir, no vayas, igual, si no tienes a qué salir del pueblo, no salgas, pero sabemos que eso es utópico, si no salgo a lo mejor no tendré para comer, si no salgo, ¿cómo pagaré las facturas?, me correrán del trabajo, muchas veces no hay opción.
Cuando en su campaña la ahora nueva Señora presidente de la nación llegó al pueblo, prometió gestionar una carretera de circunvalación (periférico) para agilizar la vialidad, ¿tardará mucho esta obra?, ¿habrá pueblo aún cuando esto suceda?, y mientras, los planificadores del gobierno local y estatal, ¿tendrán propuestas para aliviar la situación? No los oímos, ¿respiran?
– 0 –
Me dirigí a la estación Fundidora de la línea uno del Metro (iba a Cintermex), hacía mucho tiempo que no andaba por esta línea, la uno. Para llegar a esa estación, me subo a la estación Sendero de la línea dos, que es la última de esa línea o la primera, depende de dónde vengas, con dirección Zaragoza. En la estación Cuauhtémoc bajo de la línea dos para hacer transferencia a la línea uno con dirección a Exposición. Estaba en la estación de Cuauhtémoc, que es una estación grande y de mucho movimiento, quizá por la unión de dos líneas del metro, la uno y la dos. En mano traía a la Señorita García (cámara compacta electrónica que así llamo) y hacía algunas fotografías mientras esperaba el tren. Intentaba encuadrar y componer una foto del arco que forma una enorme estructura metálica color verde y que da fisonomía a la estación. Antes ya he hecho algunas fotos desde afuera de esta estructura pero nunca desde adentro.
En eso escucho una voz imperativa: “¡Oiga! ¡Eh!”, y de nuevo, “¡Oiga, eh!” “¡Oiga!”, “¡¡Oiga!!” Desde el primer “oiga” ya sabía que se dirigía a mi, pero la sapiencia (algunos envidiosos lo llama “ser mula”) me hace desdeñar los inicios de tales imperativas bravatas, un guardia o policía me hacía señales desde el andén de enfrente cruzando la vías, me dice (grita): ¡Está prohibido tomar fotos! Para que no se me enojara guardé a la Señorita García en su pequeño estuche y ya, como que se relajó y claro, se infló un poquito, ya saben el ego. No sé de donde viene esa prohibición, es un lugar público, me hubiera gustado preguntarle por qué está prohibido si no molesto a nadie, pero la respuesta ya la conozco: “yo sólo obedezco órdenes”.– 0 –
![]() |
Los gusanos habían devorado paso a paso sus áreas de sentir, las de su mente, las de su alma, como un evangelista sin adeptos para convertir, estaba vacía, muerta desde hacía tiempo. Así que actuó por misericordia, que nunca se supo de dónde le llegó, ¿milagro?, ¿física cuántica?, ¿el secreto de la nueva era?, no sabemos, y la verdad, no nos importa, es probable que ella nunca haya existido aunque pensó que sí.