domingo, 21 de marzo de 2021

 ¡Azúcar!

La dulce sensación obtenida del infierno


     El asfalto chicloso de las calles es parte del infierno, sin duda. Los zapatos se hunden en ese betún suavizado por el calor. Al caminar, se levantan gruesas hebras elásticas que se fijan a las suelas, dificultando el andar. La humedad, está por todas partes: minúsculas gotas flotan calientes e invisibles en el ambiente; se adhieren a la piel, se meten por la nariz, por los ojos; el calor interno conversa con el externo; el de afuera es decididamente, mayor. No hay sombra que refresque o amengüe tal sofocación. La suma de todos los calores es atrapada por la hondonada del valle donde se asienta la ciudad y que parece gritar: ¡de aquí, no sales! La alta temperatura, mansa, obedece.

    
    Varios canales y un río cruzan la ciudad. Estas vías de agua dulce, con su evaporación, colaboran a que la humedad relativa del ambiente se incremente. La única pequeña ventaja es ver cómo se desliza el agua por sus cursos; cómo forma cascadas cuando el caudal cambia de nivel; al menos, te hace recordar esa sensación de frescura, quisieras meterte en ese líquido y permanecer ahí todo el largo verano, es decir, todo el año, tal pareciera que es la única estación que existe en esta zona tropical.
   
    Todo esta muy bien, hasta ahora. Sí, es un horno bastante caliente pero de cierta forma, digamos que soportable.
–¡¿Qué!? ¿eso es soportable?
–Espera, espera, deja te sigo contando. Lo que de verdad incide en hacer que esta zona se sobre caliente y se convierta en la antesala del interior profundo del eje neovolcánico, es la temporada de zafra.
–¿Cómo dices?
–Como lo oyes, la temporada de la cosecha de la caña de azúcar.    
    
    Lo de alrededor tiene el carácter de un incendio, aunque no veas las llamas. Parte del hollín que se levanta en los campos, se adhiere a la humedad que hay en el aire, y que luego el viento mueve lentamente para caer aquí y allá, como plomadas que tras el impacto revientan en las gentes, en las calles, en los coches, en los techos, en los perros, en los gatos, en los monstruos. La ciudad entera se ennegrece; una ciudad de carbón.

    El sol, a ratos, es ocultado por esa polvo negruzco que levanta la quema de los cañaverales; toda esa maleza que rodea a las cañas, así como las cañas mismas. El cañaveral en llamas es el calor adicional que hace falta para decir: esta zona, arde de a de veras; ¡arde como todos los demonios juntos! La zafra es, todavía, el mejor método de cosecha para la caña de azúcar.
   
    Los enormes camiones de carga pasan con frecuencia por las calles de la población. Circulan con su apretujado cañerío. Esos palos largos, obscurecidos por la quema, recostados y firmemente amarrados, se apilan y sobresalen, por mucho, la altura de las cajas o a veces redilas, de esos grandes vehículos. Uno se imagina que en cualquier momento la fuerza centrífuga, provocada por los giros del camión al moverse, o por el vaivén al sortear baches y desniveles, hará ceder esas amarras y entonces sí, nos deleitaríamos con un desparramadero de cañas quemadas por las calles. Pero eso nunca pasa, todo está calculado al límite, a lo mexicano, desafiante.
    
    ¿Adónde van tantas cañas quemadas? Al Ingenio, a las gigantescas trituradoras. De ahí: melaza, azúcar o etanol, por un lado; por el otro el bagazo,  para: tablones aglomerados, papel, cartón, derivados de celulosa, o para alimento para animales, o como combustible para las calderas del mismo ingenio. Todo se aprovecha, como en el cerdo o en la res.

    La zafra a veces dura más de seis meses. En ciertas regiones, todo el año. Los trabajadores de la cosecha más parecen mineros. Es un empleo duro y extenuante. Por ello, cada vez que disfruto un pastelillo, una cucharada de azúcar en el té, una concha, un caramelo, recuerdo la imagen de ese hombre de las fotografías, lleno de hollín, con el machete en una mano y la suerte en un hilo, cosechando la caña de azúcar. Es como darle un reconocimiento silencioso.


    El calor de la ciudad ya no importa tanto, se hace, digamos, menos intenso;   aparece cierta compensación prehispánica: las aguas frescas mexicanas; de granos, de frutas, de semillas, de vegetales, de hojas, de cáscaras. Algunas de ellas son de: jobito, tepache, horchata, tamarindo, guanábana, huapilla, melón, jamaica, limón, naranja, papaya y cientos más; generalmente endulzadas (las hay que no) con azúcar de caña, la de la zafra, con su debida evocación de procedencia. ¡Pa’dentro! Atenúan el infierno, y sus demonios: ¡a raya!


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Escobedo, N.L. a 21 de marzo de 2021.

martes, 9 de febrero de 2021

El puente del ferrocarril

El tren puede pasar en este momento, o no. Pero una cosa es segura: lo hará.

 

Lo que más llamó mi atención, fue esa frase, profundamente melancólica pero dicha con franqueza y con un exquisito dejo de soledad: “no me importa si algún día me lleva el tren cuando cruce el puente, si pasa hoy o pasa mañana; si no me encuentran un día, busquen por esta zona del río; seguro por ahí estará mi cuerpo, o lo que quede de él”.
    
        No era una bravata o palabras dichas al azar, nada de eso. Observé sus ojos, su gesto, su voz, y supe que hablaba en serio. Había una profunda desesperanza por debajo, sin embargo, su arraigo a la vida, como viniera, también era evidente. Me mostró su cicatriz o mejor dicho, sus cicatrices –eran varias aunque en una misma zona: en la parte trasera de su cabeza–. Un tumor externo bastante enraizado en el cráneo; con los años creció 14 centímetros. Cuando el dolor fue insoportable, finalmente se lo extirparon.


        Ese domingo, el día que lo conocí, amaneció soleado. Un domingo de enero, aunque invierno, bastante caliente. De esos días de rayos picantes que causan ardor. Un atisbo ya no de la primavera, que podría decirse que ya no existe en estas edades del siglo XXI, sino del verano. Así de caliente se sentía. Y es que el tiempo de la zona del noreste de este país, tiene esas maneras particulares: adusto, malhumorado, no sabe de delicadezas. Muy al modo de sus gentes que habitan la región.

        El municipio en el que vivo es un enorme llano, rematado en uno de sus extremos por un cerro muy peculiar conocido desde mucho tiempo atrás como el Topochico, y tiene esa forma, la de un topo; en su longitud mide kilómetros. Es compartido por varios municipios colindantes, incluyendo el mío.

        En el área urbana de mi municipio no hay edificios más altos que unos cuantos pisos, o sea, chaparretes. Las zonas elevadas –realmente que puedan considerarse, elevadas– se encuentran por su lado suroeste, precisamente por las laderas del cerro del Topochico, esa elevación natural de la tierra.

         El trazo de las calles es generalmente de ángulos rectos. Se observa la predisposición de conservar su anchura, en ello se nota orden y una clara proyección a futuro previendo el crecimiento de su población. Los vestigios del pasado son bastante escasos, considerando que la historia de por aquí se remonta al año de 1604. La zona, en tiempos antiguos, se conoció como la hacienda de los Ayala o Topo Grande. El municipio se erigió en Villa en 1868 con el nombre de un general de la época originario de Galeana, Nuevo León. Un personaje diligente, disciplinado, de esos hombres que hoy escasean, cabal y de palabra: Mariano Antonio Guadalupe Escobedo de la Peña (1826-1902), conocido usualmente solo como el general Mariano Escobedo, un héroe de a de veras, leal soldado e hijo de la república.

        General Escobedo, nombre como se le nombre comúnmente, está adherido y forma parte de lo que se conoce como la Zona Metropolitana de Monterrey. Es mi base de operaciones actual, en donde vivo, como he mencionado antes. Desde esta base, incursiono a diversos sitios de la ciudad metropolitana y a otros, fuera de la zona conurbada, como por ejemplo: toda la extensión anteriormente conocida como el Valle de las Salinas, hacia el norte. Esta zona tiene más sentido o interés para mi ya que en uno de sus pueblos, existen raíces familiares por mi lado materno. Historias viejas de genealogía sefardita y de asuntos que no se creerían.

        Ese día, ese domingo, decidí hacer un recorrido por General Escobedo. Uno no sabe lo que podría encontrar hasta que lo hace y lo va descubriendo. Me dirigí hacia el casco viejo, la zona central. Como es usual, el conjunto clásico de los pueblos y ciudades de México. La plaza central con su quiosco; rodeada por: la Iglesia (católica), el palacio municipal, la casa de la Cultura y otros edificios de dependencias del gobierno, además de casas de los pobladores.

        Hice algunas fotos del lugar. Luego, abordé mi auto y tomé una calle hacia el oeste. Llegué hasta las vías del ferrocarril, ahí me detuve porque en ese momento pasaba el tren, uno larguísimo. No traía una ruta prefijada, así que me regresé por la misma calle sin remordimiento. Había visto, por esa misma calle, una casa antigua, o mejor dicho, sus ruinas. Di con ella, me estacioné y me dirigí a pie a tomarle algunas fotos. Enfrente de la casona, entablé una charla con una persona que disfrutaba viendo pasar a los autos y a los transeúntes que como yo, por ahí circulábamos. Mientras lo hacía, este personaje bebía tranquilamente su espirituosa tomando el sol de la tarde. Durante la animada charla, surgió el tema de un puente de ferrocarril. Me dice el ciudadano de apellido enraizado en la misma historia de Escobedo:

    –Oye, ¿viste el puente del tren ahí, por la vía, por donde te regresaste?

    –No, ¿cuál puente?

    –El puente, más fregón que el de Santa Catarina.

    –¿Me hablas del que está por la avenida Díaz Ordaz?

    –Sí, ese.

    –¿Más bonito que ese?

    –Más bonito

    –No, no lo vi ¡Ya sé por qué no lo vi! En ese momento pasaba el tren y me tapaba la perspectiva.  ¿Pero, se ve el puente desde ahí? ¿Está más adentro? ¿O por dónde? 

    –Se ve ahí nomás llegando al cruce. Si quieres ir a tomarle algunas fotos. Hay algunos compas mariguanos por ahí, pero son tranquilos, si tienes algún problema nomás diles que vas de mi parte.    

    –Ah, muy bien. Pues, deja me lanzo, mucho gusto primo, gracias.

        Llegué de nuevo al cruce, y sí, a mi derecha, desde ahí a unos 50 metros a lo sumo, se ve claramente. Dejé el carro muy cerca, y me bajé a hacer fotos. Y en esas estaba. Me di cuenta que el puente es solo para el tren, no tiene ninguna área  para el cruce de los peatones, esto es, si quieres cruzar el río Pesquería por aquí, por el puente, necesitas caminar sobre los durmientes de las vías, no hay otra. Eso quiere decir que si lo estás haciendo y por aquellos azares del destino, el ferrocarril pasa en ese momento, o lo va a hacer, tienes algunas opciones para no ser arrollado:

Uno: corre endiabladamente para alcanzar el otro extremo  y salirte de las vías, ojalá y lo logres, por tu propio bien.
Dos: salta, igual y no la cuentas, el río acaso lleva caudal y la altura es suficiente para hacerte papilla, quebrarte la sesera, o varios huesos, o todos.
Tres: hazte a un lado e intenta colocarte en la estructura lateral de hierro del puente, saca tus habilidades de equilibrista, cuida de no tropezarte o pisar mal, te puedes caer.
Cuatro: no cruces por aquí, no te atrevas, por tu salud.


        Claro que la gente cruza el puente continuamente. Y no pasa nada, o ya pasó y no estoy enterado. Una de las ventajas es que el tren hace mucho ruido, además del silbato que se escucha a kilómetros. El tren no pasa muy a menudo, aunque siempre habrá un riesgo. Si tu andar es lento, porque te quebraste un pie, o porque eres viejo, o por algún grado de invalidez, o cualquier otro motivo, el riesgo se incrementa. Si tienes problemas de sordera, o de visión, una u otra, o ambas, por favor, no lo cruces nunca. Si padeces de chisquiadera, tampoco lo intentes.

        Estructura de travesaños y largueros de hierro, ajada por el devenir, en eso refleja la belleza de los olvidos y la vaguedad de las siluetas que logro evocar. El óxido ha hecho mella en todos los sitios. La pintura naranja descascarada le otorga ese carácter respetable que dan las cicatrices de las muchas batallas. Tan solo observar la firmeza del grueso metal, me da esa sensación de que puede sostener el enorme peso del ferrocarril. Y lo hace. El tren en su longitud interminable lo atraviesa casi flotando.


        A los costados de la vía, pasando el puente, hay casas. Riesgo para aquellos sonámbulos que descuidadamente salgan por puertas sin seguro o mal vigiladas. Niños jugando al amparo de la mole que pasa veloz. Línea que se traspasa con regularidad y que de pronto, al hacerlo, se olvida lo que por allí circula de tanto en tanto. Si no te has parado a unos metros de las vías de un  ferrocarril cuando, en ese momento, éste avanza con rapidez, no sabes de su poder. No tienes idea de lo que esta locomotora –y lo que arrastra– pasa a ser del manso reposo a cuando coge velocidad, nada lo detiene, lo lleva el diablo.  
    
        Mientras encuadraba la siguiente fotografía, escuché una voz por detrás:

    –¿Para qué las fotos? –un hombre mayor con pelo completo cano se dirigía     hacia donde yo estaba con la intención de seguir por ese camino y cruzar el puente. Vestido con una playera blanca de algodón, pantalón liso azul cielo; una sonrisa franca y amistosa, con esos ojillos marrones curiosos encima de ella; un andar lento pero firme, sin otro sostén que sus piernas; un viejo dulce–.

    –Para mi, para mi colección –le digo–.

    –¿Es reportero?

    –No, no precisamente, reportero, reportero lo que se dice reportero, de  un diario o de una revista, no. Lo hago porque me gusta documentar y mostrar lugares.

    –¿Ya cruzó el puente?

    –No, aún no, ya estuve por la mitad para buscar ángulos, pero no, no lo he cruzado. El tren pasó hace un rato.

    –Sí, a veces pasa.

    –¿No le da miedo que el tren venga y usted vaya en medio del puente, que no alcance a llegar al otro lado?

    –No. Hace un tiempo hubo una pareja, un chavo y una chava que dormían ahí arriba.

    –¿Cómo? ¿Arriba del puente?

    –Sí, ahí mero. –me señala–.

    –¿Pero, cómo es posible? ¿En las vigas de allá? ¿Las de arriba?

    –Ahí mero.

    –Caray, es algo increíble.

    –Como lo oye. Una vez el chavo, se cayó al río, debía de andar bastante pasado, como andaba a veces.

    –¡¿Qué?! De seguro no la libró.

    –Pues aunque no me lo crea, la libró, huesos rotos y heridas, pero la libró.

    –Eso es aún más increíble. Es una altura considerable. Oiga, usted vive por aquí, ¿cierto?

    –Sí, vivo por esa calle, a unas cuadras, en casa de una de mis hijas. Antes vivía de aquel lado del río.


            La conversación continuó amigablemente. Don Ambrosio me compartió trozos de su vida: lo de su tumor en la cabeza y los años de sufrimiento. Lo de sus dos mujeres. Lo de sus tres hijas. Lo de su separación de su segunda esposa, cosa que le trastocó su ánimo. Lo de su vida en el tejabán que le prestaron cerca del río para medio vivir cuando quedó solo. Lo de su rescate de ese tejabán por parte de una de sus hijas cuando ya lo creían muerto. Lo de su nietecita –hija de una hija que no es su hija pero que quiere como tal–, una chispa de unos 4 años y que al recordar cómo le brinda cariño y afecto al abrazarlo, y decirle lo que le dice con su tierna vocesita, Ambrosio suelta  algunas lagrimas y la voz se le quiebra de la emoción –y me quiebra a mi–.  Lo de los cinco viejitos que visita con frecuencia –y que lo hace cruzar el puente del ferrocarril–; de esos viejitos sobreviven tres, dos han muerto recientemente. Ambrosio, agrega: “son los únicos amigos que tengo, no tengo más, no se por qué no tengo más”.

        Se lo dije, quizá como para              echarle un poco de ánimo: “a             pesar   de que no la ha tenido fácil,     veo que su actitud es positiva, don     Ambrosio, no lo veo como un            pesimista a pesar de todo lo que ha     pasado, eso es bueno”. Me miró          algo incrédulo, pero es que era             cierto, al menos nunca desapareció     su tono afable y su sonrisa amplia.     Hasta que me soltó aquello de: “no     me importa si algún día me lleva el    tren cuando cruce el puente…”, una     vez que le pregunté de nuevo si no    temía cruzar por ahí con frecuencia. Y bueno, aunque es una aceptación ante lo inevitable, no es posible admitir cierta rendición ante lo que pueda venir, una manera de resignación.
    


        La soledad, esa cuando el otro no nos reconoce, es terrible. Diferente a la que buscamos para estar con uno mismo, sin renunciar al mundo. Se dice que somos en relación, cuando ésta no existe es como dejar de ser, es el no estar. No es que vivamos por los otros, venimos siendo los otros. Sin ese reflejo es como si no existiéramos. Por ello llega ese cansancio recurrente, esa sensación de soledad. El desánimo, ese estado en el que uno dice: si me coge el tren o no, no importa.    

        Don Ambrosio y yo nos despedimos efusivamente. Me dio su dirección, una calle y un número. Lo seguí con la mirada hasta la mitad del puente, volteé a uno y otro lado de las vías. Como una frase protectora para deshacer malas premoniciones, pensé: ojalá que no pase el tren, por el momento. Di la vuelta, y me fui también.



                                                                                                  – 0 –     

 

Escobedo, NL 
Febrero 5, 2021.


jueves, 14 de marzo de 2019

El ARTE de transmitir sensaciones por medio de un escenario, de una voz y de un cuerpo



Charla con el maestro, actor, director y escritor Fernando Leal

Por: fonbòs
Lunes 11 de marzo de 2019


“Lo que caracteriza a nuestro mundo es que está sentado. La mima corpórea se levanta, se divierte representando al mundo, estar en la mima es ser militante, un militante del movimiento en un mundo que está sentado”.
Étienne Decroux

   

    “Cuando llegué a Monterrey –cuenta Fernando–, procedente de Linares, me equivoqué de escuela, me inscribí en una creyendo que era la escuela de música, esa era la formación que traía a mis 16 años, flacucho y espinillento, quería ser músico, luego, ahí me dijeron: ¡actúa!, y lo hice. Mi maestro, Sergio García, me indicó, voy a hacer una obra en donde te tienes que encuerar, tienes que controlar tu erección en el escenario…”

    Un año después, Fernando se casa con una de las compañeras actrices de la obra y es mencionado, por la critica y prensa de la ciudad, como actor revelación del año en la polémica puesta “Equus” de Peter Shaffer, escenificada en la ciudad en 1976. A partir de esa “equivocación” de escuela, recién llegado de Linares a la capital del estado de Nuevo León, Fernando no se ha separado de los escenarios, el teatro se fue adhiriendo a su piel y a su alma, cuando uno lo conoce, observa, aclara su mente y no queda mas remedio que aceptar contundentemente que no habría podido haber un yerro tan afortunado.

    Para el maestro Leal, el teatro, el arte, es algo serio, profundo, que no quiere decir que en la comicidad no resida lo serio, lo substancial, tanto así como en el drama, del que igual en ocasiones nos arranca más risas, Fernando comenta: “el arte es una cola de la cultura, es la cola de una sociedad, es el legado, es lo que vas dejando, la historia es la chismosa, la que registra esa secuela” . Para él, el teatro es ese registro, esa historia, no hay diferencia, la escena en el foro y en la vida, es la misma, solo contada por diferentes vehículos y estímulos.

    El artista, el actor, director o dramaturgo en este caso, es el artífice del guión, de la dirección, del argumento, el que da vida a lo que cuenta, que provoca, que sacude, el que desafía, el maestro Leal dice a este respecto: “el artista es el que encuentra la desarticulación de la sociedad para que después pueda exponerla y la misma sociedad la articule compendiando lo que es la descomposición y entonces en esa nueva articulación, con esa inducida y aparente falta de componentes que el artista propone, pueda tomar esa autoestima, esa personalidad, esa identidad y se sienta campeón de lo que es componer lo que no entendía”.

    Continúa: “el artista, el actor, es un chamán, es un ente que debe de tener lo que es una forma inteligente de hacer que el espectador sea el actor. El artista es concretamente en nuestro país alguien que nutre la vanidad, eso significa el requerir aplausos, en la escolástica nacional, en los diferentes géneros, teatro, música, danza, pintura, quiere ver proyectado su trabajo y quiere ser halagado”.

    Conversar con Fernando Leal es un deleite, un tipo de mediana estatura, delgado, no muy propenso al halago directo ni al protagonismo que uno esperaría observar en una persona con el talento y experiencia que éste tiene, al contrario, es sumamente accesible expresando una caballerosidad que transmite con su voz grave y modulada, y esa nariz que divide su cara un tanto asimétricamente, lo que la hace más que adecuada, exacta en él, protuberancia que le imprime, como al poeta Cyrano, un aire singularísimo a su proyección, la naturaleza hace su trabajo preciso y nos provee de las herramientas justas para lo que estamos hechos, Fernando incluye unos ojos marrones inquisitivos y profundos, muy al estilo sefardita que las poblaciones como Linares, Montemorelos, Terán, Zuazua, Ciénega de Flores y muchas otras  proveen en sus hijos en este mundo noresteño a veces incomprendido, ojos que todo lo ven y todo lo desarticulan para proponer nuevas articulaciones al público, arte por arte.

    “Mi mamá me decía: te vas a volver maricón y drogadicto”, nos comenta Fernando, cuando en aquellos tiempos de su adolescencia el teatro entró en su horizonte, por error, ya sabemos, y es que ser hombre o mujer de teatro o de la farándula, tiene sus prejuicios y fama muy arraigados entre la gente, pero eso es bien sabido, en el caso de Fernando Leal no ha sido así, no es maricón ni drogadicto, quizá otras cosas, como tú o como yo, pero las dos profecías que mencionaba su madre, no se cumplieron. Fernando habla con orgullo de su madre: “mi madre fue una gran pintora, estudió en San Carlos, en México”. Cuando lo hace de sus hermanos, igual, lo hace con enjundia: “casi todos mis hermanos aunque sean antropólogos y de otras profesiones, todos tuvimos formaciones artísticas.”

    “Esteban de la Cruz, así es en español Ètienne Decroux”, dice en tono jocoso el maestro Leal, y sigue: “así se llamaba mi papá, Ètienne, o sea, Esteban”. En la vida de Fernando muchos han sido sus maestros, entre ellos precisamente Ètienne Decroux, en Paris, mismo maestro que corrió de su escuela al famoso mimo, también francés, Marcel Marceau, Fernando recuerda: “Decroux decía que el rostro es la parte más mentirosa del cuerpo, cuando Marceau se pintó la cara de blanco y se puso camisetas de rayas, lo corrió de la escuela”, irónico, pero ahí está la historia. Decroux, extraordinario mimo corporal dramático, fue un gran reformador del teatro, apoyándose en el desarrollo y técnica del movimiento corporal para contar historias dinámicas, como nunca antes. De su escuela han salido, a su vez, grandes artistas, algunos como Alejandro Jodorowsky, Jean-Louis Barrault, Thomas Leabhart, y el mencionado, aunque alejado de su escuela clásica, Marcel Marceau.

    Fernando, tomó clases con el reconocido internacionalmente maestro, mimo, director y clown teatral mexicano Sigfrido Aguilar. Dice en el sitio (www.sigfridoaguilar.org): “El grupo Mimus Teatro de Monterrey (fundado por Fernando Leal) que estuvo asociado con la escuela de Sigfrido Aguilar EBPANTEAC –Estudio Búsqueda de Pantomima-Teatro AC–, vivió por casi una década con la representación de “La Lotería” por el interior del país y fue reconocida, con dicha obra, en los 80 por la Muestra Nacional de Teatro como el mejor grupo de provincia”. La Asociación Nacional de Críticos le otorgó a Mimus-Teatro la mención de mejor grupo teatral en el año de 1987.

    Un actor real, comprometido, se tiene que desprender de sí mismo pero sin hacerlo del todo, como dice Fernando: “Hay que neutralizar el cuerpo, como un bastidor, igual que el fotógrafo retratista neutraliza con el fondo negro para evitar distracciones. En ese bastidor blanco, puedes caracterizar diferentes personajes, tú naces ya en sí con una firma, yo no te puedo quitar tu color de piel, tu cabello, tu nariz, no puedes borrarlos, no puedes hacer eso, por ello es necesario neutralizar la asignatura, lo que te identifica, la herencia. Si tú ya traes un lienzo en tu vida, el actor corporal trata de neutralizarlo para que pinte sobre ese lienzo que se genera, el blanco, entonces de pronto eres un ladrón, un pedófilo, eres un médico, persona, personalidad, personaje, maneras de encontrar esta neutralidad”.

    En el 2018, recordamos la puesta “Un caballo bronco que se convirtió en burro”, una sátira que expresa la exacta decepción que el pueblo en general ha expresado en las calles, en las esquinas, en los clubes, en casa, acerca de la gestión del gobernador del estado de Nuevo León Rodriguez Calderón y de las promesas de campaña incumplidas durante su gestión, recortes presupuestales a las áreas e instituciones culturales, resurgimiento de la violencia y “el chapulineo” que intentaba (y que hizo) para contender por la presidencia de la república cuando repetidamente antes dijo hasta el cansancio que no haría, que terminaría completo su trabajo como gobernador del estado, sin interrupciones. Fernando alzó su voz como lo sabe hacer, por medio del teatro y de su arte, fue el portador, con su obra, de lo que el pueblo pensaba y piensa, al menos de buena parte de él. La parte social y comprometida del maestro Leal.

    A pregunta expresa sobre la reciente representación de su obra teatral “El entierro de la Tierra”, llevada a cabo en la Galería El Zaguán, en el Barrio Antiguo de Monterrey el pasado domingo 10 de marzo, el maestro Leal nos dice acerca de esta singular obra en un acto: “…es una cacofonía, es un pleonasmo, se presentó por primera vez hace veinte o treinta años, no recuerdo, es una propiciadora de lo que es la reflexión a la depredación del humano que hace con la Tierra, el mundo es diferente a la Tierra. Es un juguete (la obra), una travesura, trabajé mucho en basureros, en donde está el depósito de basura del Topo Chico. Tenía una actriz muy gustosa, en su apariencia, su forma, qué más horripilantidad de lo que podría ser la belleza, tenía en ese entonces una manera de contarlo…”, que, continuando con la idea de Fernando, es tan actual como antaño, una propuesta vanguardista, vale la pena, la obra “El entierro de la Tierra” continúa temporada en el Barrio.

    Una vida dedicada al arte, al teatro en sus diversas manifestaciones, trozos de su carne colocados en cada ensayo, en cada letra, en cada foco fundido, en cada accidente en la tramoya, en cada tercera llamada, en cada cortina atascada, en cada dicción, en cada sonido o silencio que no debería estar ahí, carne lista para ser devorada por el vaivén del foro, por la vida misma, así ha sido, como la de cualquier persona comprometida en los asuntos muchas veces mal entendidos del teatro y su entorno, así va la vida de Fernando Leal, un hombre común que a su pesar, no lo es tanto.


“Es más importante considerar que el actor es el público y no el artista o ejecutor que está en el escenario”.
Fernando Leal


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*fotos: fonbòs

¿Será la Tierra enterrada o es que solo está entierrada?




¿La podremos salvar? ¿qué tan delicado es el asunto?


Por: fonbòs
Lunes 11 de marzo de 2019.

   Este pasado domingo 10 de marzo, aquí en Monterrey, los asistentes al re-estreno mundial de la obra “El entierro de la Tierra”, obra en un acto original de Fernando Leal, tuvieron la oportunidad de averiguarlo. Una obra llena de actualidad desde que fue concebida hace algunos años atrás, como lo es hoy mismo, sobre todo en estos tiempos que los cambios en el clima del planeta nos parecen más evidentes e innegables.

    El Humano marrano no lo entiende, la propia Tierra y la Contaminación intentan explicarle una y otra vez de qué va el asunto, quien es el responsable de la contaminación del aire, la basura de los mares y toda la suciedad en el mundo y claro, todo lo que este dispendio ocasiona al vapuleado Globo Terráqueo, pero el humano está sordo, ciego y aturdido, no es consciente que sus acciones son la principal causa del estado de nuestro planeta.

    Estas interacciones entre la Tierra, la Contaminación y el Humano, por cierto, personajes entrañables, logran un dinamismo maravilloso que va transportando al espectador al centro mismo del conflicto y de su natural comprensión, integrándose a la historia y convirtiéndose también en personajes de ella, exactamente como en el mundo real. Como
a su autor, Fernando Leal, la obra nace como un juguete, una travesura, tan palpable por su misma esencia universal y sus negros vaticinios, si no hacemos algo ya.

    La Galería El Zaguán, cito en la calle Padre Jardón #915, fue el lugar en que la obra fue presentada con muy buen éxito, las dos funciones iniciales, 13:30 y 15:30 hrs., tuvieron una excelente afluencia, niños, jóvenes y adultos se divirtieron, interactuaron con la Tierra, con la Contaminación y con el Humano, es más, cada espectador se convirtió en su propio personaje, en él mismo. Lo más importante, la reflexión en la que cada quien se embebe y que es capaz de generar consciencia y esperanza. 

    Este próximo domingo 17 de marzo, en el mismo lugar del Barrio Antiguo, se representará la obra en funciones de matinée, a la 1:30 y a las 3:30 de la tarde, venga a divertirse en familia, con sus niños, con sus sobrinos, en pareja, en grupo, solo, como lo deseé, lo esperamos, seguro que le dejará un muy buen sabor de boca, y sin duda, lo hará pensar… y si todo va bien, a crear consciencia moviéndolo a  actuar.


                          


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*fotos: fonbòs

        




domingo, 13 de noviembre de 2016

Una vida plena, Héctor Carpizo


Héctor Carpizo Mac Gregor
*por: fonbòs
Monterrey, N.L. Noviembre 03 de 2016



—¿Y cuándo veía a Cocó? —pregunto al Sr. Carpizo, en referencia a sus largos periodos de viaje que tenía que realizar por su trabajo en 3M, cuando supervisaba, desde la ciudad de México,  el sur y sureste del país.

—Ese es muy buen punto —responde—, pues la veía yo muy poco, me acuerdo de algo que comentaban mis cuates: “Oye Héctor, ya no sigas viajando tanto y dejando a tu familia sola, no vaya a ser que un día llegues a tu casa y salga uno de tus hijos y diga: ¡mamá ahí te busca un señor! ”.

—“Esa es la primera —continúa su relato—, pero eso no es todo, Héctor, si insistes en lo mismo, de estar tanto tiempo fuera de tu casa, la siguiente vez no te va a decir eso, vas a llegar a tu casa, vas a tocar la puerta y tu hijo va a decir: ¡papá, ahí te busca un señor! ”.
 
—*—

    Para quien lo conozca, Héctor Carpizo Mac Gregor es una persona cordial, cercana, amena y que siempre esboza una sonrisa seguida de un comentario positivo para cualquier persona que tiene la suerte de encontrarse o convivir con él.
   
    Hablar del Sr. Carpizo es sumergirse en una vida de pasión, una vida llena de anécdotas y de situaciones humanas maravillosas que con su muy particular manera de hacérnoslas saber, nos transmite ese calor humano que lo define, además de permitirnos ingresar a su mundo, ese mundo de personajes e historias en donde sólo cabe encontrarnos con la vida misma.
   
    Héctor trae lo “campechano” en la sangre, nace en la ciudad de México un 17  de octubre de 1938, de padres originarios del estado de Campeche. Hijo primogénito, luego le siguieron sus hermanos: Ana Cristina, Eduardo y Miguel, complementando a la familia Carpizo Mac Gregor.

    La ciudad de México fue el marco de su formación, ahí crece y realiza sus estudios elementales, los de secundaria y los de preparatoria, luego ingresa a la carrera de Contador Público en la que permanece los primeros dos años, la que abandona para seguir la vocación que ya sentía, era lo suyo.

     Desde joven, ya manifiesta sus características histriónicas, Héctor quiere  ser actor. Para ello se tiene que preparar, estudia tres años en la Academia de Andrés Soler y luego un año más en Bellas Artes.
   
    Como actor novel participa en varios proyectos de teatro experimental, afina y desarrolla sus capacidades. Descubre el teatro infantil en donde, como él dice: “ya era profesional, empecé a ganar dinero”. En esta faceta trabaja para varios escenarios situados en la Unidad Cultural del Bosque que albergaba en la zona, al Auditorio Nacional, al teatro del Bosque, al teatro Orientación (teatro infantil que funcionaba los sábados y domingos) y al teatro Javier Villaurrutia.

    Más tarde, fue en el teatro Cinco de diciembre de la ciudad de México, en donde Héctor actúa en la obra “La estrella adolescente”, a la que acuden como espectadoras, su hermana Ana Cristina y una amiga que la acompaña,    conoce a la que él mismo define como “mi compañera de vida”, Rosario, la amiga que llegó con su hermana a ver la función de ese día, una linda y amable jovencita tampiqueña. Pasa lo que a veces sucede cuando hay afinidad y atracción mutua, Héctor y Cocó —hipocorístico con el que la llaman— se enamoran y posteriormente a través de una fértil relación, deciden formar una nueva familia.

    El dilema de todo actor profesional de teatro: ¿Qué hacer para estabilizar los ingresos para la nueva familia, cuando no sabes si la obra será exitosa, si durará lo suficiente, si habrá pronto o no una nueva en la qué trabajar? Durante la preparación y ensayos de una puesta, no hay ingresos. ¿Qué hacer?, y es, en esta incertidumbre, cuando Héctor decide buscar alternativas.

    Y encuentra una, es cuando ingresa al mundo de las ventas, se contrata como vendedor comisionista en Productos Metálicos (PM) Steel, compañía de muebles para oficina y sistemas de kardex —“sistemas visibles de comunicación”, comenta Héctor—. Es aquí cuando él se topa, gracias a su facilidad para relacionarse con todo tipo de  personas y comunicar claramente cualquier mensaje, un mundo nuevo de posibilidades de desarrollo.

    Y lo hace. A cuatro años de trabajar en PM Steel, se destaca y lo nombran el mejor vendedor del año. Recibe el reconocimiento en el hotel Del Prado de la ciudad de México, todo un gran evento. En la ceremonia, acuden ejecutivos de otras compañías, uno de ellos, Guillermo Romano, que por entonces era Gerente de Máquinas Copiadoras de 3M, se le acerca y lo invita a colaborar con él, en 3M.

    En agosto de 1966, Héctor entra a trabajar a la compañía 3M. El puesto con el que ingresa fue el de Vendedor de Máquinas Copiadoras. División, en ese entonces, de las más importantes de 3M, en donde también se ofrecían equipos visuales, como los retroproyectores, y los  equipos de microfilmación.  

    En tan solo seis meses y gracias a la aplicación y entrega que muestra  Héctor, es promovido como Supervisor  de la División de Máquinas Copiadoras para el sur y sureste del país, visita Veracruz, Villahermosa, Campeche, llega a Oaxaca y hasta Tapachula, viajes que lo hacen estar poco tiempo en casa, comenta: “estaba de viaje tres semanas y sólo una semana con mi familia, fue difícil, pero es algo que había que hacer, y lo hacía con mi mejor empeño”.

    En los primeros meses del año de 1968, Héctor Carpizo recibe la promoción,  en la misma división de copiadoras, de continuar la función de supervisión pero ahora en una ciudad que lo marcaría para siempre, Monterrey. Es en ese año cuando por primera vez, por razones de trabajo, se traslada con su familia a la capital de Nuevo León, dice ante este hecho: “lo mejor que me ha pasado en mi vida, mi adoradísimo Monterrey”.

    Héctor nos indica: “era la oportunidad que me estaba dando la compañía, donde me hubiera mandado, ahí hubiera ido, tuve la bendición de llegar acá en donde, ahora sí que día a día le doy gracias a dios, le tengo tanto, tanto amor a Monterrey y a lo más importante que tiene el estado de Nuevo León que es su gente”.

    Héctor ya había tenido antes la oportunidad de estar en Monterrey en periodos de vacaciones cuando visitaba a  un amigo originario de General Terán; redondea Héctor: “siempre me gustó mucho por acá”.

    Cuando llega a vivir a Monterrey, una de las características que primero nota es la  manera de hacer negocios de la gente, la forma de interactuar más directa y espontánea que en otras regiones en que le había tocado trabajar, menos formal. Recuerda como el uso del “tú”, esa segunda persona del singular, era más común aquí que en las regiones del centro y sur en donde mayoritariamente  utilizaban el “usted” —segunda persona del plural– en el trato e interacciones comunes, formas diferentes.

    Héctor continúa enriqueciendo su bagaje, incrementa sus conocimientos, aunque conserva —como hasta el día de hoy— su sencillez y trato humano en todas las circunstancias. Así, nos señala: “Voy a confesar una cosa: aunque yo venía de ser el mejor vendedor de PM Steel y ahora como supervisor de ventas   en 3M, yo siento que realmente fui un vendedor profesional gracias a la gente de Monterrey que me enseñó, me enseñó a cómo hacer el trabajo, a cómo razonarlo, a cómo ser productivo y sobre todo, a cómo ser rentable”.

    Cuatro años después de haber llegado a Monterrey esa primera vez como Supervisor de Ventas, regresa a la ciudad de México para ocupar la posición de Gerente Nacional de Ventas en la división en la que labora.
   
    Tras cinco años en este cargo en la ciudad de México, en el año de 1981, se le ofrece nuevamente regresar al norte con la posición de Gerente Regional de la Sucursal de Monterrey, puesto que ocupa durante diez años en su querida ciudad norteña. Ahora representa, con su equipo de ventas, a 3M en todas las divisiones en la región norte, un cargo de mayor envergadura y responsabilidad.
   
    En el año de 1991, su buen desempeño y dedicación en el liderazgo de la sucursal de Monterrey, lo hacen merecedor de escalar a una dirección de negocio, posición que le comunica el Ing. Felipe Sánchez, Director Nacional de Ventas y  jefe directo.

    Héctor recuerda esos momentos y comenta: “No me quería ir ¿eh?, no me quería ir”.

A lo que le pregunto:

—¿Le costó trabajo, al Ing. Sánchez,  convencerlo?

—Pues no le costó mucho trabajo —responde Héctor de inmediato—, porque él es muy práctico en sus cosas. Me acuerdo que le dije, muchas gracias, pero yo estoy muy contento aquí, no me gustaría vivir en la cd. de México, etc., etc., y él me puso en un papelito, una “T”, como de duca y bueno y me dice:

“Mira, como gerente regional tienes económicamente esto, tus prestaciones son estas; como director de negocios, son estas, me estás diciendo que te quieres retirar en tres o cuatro años, es el momento que salgas como director con las acciones que vas a recibir de la compañía, un mejor sueldo y prestaciones”.

—Eso era muy buena lana —prosigue Héctor—, muy buenos bonos, económicamente era muy diferente, muy atractivo, pero había que pagar el precio porque en ese entonces mi corazón y mi cerebro estaban totalmente en Monterrey, lo que quería era ser feliz, no me interesaban más puestos ni nada, pero finalmente llegué a la cd de México, para que luego, esa opción que no esperaba, se convirtiera también en una experiencia muy “padre” y enriquecedora, por supuesto, todo un reto llevar una dirección de negocios.

    Así, Héctor Carpizo se hace cargo de la Dirección de Negocios del Grupo del Sector Salud de 3M, incluyendo la división farmacéutica, lo que entonces eran los Laboratorios Riker; el grupo del sector salud de 3M (conocido como Healthcare) contaba con al menos 7  divisiones, todo un desafío.

    Generalmente, el desarrollo implica tomar decisiones, y esas decisiones no siempre nos otorgan el ideal que buscamos, pero finalmente, obligados por un bien mayor, aceptamos llevar a cabo las acciones que la vida nos pone enfrente. Como a toda persona en alguna ocasión, Héctor tenía ante sí, un reto importante que sopesó, no sin antes también, integrar lo que significaba para su núcleo familiar y personal.

    Nos cuenta Héctor: “Parte, muy, muy importante del precio que tuve que pagar, es que yo me fui a (la cd. de) México pero mis hijos no aceptaron, ellos se quedaron acá, tanto mi hijo como mi hija. Compré un departamento para que ellos estuvieran ahí, la casa la renté y solamente mi esposa estaba conmigo, y también relativamente, ella extrañaba mucho a sus hijos, así que como yo me la pasaba de viaje tres semanas, ella se la pasaba con sus hijos cuando la visitaban, esa fue la parte difícil de esa época”.

    Todo tiene un costo, nada es gratis, y eso, Héctor lo sabe y lo ha sabido. Tal como cualquiera que hemos estado en las áreas de ventas y comerciales, sobre todo en éstas áreas, con una posibilidad de movilidad mayor que en otras.

    Prosigue su labor al frente de la dirección de negocios de Healthcare en la ciudad de México, mientras, la compañía 3M sigue invirtiendo en su capacitación y desarrollo, tomó muchos cursos relacionados con las más diversos temas: industriales, de mercadotecnia, de finanzas, de calidad y otros; viajó  frecuentemente a St. Paul en ese tiempo.

    Seis años al frente de la Dirección de Negocios del Sector Salud de 3M (Healthcare), ya eran más que suficientes, por lo que Héctor estaba agotado, nos comenta lo que sentía en ese entonces: “Yo ya me quería regresar, demasiado “stress”, demasiados jefes, cada reporte debía presentarlo a no sé a cuántos; “reviews” cada tres meses, todo en inglés, vicepresidente, director de finanzas y etc., para mi eso era muy desgastante, la verdad de las cosas”.

Sigue diciéndonos Héctor: “Solicité el <early retirement>, que era retirarse a los 55 años, perdiendo, por supuesto, una parte de los beneficios; finalmente me convencieron de no hacerlo”.

—Muy bien, ya no quieres ser director de negocios, dime ¿qué quieres, Héctor?

—Bueno, me gustaría cambiarme, ya no quiero estar en esto, me gustaría en un momento dado estar en el área de RH porque me encanta estar en contacto con la gente, lo más importante para mi, la sangre, lo que se hace y el éxito de 3M es por la gente que trabaja aquí. Por otro lado, también me interesa el área de Calidad, algo que también me apasiona”.

    La oportunidad se abrió en el área de calidad, poco tiempo después fue nombrado Director Corporativo de Calidad, posición en la que trabaja en los siguientes años, y con la que se retira de la compañía en octubre de 1998. Toda una fructífera vida de trabajo y de buen desempeño, treinta y dos años de carrera en 3M México desde aquel lejano 1966 en el hotel Del Prado cuando recibió la invitación de colaborar en la compañía.

    Ahora, en este 2016, a dieciocho años de su retiro, Héctor Carpizo sigue cosechando lo que ha sembrado, desde su querido Monterrey, vive, eso sí y como  ha sido su costumbre, viajando. Pero hoy lo hace enteramente por placer, adonde quiere y siempre con su compañera de vida, su esposa Cocó.  Disfruta a sus seis nietos, dos chicos y cuatro chicas, cuando tiene oportunidad, adora su vida familiar, esa por la que ha luchado desde que la fundó y de la que se siente muy orgulloso.

    Después de su retiro, Héctor siguió activo en diversas asociaciones de Calidad, algunas veces recibiendo reconocimientos por sus aportes y otras  como invitado orador en eventos, en entidades como: Fundameca (Fundación Mexicana de Calidad Total) y la propia 3M.
    

    Recientemente, el grupo de ex 3M de Monterrey, le organizó una sencilla reunión para reconocer su liderazgo, su calidez humana y su maravilloso humor, que como fuente de motivación para todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar y convivir con él, son atributos que le apreciamos en gran medida.
   
    En la reunión, observamos un  video con imágenes de Héctor Carpizo en actividades diversas y con gente de su equipo cuando
Placa de Reconocimiento entregada a Héctor Carpizo
fungía como Gerente Regional, historia viva, luego se le entregó una placa de reconocimiento especialmente diseñada para este día, y por supuesto, nos deleitamos con las emotivas palabras que Héctor Carpizo pronunció.

    Durante la reunión, Héctor   recibió una llamada telefónica sorpresa de su antiguo jefe y amigo de 3M, el Ing. Felipe Sánchez, un momento muy emotivo y de gran significado que todos disfrutamos al ser compartida por medio del altavoz del teléfono a los ahí reunidos.
Hétor Carpizo en conferencia telefónica con Felipe Sánchez

    Fue estupendo escuchar al Ing. Sánchez y reconocer su acento que lo distingue, después de tanto tiempo. Héctor Carpizo nos ha compartido anécdotas maravillosas que vivió con él. Todos recordamos aquellos “reviews” meticulosos y detallados del Ing. Felipe Sánchez cada vez que nos visitaba en la sucursal de Monterrey, la oficina crecía en vertiginosidad y
Héctor Carpizo compartiendo la llamada de Felipe Sánchez
movimiento, lo más memorable, es que todos, absolutamente todos, participábamos en las revisiones de resultados frente al Director Nacional de Ventas junto a nuestro Gerente Regional y Supervisores. Línea de integración de equipo que ya teníamos con el Sr. Carpizo en el día a día de la sucursal y que, Felipe Sánchez confirmaba con su estilo directivo.   

    Don Héctor Carpizo, con la sencillez y calidad personal que lo caracteriza, comentó al respecto de esta reunión: “Yo siento que he sido un hombre de mucha suerte, recibí por parte de 3M, y otras varias asociaciones, reconocimientos de esto que disfruté muchísimo, pero te doy mi palabra de honor, que nunca fue más importante de lo que he recibido, con todos ustedes, es lo que más me llegó al corazón, lo que más agradezco y agradeceré toda la vida, ustedes me hicieron el viejo más feliz”. 


Don Héctor Carpizo agradeciendo emotivamente la reunión en su reconocimiento.


    Honor a quien honor merece, y decididamente, Héctor Carpizo Mac Gregor lo merece, sin ninguna duda.

    Como una vez le dijo su padre:   “Cuando estés en algo que no conoces, primero aprende, y la mejor manera de aprender es escuchar, ver y quedarte callado, si tienes duda, pregunta”, palabras sabias y valiosos que Héctor Carpizo tomó muy seriamente de su papá, y que como vemos, ha sabido ponerlas en práctica.

    Felicidades a don Héctor por esa vida plena que ha llevado, y que así lo siga haciendo por muchos años más.
 
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Comunidad Ex 3M
Monterrey, N.L.







Grupo de Ex 3M Mty. con Héctor Carpizo.
Grupo de Ex 3M Mty. disfrutando el convivio con Héctor Carpizo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

El MictlanNews y el GreenPost

by fonbòs

Dos diarios en el universo circular.


    El MictlanNews aparecía todas las noches mientras el GreenPost lo hacía por las mañanas. Ambos diarios informaban a sus pobladores de las noticias más relevantes, las poblaciones de uno eran diferentes a las poblaciones del otro ya que de esa misma forma, sus mundos eran diferentes, algo así como paralelos aunque como se sabe, en un punto del infinito dos líneas aparentemente paralelas, finalmente llegarán a tocarse; en realidad la línea recta es una ilusión, no existe, el universo es curvo, el principio y el final se confunden y por ello decir dónde está el comienzo y dónde está el fin de lo que sea, no tiene sentido.
    
    Las alegrías del GreenPost eran las tristezas del MictlanNews, mientras en el primero las catástrofes; guerras; peleas entre pandillas o entre narcos (con el consabido desmembramiento de cuerpos, clásico); maridos  o esposas neuróticos (aplicable a cualquier relación “amorosa”); psicópatas en el poder o fuera de él; fabricantes de armas; divisiones religiosas y de fe; nacionalismos enervantes; verdugos a sueldo; matarifes de ocasión; políticos, legisladores, presidentes y demás proveedores de muerte y desolación; eran vistas como algo dañino, disminuían la población. En el segundo, se veían como nuevas entradas de almas atormentadas, más trabajo qué hacer, más oportunidades de empleo; los lectores del MictlanNews adoraban las matanzas en el mundo del GreenPost, temían las redenciones en su propio mundo ya que significaban partidas hacia nuevos estados, a veces, nuevamente, hacia el sufrimiento de las tierras del GreenPost, a veces hacia otras puertas.
    
    No se sabe cual de estos diarios se fundó primero, unos dicen que fue el GreenPost, aludiendo a que primero tienes que estar vivo para luego morirte, como en todo, existen ideas antagónicas y por ello otra corriente afirma que se tuvo que haber fundado primero el MictlanNews que explica la muerte como inicio de la vida porque ¿de que otra forma se alimenta lo vivo sino de lo muerto?, es necesario matar para vivir no importa si eres carnívoro, vegetariano u omnívoro, todo lo que los vivos se llevan a la boca ya va muriendo, está en proceso de descomposición para luego transformarse. Es difícil determinar que fue primero, al parecer la vida viene de la materia inerte pero ¿De qué forma la materia inerte se convierte en materia viviente? ¿Por el soplo divino? ¿Y el soplo divino está vivo o está muerto? ¿O las dos cosas a la vez? Así que muy probablemente el MictlanNews y el GreenPost no tienen una fecha diferente de fundación, se fundaron al unísono, uno no puede existir sin el otro, son parte de una unidad, de la misma manera que las poblaciones a las que sirven, aunque no lo sepan o en muchos casos, lo nieguen a ojos visto.

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lunes, 29 de febrero de 2016

Historias veras breves de ficción.

Martina, hija de la vida y puta de profesión.


Martina creyó en Dios, siempre, hasta su muerte.

     
 
     No se sabe con certeza qué pasó después de que murió, adónde fue, unos dicen que está en el cielo, otros que no se lo merecía y que posiblemente está en el purgatorio, unos más la sitúan en el infierno, para muchos fue una santa, para muchos otros una mujer diabólica y malvada, aquí también se especula y lo que se dice y piensa de ella es sólo eso, suposiciones, conjeturas, aunque algunos lo establecen como una verdad absoluta, tanto una u otra versión o sus opuestas. 
     
    Así que es difícil situar adónde fue a parar tras su último aliento, nadie en este mundo lo puede decir de verdad, nadie, lo cierto es que su cuerpo, aún esbelto y maravillosamente formado, no se mueve más y su descomposición, en la mortaja, es evidente. Su color rosado habitual ha desaparecido, a pesar del maquillaje post mortem, el hundimiento de las cuencas de sus ojos es visible, inclusive a unos metros de distancia, su pelo castaño ha perdido su brillantez natural y pareciera que se entiesa al ritmo de la piel circundante. 
     
    No se sabe de que murió, un testigo, poco fiable valga decir, dice que la escuchó mencionar, casi en un susurro, unas palabras que le pareció se referían al versículo de Romanos 5:8, aunque no es apropiado asegurarlo ya que el tal testigo era sordo y la cocina en donde Martina de pronto se desplomó, estaba en las sombras a esa hora, iluminada débilmente por un añejo quinqué teñido de carbonilla que quedaba detrás de la mujer, manteniéndola a contraluz y en penumbra con respecto al testigo sordo y con un sólo ojo funcional; difícilmente, con esa escasa iluminación alguien podría leerle los  labios para determinar si al menos, hubiera tenido tiempo de decir algo, de cierto, no sabemos si hubo últimas palabras, otro añadido a la composición de hechos que era improbable tuvieran lugar. 
     
    Cuentan que Martina llegó a tener 12 hijos, el primero cuando ella tenía 14 años, hijo de su propio padre, pero que podría no ser así ya que el padre y su compañero de juerga, al que llamaban “El Bizco Sánchez”, tuvieron relaciones sexuales con ella a un tiempo y con cierta frecuencia en ese entonces, la madre de Martina sólo agachaba la cabeza y se retiraba, callando cobardemente; por las mañanas, pasados esos divertidos “ménage à trois”, la madre le prodigaba a Martina sendos reatazos castigándola con crueldad; de la beata boca de su madre salían serpientes y sapos recordándole su suciedad y abominables actos ante el Señor, ¡suripanta! ¡puta de mierda! ¡furcia! ¡mujer desventurada! ¡meretriz maldita! Palabras dulces y animosas que Martina recibía de seguido por actos a la que era forzada sin siquiera comprender de qué iba todo aquello, eso sí, en cada palabra de aliento que la madre le excretaba en el rostro con todo su cariño, antes se santiguaba, como muchos, teniendo a Dios de su lado se sentía el ángel Gabriel redimiendo al mundo. 
   
     Martina en la naturalidad de su ambiente, con su carácter moldeado a puntapiés y continuos zapes sin razón alguna, ultrajada frecuentemente por su propio padre y culpada por su madre, sacó provecho, en la escuela empezó a repartir su aprendizaje entre los mozalbetes (y una que otra moza ¿por qué no?, era negocio) cobrando una tarifa razonable por los servicios, así, se convirtió en puta profesional, se hizo dura y sus sentimientos quedaron sepultados en lo más profundo de su corazón. Con el tiempo, la casa se convirtió en un jardín de infantes, llena de chamacos mocosos que había que alimentar pero como ya habíamos dicho, Martina era muy bonita y a pesar de ya cinco embarazos, mantenía un cuerpo bastante tentador, sus remuneraciones y emolumentos por servicios extraordinarios sobrepasaban lo necesario para mantener a toda la familia, inclusive a los productos huerqueriles de sus afanes, cosa que la madre de Martina toleraba, y se decía a sí misma: “si ya era puta pues que mejor que obtener beneficios de ello: un nuevo chal, una nueva vajilla, ¡por fin, la primera licuadora eléctrica en casa!, Dios la perdonará.” 
    
     Si bien los reatazos y cualquier otro tipo de fregadazo a mano libre o con instrumento para el caso, se habían extinguido por aquello de que la Martina había crecido y era fuerte, la violencia verbal continuaba un día sí y otro también, y como siempre, todo el tiempo invocando al buen Dios con la debida persignada de la madre devota. Martina había extendido el negocio, ahora tenía una habitación en casa exclusiva para vender amor, dicho con eufemismo; la escuela y su aprendizaje efectivo había quedado muy atrás, la madre  con la Biblia en la mano y el santiguadero continuo, actuaba como proxeneta y administraba el negocio, excepto los dineros, esos sí, Martina los llevaba celosamente. 
     
    El padre hacía tiempo que se había largado, así, sin más, nunca se supo de él, se murmura que alguien había contratado a un pelafustán asesino a sueldo de quién sabe dónde, este gañan fue el que mató al padre de Martina cogiéndolo al salir por la noche de la cantina un día cualquiera, su cuerpo fue triturado y hecho pedacitos en la carnicería de un tal Juancho y finalmente dado como alimento a los mastines del carnicero; este rumor se corrió por la zona, se llegó a mencionar a una misteriosa mujer quien fue la que contrató y pagó al rufián, pero como nunca se llegó a nada y la desaparición del padre de Martina poco importaba, así quedó el asunto, ni Martina ni su madre lo llegaron a extrañar jamás. 
     
    Martina era, al igual que su madre, una ferviente devota de la fe cristiana, por ello y aunque los conocía, no usaba ningún sistema de control de la natalidad, los hijos que nos mande Dios, por cumplir con esa ley divina y hasta su joven muerte, jamás utilizó anticonceptivos, manteniéndose fiel a los mandatos de su religión, al dogma de su creencia, los caminos de Dios son insondables, y sus controversias, aún mayores para un humilde creyente. Martina llegó a un punto en que ya no soportaba a su santa madre, cuentan que ella, Martina, fue la causante de su partida con los querubines, y un día en que, como era habitual, la madre acudió a la iglesia a ponerle su veladora a su santo favorito y lavar sus pecados, Martina aprovechó y vertió el veneno, que con antelación había conseguido, en el té de uso que su madre bebía todos los días después de regresar de su misa matutina. 
    
     El caso es que ese día, su madre viajó directamente y sin escalas al cielo de sus rezos recibiendo los debidos sacramentos, un ataque cardiaco fulminante. Dicen también que ese día, en el entierro de su madre, Martina lloró por ella, la verdad es que ese día se enteró de su séptimo embarazo y eso, naturalmente la ponía triste, una vez pasado el parto, la cuarentena le significaba un decremento en los ingresos, así que se tenía que preparar. Contrató a dos mujeres que se dedicaban a criar a los niños mientras ella ampliaba el negocio, construyó, con los ahorros de años, una casona de intrincado y peculiar diseño, con muchas habitaciones, pasajes y puertas, exactamente a un costado de la casa de madera, esa misma en donde todo inició años atrás. Consiguió nuevo personal, chicas que como ella, laboraban en el oficio, y que dado el buen tino de Martina, sabía escoger muy bien. 
    
     Muy pronto, el nuevo sitio se convirtió en un concurrido lugar de esparcimiento, popular entre todos esos seres masculinos desatendidos por sus esposas en donde ellas jamás se comportarían en la cama como esas rameras sin escrúpulos que podrían corresponder a todas aquellas fantasías que esos pobres y pusilánimes hombres nunca harían con su mujer, ni en broma, aunque se lo imaginaban; sus mujeres eran unas buenas mujeres ¿cómo podrían, esas santas y abnegadas madres de sus hijos, caer moralmente en esas posiciones, actos y juegos sexuales del diablo? ¡No, Dios nos libre! ¡Para eso estaban las putas!, sus inmaculadas esposas eran la virgen de casa, el acto sexual con esos seres femeninos sólo tenía fines de procreación, algo que se debía hacer con la mayor escrupulosidad ¿no lo decían las santas palabras? Y así, obscuridad, meter y sacar, ningún preacercamiento ni caricias previas, hasta eyacular y es todo, ¿Y la mujer, sus anhelos, sus orgasmos, sus tiempos y necesidades? ¡¿Pero de qué hablas, imbécil?! 
    
     Lo que no sabían esos hombres, bastante primarios por cierto, es que sus mujeres, no sólo no ejercían esa sexualidad reprimida y salvaje en otros ambientes, un amante por ejemplo, sino que eran tan buenas en ello que no tenían que envidiar en nada las habilidades de las “profesionales”, pero así es el juego del prejuicio y de la simulación, por supuesto, situación favorable para el negocio de Martina. Las mujeres que no lo conseguían, esos objetos virginales vivientes, pues siempre estaba la iglesia o la congregación, refugio para las almas maltratadas, terriblemente sometidas y por lo tanto, neuróticas, mezcla perfecta para el fanatismo. 
     
    Con el devenir, Martina llegó a tener un negocio mucho más grande y  próspero, a él acudían todo tipo de clientes: miembros destacados del club de golf; marineros avivados por la llegada a puerto; párrocos de barrios pudientes y limosnas sustanciosas, vestidos de civil, incluyendo un obispo de aquí y uno de allá -generalmente encubiertos y por accesos especiales-; militares de alto rango, bragados y valientes como el que más; fiscales y jueces probos -ellos así lo proclamaban-; comerciantes honrados -aunque se dude de su existencia-; esclavos modernos bien pagados -entiéndase: empleados-; vendedores a comisión y un largo etcétera, en este caso, de toda la sacra sociedad incluyendo a políticos, jefes de policía, ministeriales y los pares de cada uno, que en algunos casos, eran los mismos: jefes de mafia, delincuentes de alto calibre y de monta media, especialistas en logística e ingeniería -túneles, submarinos, empacados especiales, etc.-, matones y guarras -semejantes pero diferentes-, y los peores de todos: banqueros, especuladores de la bolsa -los llaman inversionistas en algunos lugares- y recolectores de impuestos; en general, miembros de negocios bastante organizados y económicamente importantes para cualquier sociedad sea democrática, comunista, socialista, de izquierda, de derecha o puntos intermedios. 
     
    Martina había convertido el lugar en una isla de relajamiento para estos pobres hombres, era una zona neutral, algo así como Suiza; las secciones estaban divididas de acuerdo al tipo de personaje y su área de operación o especialidad, jamás los antagónicos se encontraban frente a frente, cosa no muy sencilla de llevar a cabo, pero Martina era inteligente y se la ingeniaba para que todo encajará perfectamente. Martina tenía poder, tenía dinero, mucho de los dos, pero no era feliz, así que decidió encausar buena parte de sus ganancias a campañas de ayuda a los necesitados: comedores para los pobres, refugios para los inmigrantes, casas de hospicio, eliminación de lacras estorbosas, depósitos a teletones lavadores y causas loables por estilo.        
      
    Por supuesto, estas actividades tampoco le proporcionaban paz interior y sobre todo, aceptación, entonces intentó ir a misa todos los domingos y colocar una veladora cada vez que asistía a los servicios religiosos, no era sencillo dado el nivel de pecado que la acompañaba a esos santos lugares, pero cuando veía a multitud de sus clientes por ahí, inclusive al que daba el sermón de vez en vez, llegó a sentirse como en casa pero con diferente iluminación, todo lo demás le parecía muy similar; la otra excepción es que en ese recinto ella no era el centro de atención, era como una aparición que todos hacían como que no veían, esto no le gustaba. A pesar de toda la fiesta y que podía comprar casi todo lo que deseara, Martina estaba cansada, las incontables orgías le parecían aburridas y tediosas, la vida carecía de sentido para ella desde hacía tiempo, tampoco las metanfetaminas, ni los porros, ni el LSD, ni el crack, ni el peyote, ni el alcohol, ni siquiera las telenovelas, ninguna droga, le proporcionaba alivio, sólo momentáneos estados de falso bienestar, ¡Se iban tan pronto los efectos placenteros, carajo!         
     
     Sus incontables hijos le eran tan ajenos, eran el producto colateral de su oficio, y claro, de su fe, mal concebida, pues sí, mal encausada, pues también; hija de sus circunstancias particulares, como todo el mundo, atrapada en su psique dañada, también como la mayoría de la gente, y que no tuvo la habilidad de contrastar y observar lo que ahí siempre ha estado, tan cerca, tan a la mano, en su interior. Ese domingo tomó la decisión, se dirigió muy temprano antes del alba, a la vieja casa de madera, semi vacía ahora, que conservaba como el ancla de su pasado, puso a calentar en la estufa un poco de agua en un desfigurado y abollado recipiente de peltre, luego le añadió hojas de té, del mismo que su madre tomaba; abrió una portezuela que asemejaba una vista realzada falsa del viejo mueble de madera empotrado, del escondite sacó una bolsa de papel vetusta y arrugada, dentro, un pequeño frasco con una sustancia ligeramente viscosa, vertió dieciséis gotas del líquido en la taza donde se había servido el té, el doble que alguna vez utilizó para aliviar a su madre de su atormentada, ignorante y vacía vida; esperó a que el té se enfriara lo suficiente para tomarlo, lo bebió de un jalón, como un “caballito” de tequila; se apoyó en la mesa con la mano derecha y el brazo recto pegado a su cuerpo, su pierna derecha ligeramente flexionada, su mano izquierda la posó en su cintura,  formando un espacio triangular sugestivo entre el brazo y su delineado costado, esbozó una media sonrisa y se mantuvo así, como diva que era, por unos momentos, esperando al fotógrafo imaginario que le tomaría  la última instantánea de su vida. 
    
     Los primeros rayos del sol se insinuaban por la ventana que le quedaba de fondo; el quinqué, con su amarillenta y mortecina luz, le daba un tono fantasmagórico a la escena completa; de pronto, la puerta de la entrada de la estropeada casa se abrió, distante de la cocina por varios metros, por ahí ingresó un ojo cubierto de nubes, el dueño de ese ojo, un hombre  o lo que quedaba de él, dio dos pasos cojeando con dificultad tratando de distinguir lo que escasamente lograba ver desde su posición hacia la cocina: ¿y esa figura? ¿es una persona? ¿era Martina lo que estaba ahí? ¿era un ensueño y sólo lo imaginaba? 
     
    Martina, en ese momento, desdibujó su media sonrisa, una mueca de asco marcaba ahora su cara: última, mala e infame aparición reconocida que se llevó a la tumba, regalo final de Dios, su Dios. Martina se desplomó con estilo, suave y cinematográficamente, como un fardo de plumas, pero era para ya no levantarse más. “El Bizco Sánchez”, a quien se creía fuera de este mundo y que más bien en esta condición le quedaba mejor que lo llamaran “El tuerto Sánchez”, “El cojo Sánchez” o “El sordo Sánchez” o quizá todos esos sobrenombres a la vez, con el Sánchez al final, claro, se quedó ahí, estático, tratando de comprender que estaba sucediendo, la luz del quinqué se apagaba lentamente añadiendo trazas de humo a la escena, mientras las tinieblas inundaban el maltratado corazón de Martina, y quizá, el de otros.         


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