“…los buenos comediantes nos dan todo al placer que de su arte se puede conseguir, apareciendo vestidos de diario y con traza corriente, mientras los aprendices y los que no son de tan altas escuelas necesitan disfrazarse, enharinarse la cara y deshacerse en furiosos gestos para lograr que riamos.”
Michel Eyquem de Montaigne/1580
Como digo, andaba por “La Macro”. Observé a un grupo que se arremolinaba circularmente a algo o a alguien, pronto descubrí de qué se trataba. Un par de tipos representaba una discusión alegórica y de hechos intrascendentes intentando hacerlos jocosos por medio de un lenguaje soez, utilizando palabras floridas sin ton ni son, más bien, torciendo el diálogo y la situación para utilizar tal lenguaje, que siendo no natural (haciéndolo de esta forma), se convertía en una punzante palabrería vulgar para intentar obtener la diversión del público a su alrededor, quizá pensando conseguirlo por el sólo hecho de gritarla con fuerza. Chistes cansados buscadores de la imaginería del doble sentido, del repetitivo personaje amariconado y del payaso sin muchos recursos, todo ello, desnudando el sentido del “chiste”, así, sin dejar nada a la imaginación, digerido, a fin de cuentas, muerto desde su inicio. “Vamos a llamarnos cacahuate, tú eres caca y yo huate” y por el estilo. Lo interesante es que el público que ahí estaba, reía con cada nadería o con cada gesto amanerado o con cada enviada entre ambos a ese lugar incierto, mítico y posiblemente muy alejado del que todos hemos oído hablar (hemos y nos han enviado) o con cada “te voy a meter quién sabe qué por quién sabe dónde” y otras circunstancias afines . La gente seguía ahí, en la rueda, disfrutando del “espectáculo”.
No quiero parecer pusilánime, el lenguaje ahí está, para ser utilizado, en todos sus grados y variantes, hay comediantes que hablan, si se puede decir, peor que estos dos tipos de referencia en la vía pública, sin embargo son excelentes rompedores del discurso y lo voltean con naturalidad, con lo que diríamos que todo tiene su contexto, sin excepción la comedia o el disparate y quien lo desconoce cae en la vulgaridad sin remedio, como yo lo hice hace algunos años, queriendo parecer “realista” y divertido en un relato que no era mío y que transcribí pésimamente, utilicé de la misma forma, el lenguaje arrabalero en aras de alcanzar cierto folklorismo y sentido de verdad para darme cuenta, con el susodicho escrito, que se alejaba de precisamente lo que pretendía, el poseedor de la anécdota me lo hizo saber claramente, la hoja conteniendo el “texto” fue rota despiadadamente por él y tirada a la basura sin mayores preámbulos, admito que tal vulgaridad de composición y yo mismo, nos lo merecimos.
Somos muy simples en esta región, buena parte de la población tiene un nulo sentido crítico y se conforma con el grito y sombrerazo de la calle y de la televisión abierta que no implica, por ser gratuitas, tener que seguirlas. Los programas de la tarde en la televisión van por el rumbo siniestro de un contenido vacío de creatividad: las botargas brincadoras de voces como de doblaje aniñado, clásicas en películas de los 70’s; los personajes de chicas con falditas y colores centelleantes de moralidad infalible, sonrisa perenne y concejos bobos; los muchachos jóvenes que se visten igual, hablan igual y al parecer, padecen de los mismos tics y enfermedad nerviosa; los tipos fornidos que se la pasan cotilleando y quieren pasar por divos o seres candentes e irresistiblemente simpáticos; los conductores, o bueno, llamados así, que se la pasan de un lado a otro del estudio tratando de crear un ambiente festivo emitiendo una verborrea con el sólo objetivo de no tener objetivo, ¿Dónde están los guiones?, tal parece que no existen. Y esto es la barra de la tarde y esta es la televisión que mucha gente ve, incluyendo a los niños.
Me acordé de un reciente cartón de Patricio, al que considero un excelente caricaturista: un tipo, con la infaltable barriga y gesto de “más sin embargo” o dicho de otro modo, de tedio, está viendo la televisión apoltronado en su sillón y a un lado, una mesita con un frasco lleno de líquido conteniendo su cerebro. Eso es lo que regularmente sucede cuando nos enchufamos al televisor o a la tablet o al teléfono celular o a la computadora; dejamos de pensar y colocamos el cerebro a un lado. Si todo sigue igual, la gente, parte de ella, seguirá haciendo un círculo, riéndose ante lo que tengan enfrente sin importar mucho el sentido de lo que expongan, total, se mueven y parecen graciosos.
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