viernes, 1 de julio de 2022


 Un día, en competencia, circularon por aquí coches muy rápidos; cuando dejaron de hacerlo, los peatones se pusieron muy contentos. Esa alegría no duró mucho, llegaron los ciclistas desordenados. La bici tiene una aura santurrona, verde, inofensiva, locomoción natural, defendida por todos. No es sino hasta que un ciclista te atropella cuando esa dulzura se desvanece. Nada es blanco blanco, ni negro negro.


 Seis palmeras. Hablaban entre sí, cada una se ufanaba de tener los mejores cocos: los más redondos; los más grandes y jugosos; los más sanos; en fin, los mejores. Lo cierto es que ninguna de las palmeras había tenido ni un medio, ni un cuarto, ni un octavo de coco, pero el orgullo en juego era inmenso, además, ¿quién podía desmentirlas? ¿un coco ausente?

El hombre de hierro. Hay fierros que hacen a otros fierros. Concebidos como tales, a veces se manifiestan casi abiertamente, otras veces se ocultan de los curiosos. Siempre están ahí, al acecho, para hacer el mal, para hacer el bien, nunca se sabe. Sé prudente cuando te encuentres con uno, no lo desestimes pero tampoco lo idolatres.

 

domingo, 21 de marzo de 2021

 ¡Azúcar!

La dulce sensación obtenida del infierno


     El asfalto chicloso de las calles es parte del infierno, sin duda. Los zapatos se hunden en ese betún suavizado por el calor. Al caminar, se levantan gruesas hebras elásticas que se fijan a las suelas, dificultando el andar. La humedad, está por todas partes: minúsculas gotas flotan calientes e invisibles en el ambiente; se adhieren a la piel, se meten por la nariz, por los ojos; el calor interno conversa con el externo; el de afuera es decididamente, mayor. No hay sombra que refresque o amengüe tal sofocación. La suma de todos los calores es atrapada por la hondonada del valle donde se asienta la ciudad y que parece gritar: ¡de aquí, no sales! La alta temperatura, mansa, obedece.

    
    Varios canales y un río cruzan la ciudad. Estas vías de agua dulce, con su evaporación, colaboran a que la humedad relativa del ambiente se incremente. La única pequeña ventaja es ver cómo se desliza el agua por sus cursos; cómo forma cascadas cuando el caudal cambia de nivel; al menos, te hace recordar esa sensación de frescura, quisieras meterte en ese líquido y permanecer ahí todo el largo verano, es decir, todo el año, tal pareciera que es la única estación que existe en esta zona tropical.
   
    Todo esta muy bien, hasta ahora. Sí, es un horno bastante caliente pero de cierta forma, digamos que soportable.
–¡¿Qué!? ¿eso es soportable?
–Espera, espera, deja te sigo contando. Lo que de verdad incide en hacer que esta zona se sobre caliente y se convierta en la antesala del interior profundo del eje neovolcánico, es la temporada de zafra.
–¿Cómo dices?
–Como lo oyes, la temporada de la cosecha de la caña de azúcar.    
    
    Lo de alrededor tiene el carácter de un incendio, aunque no veas las llamas. Parte del hollín que se levanta en los campos, se adhiere a la humedad que hay en el aire, y que luego el viento mueve lentamente para caer aquí y allá, como plomadas que tras el impacto revientan en las gentes, en las calles, en los coches, en los techos, en los perros, en los gatos, en los monstruos. La ciudad entera se ennegrece; una ciudad de carbón.

    El sol, a ratos, es ocultado por esa polvo negruzco que levanta la quema de los cañaverales; toda esa maleza que rodea a las cañas, así como las cañas mismas. El cañaveral en llamas es el calor adicional que hace falta para decir: esta zona, arde de a de veras; ¡arde como todos los demonios juntos! La zafra es, todavía, el mejor método de cosecha para la caña de azúcar.
   
    Los enormes camiones de carga pasan con frecuencia por las calles de la población. Circulan con su apretujado cañerío. Esos palos largos, obscurecidos por la quema, recostados y firmemente amarrados, se apilan y sobresalen, por mucho, la altura de las cajas o a veces redilas, de esos grandes vehículos. Uno se imagina que en cualquier momento la fuerza centrífuga, provocada por los giros del camión al moverse, o por el vaivén al sortear baches y desniveles, hará ceder esas amarras y entonces sí, nos deleitaríamos con un desparramadero de cañas quemadas por las calles. Pero eso nunca pasa, todo está calculado al límite, a lo mexicano, desafiante.
    
    ¿Adónde van tantas cañas quemadas? Al Ingenio, a las gigantescas trituradoras. De ahí: melaza, azúcar o etanol, por un lado; por el otro el bagazo,  para: tablones aglomerados, papel, cartón, derivados de celulosa, o para alimento para animales, o como combustible para las calderas del mismo ingenio. Todo se aprovecha, como en el cerdo o en la res.

    La zafra a veces dura más de seis meses. En ciertas regiones, todo el año. Los trabajadores de la cosecha más parecen mineros. Es un empleo duro y extenuante. Por ello, cada vez que disfruto un pastelillo, una cucharada de azúcar en el té, una concha, un caramelo, recuerdo la imagen de ese hombre de las fotografías, lleno de hollín, con el machete en una mano y la suerte en un hilo, cosechando la caña de azúcar. Es como darle un reconocimiento silencioso.


    El calor de la ciudad ya no importa tanto, se hace, digamos, menos intenso;   aparece cierta compensación prehispánica: las aguas frescas mexicanas; de granos, de frutas, de semillas, de vegetales, de hojas, de cáscaras. Algunas de ellas son de: jobito, tepache, horchata, tamarindo, guanábana, huapilla, melón, jamaica, limón, naranja, papaya y cientos más; generalmente endulzadas (las hay que no) con azúcar de caña, la de la zafra, con su debida evocación de procedencia. ¡Pa’dentro! Atenúan el infierno, y sus demonios: ¡a raya!


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Escobedo, N.L. a 21 de marzo de 2021.

martes, 9 de febrero de 2021

El puente del ferrocarril

El tren puede pasar en este momento, o no. Pero una cosa es segura: lo hará.

 

Lo que más llamó mi atención, fue esa frase, profundamente melancólica pero dicha con franqueza y con un exquisito dejo de soledad: “no me importa si algún día me lleva el tren cuando cruce el puente, si pasa hoy o pasa mañana; si no me encuentran un día, busquen por esta zona del río; seguro por ahí estará mi cuerpo, o lo que quede de él”.
    
        No era una bravata o palabras dichas al azar, nada de eso. Observé sus ojos, su gesto, su voz, y supe que hablaba en serio. Había una profunda desesperanza por debajo, sin embargo, su arraigo a la vida, como viniera, también era evidente. Me mostró su cicatriz o mejor dicho, sus cicatrices –eran varias aunque en una misma zona: en la parte trasera de su cabeza–. Un tumor externo bastante enraizado en el cráneo; con los años creció 14 centímetros. Cuando el dolor fue insoportable, finalmente se lo extirparon.


        Ese domingo, el día que lo conocí, amaneció soleado. Un domingo de enero, aunque invierno, bastante caliente. De esos días de rayos picantes que causan ardor. Un atisbo ya no de la primavera, que podría decirse que ya no existe en estas edades del siglo XXI, sino del verano. Así de caliente se sentía. Y es que el tiempo de la zona del noreste de este país, tiene esas maneras particulares: adusto, malhumorado, no sabe de delicadezas. Muy al modo de sus gentes que habitan la región.

        El municipio en el que vivo es un enorme llano, rematado en uno de sus extremos por un cerro muy peculiar conocido desde mucho tiempo atrás como el Topochico, y tiene esa forma, la de un topo; en su longitud mide kilómetros. Es compartido por varios municipios colindantes, incluyendo el mío.

        En el área urbana de mi municipio no hay edificios más altos que unos cuantos pisos, o sea, chaparretes. Las zonas elevadas –realmente que puedan considerarse, elevadas– se encuentran por su lado suroeste, precisamente por las laderas del cerro del Topochico, esa elevación natural de la tierra.

         El trazo de las calles es generalmente de ángulos rectos. Se observa la predisposición de conservar su anchura, en ello se nota orden y una clara proyección a futuro previendo el crecimiento de su población. Los vestigios del pasado son bastante escasos, considerando que la historia de por aquí se remonta al año de 1604. La zona, en tiempos antiguos, se conoció como la hacienda de los Ayala o Topo Grande. El municipio se erigió en Villa en 1868 con el nombre de un general de la época originario de Galeana, Nuevo León. Un personaje diligente, disciplinado, de esos hombres que hoy escasean, cabal y de palabra: Mariano Antonio Guadalupe Escobedo de la Peña (1826-1902), conocido usualmente solo como el general Mariano Escobedo, un héroe de a de veras, leal soldado e hijo de la república.

        General Escobedo, nombre como se le nombre comúnmente, está adherido y forma parte de lo que se conoce como la Zona Metropolitana de Monterrey. Es mi base de operaciones actual, en donde vivo, como he mencionado antes. Desde esta base, incursiono a diversos sitios de la ciudad metropolitana y a otros, fuera de la zona conurbada, como por ejemplo: toda la extensión anteriormente conocida como el Valle de las Salinas, hacia el norte. Esta zona tiene más sentido o interés para mi ya que en uno de sus pueblos, existen raíces familiares por mi lado materno. Historias viejas de genealogía sefardita y de asuntos que no se creerían.

        Ese día, ese domingo, decidí hacer un recorrido por General Escobedo. Uno no sabe lo que podría encontrar hasta que lo hace y lo va descubriendo. Me dirigí hacia el casco viejo, la zona central. Como es usual, el conjunto clásico de los pueblos y ciudades de México. La plaza central con su quiosco; rodeada por: la Iglesia (católica), el palacio municipal, la casa de la Cultura y otros edificios de dependencias del gobierno, además de casas de los pobladores.

        Hice algunas fotos del lugar. Luego, abordé mi auto y tomé una calle hacia el oeste. Llegué hasta las vías del ferrocarril, ahí me detuve porque en ese momento pasaba el tren, uno larguísimo. No traía una ruta prefijada, así que me regresé por la misma calle sin remordimiento. Había visto, por esa misma calle, una casa antigua, o mejor dicho, sus ruinas. Di con ella, me estacioné y me dirigí a pie a tomarle algunas fotos. Enfrente de la casona, entablé una charla con una persona que disfrutaba viendo pasar a los autos y a los transeúntes que como yo, por ahí circulábamos. Mientras lo hacía, este personaje bebía tranquilamente su espirituosa tomando el sol de la tarde. Durante la animada charla, surgió el tema de un puente de ferrocarril. Me dice el ciudadano de apellido enraizado en la misma historia de Escobedo:

    –Oye, ¿viste el puente del tren ahí, por la vía, por donde te regresaste?

    –No, ¿cuál puente?

    –El puente, más fregón que el de Santa Catarina.

    –¿Me hablas del que está por la avenida Díaz Ordaz?

    –Sí, ese.

    –¿Más bonito que ese?

    –Más bonito

    –No, no lo vi ¡Ya sé por qué no lo vi! En ese momento pasaba el tren y me tapaba la perspectiva.  ¿Pero, se ve el puente desde ahí? ¿Está más adentro? ¿O por dónde? 

    –Se ve ahí nomás llegando al cruce. Si quieres ir a tomarle algunas fotos. Hay algunos compas mariguanos por ahí, pero son tranquilos, si tienes algún problema nomás diles que vas de mi parte.    

    –Ah, muy bien. Pues, deja me lanzo, mucho gusto primo, gracias.

        Llegué de nuevo al cruce, y sí, a mi derecha, desde ahí a unos 50 metros a lo sumo, se ve claramente. Dejé el carro muy cerca, y me bajé a hacer fotos. Y en esas estaba. Me di cuenta que el puente es solo para el tren, no tiene ninguna área  para el cruce de los peatones, esto es, si quieres cruzar el río Pesquería por aquí, por el puente, necesitas caminar sobre los durmientes de las vías, no hay otra. Eso quiere decir que si lo estás haciendo y por aquellos azares del destino, el ferrocarril pasa en ese momento, o lo va a hacer, tienes algunas opciones para no ser arrollado:

Uno: corre endiabladamente para alcanzar el otro extremo  y salirte de las vías, ojalá y lo logres, por tu propio bien.
Dos: salta, igual y no la cuentas, el río acaso lleva caudal y la altura es suficiente para hacerte papilla, quebrarte la sesera, o varios huesos, o todos.
Tres: hazte a un lado e intenta colocarte en la estructura lateral de hierro del puente, saca tus habilidades de equilibrista, cuida de no tropezarte o pisar mal, te puedes caer.
Cuatro: no cruces por aquí, no te atrevas, por tu salud.


        Claro que la gente cruza el puente continuamente. Y no pasa nada, o ya pasó y no estoy enterado. Una de las ventajas es que el tren hace mucho ruido, además del silbato que se escucha a kilómetros. El tren no pasa muy a menudo, aunque siempre habrá un riesgo. Si tu andar es lento, porque te quebraste un pie, o porque eres viejo, o por algún grado de invalidez, o cualquier otro motivo, el riesgo se incrementa. Si tienes problemas de sordera, o de visión, una u otra, o ambas, por favor, no lo cruces nunca. Si padeces de chisquiadera, tampoco lo intentes.

        Estructura de travesaños y largueros de hierro, ajada por el devenir, en eso refleja la belleza de los olvidos y la vaguedad de las siluetas que logro evocar. El óxido ha hecho mella en todos los sitios. La pintura naranja descascarada le otorga ese carácter respetable que dan las cicatrices de las muchas batallas. Tan solo observar la firmeza del grueso metal, me da esa sensación de que puede sostener el enorme peso del ferrocarril. Y lo hace. El tren en su longitud interminable lo atraviesa casi flotando.


        A los costados de la vía, pasando el puente, hay casas. Riesgo para aquellos sonámbulos que descuidadamente salgan por puertas sin seguro o mal vigiladas. Niños jugando al amparo de la mole que pasa veloz. Línea que se traspasa con regularidad y que de pronto, al hacerlo, se olvida lo que por allí circula de tanto en tanto. Si no te has parado a unos metros de las vías de un  ferrocarril cuando, en ese momento, éste avanza con rapidez, no sabes de su poder. No tienes idea de lo que esta locomotora –y lo que arrastra– pasa a ser del manso reposo a cuando coge velocidad, nada lo detiene, lo lleva el diablo.  
    
        Mientras encuadraba la siguiente fotografía, escuché una voz por detrás:

    –¿Para qué las fotos? –un hombre mayor con pelo completo cano se dirigía     hacia donde yo estaba con la intención de seguir por ese camino y cruzar el puente. Vestido con una playera blanca de algodón, pantalón liso azul cielo; una sonrisa franca y amistosa, con esos ojillos marrones curiosos encima de ella; un andar lento pero firme, sin otro sostén que sus piernas; un viejo dulce–.

    –Para mi, para mi colección –le digo–.

    –¿Es reportero?

    –No, no precisamente, reportero, reportero lo que se dice reportero, de  un diario o de una revista, no. Lo hago porque me gusta documentar y mostrar lugares.

    –¿Ya cruzó el puente?

    –No, aún no, ya estuve por la mitad para buscar ángulos, pero no, no lo he cruzado. El tren pasó hace un rato.

    –Sí, a veces pasa.

    –¿No le da miedo que el tren venga y usted vaya en medio del puente, que no alcance a llegar al otro lado?

    –No. Hace un tiempo hubo una pareja, un chavo y una chava que dormían ahí arriba.

    –¿Cómo? ¿Arriba del puente?

    –Sí, ahí mero. –me señala–.

    –¿Pero, cómo es posible? ¿En las vigas de allá? ¿Las de arriba?

    –Ahí mero.

    –Caray, es algo increíble.

    –Como lo oye. Una vez el chavo, se cayó al río, debía de andar bastante pasado, como andaba a veces.

    –¡¿Qué?! De seguro no la libró.

    –Pues aunque no me lo crea, la libró, huesos rotos y heridas, pero la libró.

    –Eso es aún más increíble. Es una altura considerable. Oiga, usted vive por aquí, ¿cierto?

    –Sí, vivo por esa calle, a unas cuadras, en casa de una de mis hijas. Antes vivía de aquel lado del río.


            La conversación continuó amigablemente. Don Ambrosio me compartió trozos de su vida: lo de su tumor en la cabeza y los años de sufrimiento. Lo de sus dos mujeres. Lo de sus tres hijas. Lo de su separación de su segunda esposa, cosa que le trastocó su ánimo. Lo de su vida en el tejabán que le prestaron cerca del río para medio vivir cuando quedó solo. Lo de su rescate de ese tejabán por parte de una de sus hijas cuando ya lo creían muerto. Lo de su nietecita –hija de una hija que no es su hija pero que quiere como tal–, una chispa de unos 4 años y que al recordar cómo le brinda cariño y afecto al abrazarlo, y decirle lo que le dice con su tierna vocesita, Ambrosio suelta  algunas lagrimas y la voz se le quiebra de la emoción –y me quiebra a mi–.  Lo de los cinco viejitos que visita con frecuencia –y que lo hace cruzar el puente del ferrocarril–; de esos viejitos sobreviven tres, dos han muerto recientemente. Ambrosio, agrega: “son los únicos amigos que tengo, no tengo más, no se por qué no tengo más”.

        Se lo dije, quizá como para              echarle un poco de ánimo: “a             pesar   de que no la ha tenido fácil,     veo que su actitud es positiva, don     Ambrosio, no lo veo como un            pesimista a pesar de todo lo que ha     pasado, eso es bueno”. Me miró          algo incrédulo, pero es que era             cierto, al menos nunca desapareció     su tono afable y su sonrisa amplia.     Hasta que me soltó aquello de: “no     me importa si algún día me lleva el    tren cuando cruce el puente…”, una     vez que le pregunté de nuevo si no    temía cruzar por ahí con frecuencia. Y bueno, aunque es una aceptación ante lo inevitable, no es posible admitir cierta rendición ante lo que pueda venir, una manera de resignación.
    


        La soledad, esa cuando el otro no nos reconoce, es terrible. Diferente a la que buscamos para estar con uno mismo, sin renunciar al mundo. Se dice que somos en relación, cuando ésta no existe es como dejar de ser, es el no estar. No es que vivamos por los otros, venimos siendo los otros. Sin ese reflejo es como si no existiéramos. Por ello llega ese cansancio recurrente, esa sensación de soledad. El desánimo, ese estado en el que uno dice: si me coge el tren o no, no importa.    

        Don Ambrosio y yo nos despedimos efusivamente. Me dio su dirección, una calle y un número. Lo seguí con la mirada hasta la mitad del puente, volteé a uno y otro lado de las vías. Como una frase protectora para deshacer malas premoniciones, pensé: ojalá que no pase el tren, por el momento. Di la vuelta, y me fui también.



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Escobedo, NL 
Febrero 5, 2021.


jueves, 14 de marzo de 2019

El ARTE de transmitir sensaciones por medio de un escenario, de una voz y de un cuerpo



Charla con el maestro, actor, director y escritor Fernando Leal

Por: fonbòs
Lunes 11 de marzo de 2019


“Lo que caracteriza a nuestro mundo es que está sentado. La mima corpórea se levanta, se divierte representando al mundo, estar en la mima es ser militante, un militante del movimiento en un mundo que está sentado”.
Étienne Decroux

   

    “Cuando llegué a Monterrey –cuenta Fernando–, procedente de Linares, me equivoqué de escuela, me inscribí en una creyendo que era la escuela de música, esa era la formación que traía a mis 16 años, flacucho y espinillento, quería ser músico, luego, ahí me dijeron: ¡actúa!, y lo hice. Mi maestro, Sergio García, me indicó, voy a hacer una obra en donde te tienes que encuerar, tienes que controlar tu erección en el escenario…”

    Un año después, Fernando se casa con una de las compañeras actrices de la obra y es mencionado, por la critica y prensa de la ciudad, como actor revelación del año en la polémica puesta “Equus” de Peter Shaffer, escenificada en la ciudad en 1976. A partir de esa “equivocación” de escuela, recién llegado de Linares a la capital del estado de Nuevo León, Fernando no se ha separado de los escenarios, el teatro se fue adhiriendo a su piel y a su alma, cuando uno lo conoce, observa, aclara su mente y no queda mas remedio que aceptar contundentemente que no habría podido haber un yerro tan afortunado.

    Para el maestro Leal, el teatro, el arte, es algo serio, profundo, que no quiere decir que en la comicidad no resida lo serio, lo substancial, tanto así como en el drama, del que igual en ocasiones nos arranca más risas, Fernando comenta: “el arte es una cola de la cultura, es la cola de una sociedad, es el legado, es lo que vas dejando, la historia es la chismosa, la que registra esa secuela” . Para él, el teatro es ese registro, esa historia, no hay diferencia, la escena en el foro y en la vida, es la misma, solo contada por diferentes vehículos y estímulos.

    El artista, el actor, director o dramaturgo en este caso, es el artífice del guión, de la dirección, del argumento, el que da vida a lo que cuenta, que provoca, que sacude, el que desafía, el maestro Leal dice a este respecto: “el artista es el que encuentra la desarticulación de la sociedad para que después pueda exponerla y la misma sociedad la articule compendiando lo que es la descomposición y entonces en esa nueva articulación, con esa inducida y aparente falta de componentes que el artista propone, pueda tomar esa autoestima, esa personalidad, esa identidad y se sienta campeón de lo que es componer lo que no entendía”.

    Continúa: “el artista, el actor, es un chamán, es un ente que debe de tener lo que es una forma inteligente de hacer que el espectador sea el actor. El artista es concretamente en nuestro país alguien que nutre la vanidad, eso significa el requerir aplausos, en la escolástica nacional, en los diferentes géneros, teatro, música, danza, pintura, quiere ver proyectado su trabajo y quiere ser halagado”.

    Conversar con Fernando Leal es un deleite, un tipo de mediana estatura, delgado, no muy propenso al halago directo ni al protagonismo que uno esperaría observar en una persona con el talento y experiencia que éste tiene, al contrario, es sumamente accesible expresando una caballerosidad que transmite con su voz grave y modulada, y esa nariz que divide su cara un tanto asimétricamente, lo que la hace más que adecuada, exacta en él, protuberancia que le imprime, como al poeta Cyrano, un aire singularísimo a su proyección, la naturaleza hace su trabajo preciso y nos provee de las herramientas justas para lo que estamos hechos, Fernando incluye unos ojos marrones inquisitivos y profundos, muy al estilo sefardita que las poblaciones como Linares, Montemorelos, Terán, Zuazua, Ciénega de Flores y muchas otras  proveen en sus hijos en este mundo noresteño a veces incomprendido, ojos que todo lo ven y todo lo desarticulan para proponer nuevas articulaciones al público, arte por arte.

    “Mi mamá me decía: te vas a volver maricón y drogadicto”, nos comenta Fernando, cuando en aquellos tiempos de su adolescencia el teatro entró en su horizonte, por error, ya sabemos, y es que ser hombre o mujer de teatro o de la farándula, tiene sus prejuicios y fama muy arraigados entre la gente, pero eso es bien sabido, en el caso de Fernando Leal no ha sido así, no es maricón ni drogadicto, quizá otras cosas, como tú o como yo, pero las dos profecías que mencionaba su madre, no se cumplieron. Fernando habla con orgullo de su madre: “mi madre fue una gran pintora, estudió en San Carlos, en México”. Cuando lo hace de sus hermanos, igual, lo hace con enjundia: “casi todos mis hermanos aunque sean antropólogos y de otras profesiones, todos tuvimos formaciones artísticas.”

    “Esteban de la Cruz, así es en español Ètienne Decroux”, dice en tono jocoso el maestro Leal, y sigue: “así se llamaba mi papá, Ètienne, o sea, Esteban”. En la vida de Fernando muchos han sido sus maestros, entre ellos precisamente Ètienne Decroux, en Paris, mismo maestro que corrió de su escuela al famoso mimo, también francés, Marcel Marceau, Fernando recuerda: “Decroux decía que el rostro es la parte más mentirosa del cuerpo, cuando Marceau se pintó la cara de blanco y se puso camisetas de rayas, lo corrió de la escuela”, irónico, pero ahí está la historia. Decroux, extraordinario mimo corporal dramático, fue un gran reformador del teatro, apoyándose en el desarrollo y técnica del movimiento corporal para contar historias dinámicas, como nunca antes. De su escuela han salido, a su vez, grandes artistas, algunos como Alejandro Jodorowsky, Jean-Louis Barrault, Thomas Leabhart, y el mencionado, aunque alejado de su escuela clásica, Marcel Marceau.

    Fernando, tomó clases con el reconocido internacionalmente maestro, mimo, director y clown teatral mexicano Sigfrido Aguilar. Dice en el sitio (www.sigfridoaguilar.org): “El grupo Mimus Teatro de Monterrey (fundado por Fernando Leal) que estuvo asociado con la escuela de Sigfrido Aguilar EBPANTEAC –Estudio Búsqueda de Pantomima-Teatro AC–, vivió por casi una década con la representación de “La Lotería” por el interior del país y fue reconocida, con dicha obra, en los 80 por la Muestra Nacional de Teatro como el mejor grupo de provincia”. La Asociación Nacional de Críticos le otorgó a Mimus-Teatro la mención de mejor grupo teatral en el año de 1987.

    Un actor real, comprometido, se tiene que desprender de sí mismo pero sin hacerlo del todo, como dice Fernando: “Hay que neutralizar el cuerpo, como un bastidor, igual que el fotógrafo retratista neutraliza con el fondo negro para evitar distracciones. En ese bastidor blanco, puedes caracterizar diferentes personajes, tú naces ya en sí con una firma, yo no te puedo quitar tu color de piel, tu cabello, tu nariz, no puedes borrarlos, no puedes hacer eso, por ello es necesario neutralizar la asignatura, lo que te identifica, la herencia. Si tú ya traes un lienzo en tu vida, el actor corporal trata de neutralizarlo para que pinte sobre ese lienzo que se genera, el blanco, entonces de pronto eres un ladrón, un pedófilo, eres un médico, persona, personalidad, personaje, maneras de encontrar esta neutralidad”.

    En el 2018, recordamos la puesta “Un caballo bronco que se convirtió en burro”, una sátira que expresa la exacta decepción que el pueblo en general ha expresado en las calles, en las esquinas, en los clubes, en casa, acerca de la gestión del gobernador del estado de Nuevo León Rodriguez Calderón y de las promesas de campaña incumplidas durante su gestión, recortes presupuestales a las áreas e instituciones culturales, resurgimiento de la violencia y “el chapulineo” que intentaba (y que hizo) para contender por la presidencia de la república cuando repetidamente antes dijo hasta el cansancio que no haría, que terminaría completo su trabajo como gobernador del estado, sin interrupciones. Fernando alzó su voz como lo sabe hacer, por medio del teatro y de su arte, fue el portador, con su obra, de lo que el pueblo pensaba y piensa, al menos de buena parte de él. La parte social y comprometida del maestro Leal.

    A pregunta expresa sobre la reciente representación de su obra teatral “El entierro de la Tierra”, llevada a cabo en la Galería El Zaguán, en el Barrio Antiguo de Monterrey el pasado domingo 10 de marzo, el maestro Leal nos dice acerca de esta singular obra en un acto: “…es una cacofonía, es un pleonasmo, se presentó por primera vez hace veinte o treinta años, no recuerdo, es una propiciadora de lo que es la reflexión a la depredación del humano que hace con la Tierra, el mundo es diferente a la Tierra. Es un juguete (la obra), una travesura, trabajé mucho en basureros, en donde está el depósito de basura del Topo Chico. Tenía una actriz muy gustosa, en su apariencia, su forma, qué más horripilantidad de lo que podría ser la belleza, tenía en ese entonces una manera de contarlo…”, que, continuando con la idea de Fernando, es tan actual como antaño, una propuesta vanguardista, vale la pena, la obra “El entierro de la Tierra” continúa temporada en el Barrio.

    Una vida dedicada al arte, al teatro en sus diversas manifestaciones, trozos de su carne colocados en cada ensayo, en cada letra, en cada foco fundido, en cada accidente en la tramoya, en cada tercera llamada, en cada cortina atascada, en cada dicción, en cada sonido o silencio que no debería estar ahí, carne lista para ser devorada por el vaivén del foro, por la vida misma, así ha sido, como la de cualquier persona comprometida en los asuntos muchas veces mal entendidos del teatro y su entorno, así va la vida de Fernando Leal, un hombre común que a su pesar, no lo es tanto.


“Es más importante considerar que el actor es el público y no el artista o ejecutor que está en el escenario”.
Fernando Leal


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*fotos: fonbòs

¿Será la Tierra enterrada o es que solo está entierrada?




¿La podremos salvar? ¿qué tan delicado es el asunto?


Por: fonbòs
Lunes 11 de marzo de 2019.

   Este pasado domingo 10 de marzo, aquí en Monterrey, los asistentes al re-estreno mundial de la obra “El entierro de la Tierra”, obra en un acto original de Fernando Leal, tuvieron la oportunidad de averiguarlo. Una obra llena de actualidad desde que fue concebida hace algunos años atrás, como lo es hoy mismo, sobre todo en estos tiempos que los cambios en el clima del planeta nos parecen más evidentes e innegables.

    El Humano marrano no lo entiende, la propia Tierra y la Contaminación intentan explicarle una y otra vez de qué va el asunto, quien es el responsable de la contaminación del aire, la basura de los mares y toda la suciedad en el mundo y claro, todo lo que este dispendio ocasiona al vapuleado Globo Terráqueo, pero el humano está sordo, ciego y aturdido, no es consciente que sus acciones son la principal causa del estado de nuestro planeta.

    Estas interacciones entre la Tierra, la Contaminación y el Humano, por cierto, personajes entrañables, logran un dinamismo maravilloso que va transportando al espectador al centro mismo del conflicto y de su natural comprensión, integrándose a la historia y convirtiéndose también en personajes de ella, exactamente como en el mundo real. Como
a su autor, Fernando Leal, la obra nace como un juguete, una travesura, tan palpable por su misma esencia universal y sus negros vaticinios, si no hacemos algo ya.

    La Galería El Zaguán, cito en la calle Padre Jardón #915, fue el lugar en que la obra fue presentada con muy buen éxito, las dos funciones iniciales, 13:30 y 15:30 hrs., tuvieron una excelente afluencia, niños, jóvenes y adultos se divirtieron, interactuaron con la Tierra, con la Contaminación y con el Humano, es más, cada espectador se convirtió en su propio personaje, en él mismo. Lo más importante, la reflexión en la que cada quien se embebe y que es capaz de generar consciencia y esperanza. 

    Este próximo domingo 17 de marzo, en el mismo lugar del Barrio Antiguo, se representará la obra en funciones de matinée, a la 1:30 y a las 3:30 de la tarde, venga a divertirse en familia, con sus niños, con sus sobrinos, en pareja, en grupo, solo, como lo deseé, lo esperamos, seguro que le dejará un muy buen sabor de boca, y sin duda, lo hará pensar… y si todo va bien, a crear consciencia moviéndolo a  actuar.


                          


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*fotos: fonbòs