Quizá unos no son agradables, ya que los hay de todos los sabores y matices, unos los traemos en la subconsciencia, difíciles de digerir y regularmente, de comprender, otros los tenemos presentes en la consciencia, y nos remontan a acontecimientos de alta resonancia, y que en su ejecución, nos provocaron un movimiento de los sentidos, una revolución de todos nuestros órganos, un temblor en la totalidad molecular, desde los dedos de los pies hasta la punta del cabello mas largo en nuestra cabeza.
No sabíamos qué seguía, a los quince años la concepción del mundo es limitada, al menos para aquellos que no hemos vivido en un país en guerra o en conflicto o más aún, que no hemos pasado por un hecho de suma violencia en la niñez, en donde la maduración, en este caso como en toda zona más caliente, es tan veloz que la ingenuidad deja de existir, brincando esa estadía para irse directo a la adultez feroz y defectuosa, sin el equipaje completo con la violencia enquistada muy dentro. Pero siempre hay un resquicio por ahí en nuestra psique que nos coloca en la búsqueda y conquista de las áreas puras, de ese oleaje que nos hace falta para seguir cuerdos, para respirar, para humanizarnos y recrear la esperanza.
Sin duda, experimentar es la mejor forma de adquirir conocimiento, de integrarlo a nuestro paquete y de decir: lo aprendí, lo hice.
Claro que no necesitamos experimentar todo, hay experiencias que nos lastimarían y nos destruirían, todo está en equilibrar el sentido de lo que somos y de la senda por la que transitamos, con una dirección de lo mejor para nosotros sin menoscabar a los otros, como hace referencia en lo que dicen que dijo B. Juárez.
En ocasiones olvidamos que no sabíamos y que tuvimos un inicio, menospreciamos a la persona -desde antes de salir del útero ya somos una persona- que recién lo descubre y ponemos nuestra cara de adulto experimentado, se nos va la mano, acabamos en la soberbia y la interacción con el otro se descompone, se deteriora, se termina la comunicación sana, y las brechas generacionales se acentúan y luego no sabemos qué hacer. ¿Qué carajos dice éste?
Además de los rincones mentales, existe el lugar físico, con su temperatura y circunstancia en donde pasó el hecho, el rincón en donde lo experimentamos, sitio que en la mayoría de los casos, no escogemos, sino que surge de forma espontánea y natural, ciertamente nos toma desprevenidos, con la guardia baja (si se puede tener guardia a los 15 años).
Ya desde los trece, algunos antes y otros después, las formas femeninas nos empiezan a inquietar, iniciamos a sentir algo que no sabemos exactamente de dónde proviene pero que nos empuja a buscar la visualización, la compañía -bastante aniñada por nuestra parte- del sexo opuesto. Ellas, a la misma edad, nos rebasan en intereses, nos aventajan en el paso a la pubertad, de calle, como la naturaleza lo dicta.
Vistos atrás, en ese tiempo, somos los niños aún tan niños, torpes en los acercamientos, afirmándonos masculinamente -hay quién escoge otras opciones, como todo- pero con una ignorancia soterrada en esa primigenia imagen del hombre que algún día seremos, que ahora nos mueve a risa pero que en su momento era algo que había que tomar muy en serio.
Esa mañana -a los trece años- en que pensamos que nos habíamos orinado ¡a nuestra edad! y donde descubrimos que el sueño que tuvimos fue el disparador de esa humedad gratificante y extraña que no se parecía a la orina y que originalmente creímos; corríamos al baño a averiguar qué había pasado, qué enfermedad habíamos pescado ¿Y qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos para que nadie se entere? No hubo aviso.
Luego vamos averiguando, consultando y encontramos que hay una parte que crece y que decrece -apéndice más notoria entre los niños-, a veces sin una causa aparente pero con una dosis frecuente siempre de placer y que es normal. La naturaleza y el instinto.
Con el paso de los meses y gracias a la experiencia, tenemos ya dominado el tema, aprendemos a manejar la situación, inclusive a provocarla, aunque el sobresalto del sueño húmedo siempre te toma por sorpresa y si se alcanza a despertar antes y llegar al baño es un alivio, nada qué lavar subrepticiamente -a escondidas- ¡uf!.
Una plaza llena de vegetación, formando un cuadrado alrededor de las cuatro calles que la bordean; bardas chaparras de roca y ladrillo, maceteros integrados al conjunto; pisos de adoquín; desniveles con escalones y corredores amplios; algunos flamboyanes con sus flores vivas anaranjadas y sus pequeñas vainas semilleras; otros árboles con hojas enormes y otros con unas pequeñitas; una palmera espigada y alta aquí y otra allá; un verde grato a la vista, áreas sombreadas que inducen frescores.
Al centro de la plaza se encuentra una unidad médica de socorro, paredes en blanco rodeando el circuito en donde contrasta la cruz bermeja.
Aquí en este lugar regularmente tranquilo, con mis quince (que parecían once) y con los trece de ella (que parecían dieciocho) nos reunimos una tarde que muy pronto se convirtió en noche pero ¿A quién le importaba?
Las luces de las luminarias, repartidas en toda el área eran insuficientes para destacar claramente todo lo inmóvil, y lo que no lo era pero que lo asemejaba. Sitio justo para una plática bajita, casi susurrada, de esas de enamorados. Ocasionalmente se podía observar un movimiento suave, una silueta o el caminar de dos paseantes. Todo a punto para el sosiego aunque el corazón latiera más allá de lo acostumbrado y sin mover el cuerpo un ápice, combinación hormonal con la mente y el entorno a modo.
Entrelazados en un abrazo un tanto nervioso, desacostumbrado a tener a alguien tan cerca, junto, pegado y que además, te gusta.
Qué decir del estómago ¿Estaría ahí en su lugar, no se había movido? sí, cambiaba de posición, pero no preocupaba tanto como los dientes o mejor dicho, la mandíbula ansiosa, eso de castañear en un ambiente tan cálido distraía la intención.
¿Cómo es esto, qué se hace con la lengua? ¿y la saliva? ¿y si la muerdo? ¿es de lado, a su izquierda o a la mía? ¿cuánto dura? ¿respiro o me contengo? ¿cierro los ojos o no? ¿qué se hace con la nariz? en los filmes parece tan fácil, pero ya aquí, en directo, de verdad, es diferente, al ver las películas uno está tranquilo y desapegado.
Además cuando ella tiene la ventaja y ya no es una actividad totalmente nueva en su experiencia, como que la presión de no “regar el tepache” se incrementa. Uno pensaría que la cosa va precisamente como en los filmes, en donde los enamorados principiantes lo hacen naturalmente como si lo supieran, nada más alejado de la realidad.
Es como todo lo que aprendemos, primero lo hacemos torpemente, cuando dimos los primeros pasos o nos subimos a una bicicleta, seguro nos caímos muchas veces. Así, con el ánimo de aprender y de aprender bien, accioné.
Aliento con aliento sólo faltaba cerrar la delgada brecha, y ahí vamos. Aunque ese primer intento casi termina en un despotillado de dientes, un choque serio entre dos marfiles de diferente dueño, tomé nuevos bríos y atendí los concejos pacientes de la maestra que tenía enfrente, y ya esta segunda vez estuvo mucho mejor.
Mi primer beso real, me transportó a no sé qué lugar y se fijó en mi memoria. En perspectiva, fue más fácil que caminar o andar en bicicleta, aunque seguí la práctica (y sigo) para ir mejorando. Después vinieron otros descubrimientos, otros despertares, pero la fuerza de éste, ha permanecido en un rincón al lado de una cruz simétrica y colorada...
¿Alguien tirará la primera piedra?
fonbòs
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