domingo, 13 de enero de 2013

Carnaval / relato


    Estamos en invierno, aunque a decir verdad la temporada ya parece alejarse, tenemos días que más que primaverales, que serían los de la siguiente estación, son ya propios del verano. Vivir a nivel del mar con escasas y ligeras elevaciones de terreno, circundados por anchos ríos y lagunas extensas, por debajo de la línea del trópico de Capricornio y con las corrientes cálidas del Golfo de México formando un conjunto, nos provee  de un clima subtropical en donde la estación fría es suavizada ya para estas fechas de febrero, salvo por los vientos llamados “nortes” que de vez en cuando nos llegan por sorpresa, cuando lo hacen regularmente vienen acompañados por una nubosidad cerrada y gris, cae una lluvia ligera pero constante que combinada con el viento cala los huesos, húmeda, persistente. A veces ha pasado que no vemos el sol durante muchos días, en ocasiones el manto nuboso y la lluvia ligera pero incesante, se mantienen por una o varias semanas, luz lánguida y mojada que no seca la ropa y constriñe el corazón.

    Pero hoy el cielo está despejado en su mayor parte y no se anuncia visita del tiempo frío durante la semana, el día está caliente, se siente un ambiente de cierta permisividad, estamos en días de carnaval y pronto llegará el miércoles de ceniza seguido de la cuaresma, la abstinencia y el resguardo para dar paso después de esos 40 días a la resurrección. Manuel aún no lo sabe, será un día difícil, se topará con cierta fuerza demoníaca dentro de un juego que se supondría divertido e inocente, su último carnaval juvenil de esta forma y en plena Plaza de Armas.

La plaza central es bulliciosa desde temprano, cuadrada en su geometría de 100 varas castellanas por lado como se definió originalmente en abril de 1823 cuando se trazó la naciente  ciudad, esa quinta vez fue la vencida. Durante la mañana por ella deambulan variados conjuntos de caminantes en dúos, tríos, cuartetos, algunos quintetos, escasamente sextetos y raramente algún septeto. Hay por supuesto, los solistas en este concierto, aquellos que apuradamente cruzan la plaza para llegar a tiempo a donde tienen que hacerlo, tipos con maletines y periódicos bajo el brazo, algunas damas con improvisadas colas de caballo en sus cabellos matutinos llevando doblada cuidadosamente en su mano izquierda la bolsa de malla para el mandado y en la otra su monedero, jóvenes con sus sobrios uniformes de trabajo azul marino o gris de esos con falda cuatro dedos debajo de la rodilla y chalequillo o sin él, con una blusa lisa blanca o crema, zapatillas cerradas de tacón discreto, chicas de Sears, Woolworth,  Del Centro o Las Novedades, las tiendas comerciales “grandes” de la zona; chicos con sus pulcros uniformes dirigiéndose a las escuelas, cruzando la plaza para tomar en la esquina de E. Carranza y Olmos el autobús “azul” de la ruta que los llevará a su destino, llevan en su mano las monedas que echarán en el ánfora para cubrir su pasaje; otros estudiantes arribando de diferentes puntos para asistir a sus cursos comerciales o preparatorios en las escuelas de ésta la zona céntrica, como la Cervantes, por ejemplo; el centro, una área  viva y en movimiento.

Varios transeúntes hacen escala y beben su desayuno sin pausa, su chocomilk o su malteada de mango, de melón, de plátano, de papaya, de fresa, ahí en sendos cafés y refresquerías sin ventanas, con sus pesadas mesas y sillas de herrería con bases y asientos circulares marmóreos, La Victoria o el el Globito, cada uno  exactamente en esquinas diagonalmente contrarias de la plaza. Se ven llegar personas al recinto del Ayuntamiento, frente a la plaza por la calle Cristóbal Colón, las escalinatas de granito de tono rosado como un imán los van atrayendo, ahí está la biblioteca municipal, el despacho del alcalde, salas del cabildo, las oficinas de Tránsito y Vialidad y otras dependencias del gobierno de la ciudad.

Por otro costado también frente a la plaza, dos ancianas con faldas obscuras, blusas estampadas con grandes flores, medias gruesas de nylon color “carne” y bolsos negros de charol, se colocan un pañuelo blanco sobre su cabeza y se disponen a ingresar al templo, a la iglesia catedral situada en Emilio Carranza. En una de sus dos torres campanarios, en la de la derecha viéndola de frente, se integra el reloj inglés donado por Ángel Sainz Trápaga en 1879, las torres están separadas por el frontispicio triangular con los detalles e imágenes en mosaico estilo bizantino de José Ruiz Diez hecho en 1968, bajo este frontón se encuentran las tres puertas que forman la entrada principal; iglesia en donde ofició  Ernesto Corripio antes de ser nombrado Cardenal. En el interior y bajo la gran cúpula que remata el recinto han llegado ambas ancianas, atravesando la iglesia a lo largo del pasillo central pisando en su andar los mosaicos con dibujos de cruces esvásticas dextrógiras
y que nada tienen que ver, aunque son iguales, con las que utilizó el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei NSDAP y que las convirtió en impopulares para siempre; ahí frente al altar de mármol de Carrara de los hermanos Biagi dedicado a la Inmaculada Concepción, se persignan con una inclinación haciendo las cruces, después de algunas oraciones breves pasan a una de las bancas, cada una con su rosario en mano.

El puerto rebosa de actividad y de lenguas, para el lado oriente y al sur de la Plaza de Armas, en esas entrecalles, se encuentra el corazón del comercio, farmacias como El Fénix, zapaterías antiquísimas como la Walk-Over, tiendas de ropa y calzado para caballero como la Casa Manzur o de ropa en general con tono juvenil como Melik, panaderías como La Espiga a un lado del café La Elite, centro de reunión y conversación de comerciantes y políticos, con su servicio de venta de helados al frente,  a unas cuadras la joyería Casa Moral con sus escaparates de relojes inalcanzables, De Llano sitio obligado para el revelado e impresión de fotografías, por ahí en la calle E. Carranza el hotel que tuvo su gloria y su buena época y que lleva el nombre del puerto, el Café Mundo y sus famosos y exquisitos panes hojaldrados de mantequilla frente al edificio Águila de los petroleros. No es difícil escuchar por estas calles sonidos ininteligibles de personas con aspecto de extranjeros, hablando en idiomas cuyos vocablos, a veces, te suenan familiares pero combinados en maneras diferentes de los que no entiendes nada, después te enteras que hablaban en griego, otros lo hacen en noruego o danés o en otra lengua fonéticamente muy distinta a la tuya. Son marinos que pasean con la resaca de la obscuridad  anterior en el rostro, en espera de que su barco sea cargado o descargado y aprovisionado para seguir su viaje. 
 
    A dos cuadras hacia el sureste de la Plaza de Armas se encuentra su plaza hermana, delimitada y nacida en el mismo año, la Plaza de la Libertad y su derredor de fachadas y edificaciones del siglo XIX, convertidas en comercios, bancos, cafés, hostales. Siguiendo más hacia el sur por la calle Juárez el camino se inclina notablemente, en ese empinado tramo vemos la banqueta convertida en vendimia, puestos de madera ofreciendo aquellos souvenirs de caracoles y pequeñas conchas marinas, para luego llegar a la zona más baja y plana, hacia la derecha, los  mercados, a la izquierda, lo que queda de la plaza de las hijas del puerto.  
 
    Topamos con la zona franca y fiscal, a un lado la capitanía y al otro el viejo edificio inglés de la aduana hecho de ladrillo rojo, pedido por catálogo y armado en el sitio, como un rompecabezas, inaugurado en 1902 por Porfirio Díaz. Los grandes buques mercantes atracados en el río se muestran impasibles con sus enormes anclas arriba, con sus distintas banderas sobresaliendo en sus popas, toneladas de hierro flotantes, mientras a lo largo del muelle un ejército de alijadores estiba aquí o allá, moviendo las cargas en una perfecta sintonía con las grúas, carros de vías, carros montacargas, patines hidráulicos, los prácticos en sus embarcaciones diesel robustas  haciendo lo suyo, empujando, girando y ajustando la dirección de los enormes barcos sobre el canal de navegación de la inmensa masa de agua que es el Pánuco. Acciones concertadas de la actividad marina.

Manuel vive en esta ciudad porteña, estudia su segundo año en la Escuela Secundaria No. 2, en el sector llamado “Colonias”,  al poniente de la zona centro; sentado en su pupitre espera el aviso del timbre que finaliza la última clase del día la cual desearía que no terminara, es Historia con la maestra Tovar. Disfruta la materia, sobre todo la forma apasionada y tan cercana como la hace sentir esa profesora, la historia humanizada; casi puede oler esa gruesa tortilla que la habitante del Valle de México prepara junto al fuego, el humeante olor del atole, también del maíz, que flota por esa habitación de piso de tierra, la cultura de los antiguos, sus ceremonias, sus creencias, las palabras como las del más grande tlatoani y poeta de Texcoco respetado y admirado por su pueblo y los poderosos vecinos aliados del ombligo de la luna sobre ese islote artificial que luego se hizo inmenso así como su devenir en Huitzilopochtli y su triste caída. Siente la misma comezón que la que sintió Carlota cuando llegó a Veracruz y los mosquitos se saciaron con esa extraña sangre de sabor nuevo, el calor tropical agobiante y los continuos sobresaltos a su europeo y delicado estómago que fueron comunes, mientras Maximiliano, hecho de lo mismo pero más curtido en estos asuntos, se mostraba impertérrito ante cualquier adversidad de este tipo, incluyendo la que ya traía dentro. 
 
Puestos así, los personajes, los paisajes, los climas, las regiones, los actos de la historia cobraban vida real, fascinante para el deleite de una alma joven. Manuel lo disfrutaba por eso hubiera querido que esa clase que esperaba con impaciencia se extendiera pero traía otros planes para la tarde y fin de ese día.

  Camino a casa en uno de esos camiones urbanos llamados azules, que no lo eran tanto,  el griterío de los muchachos de la secundaria que casi eran la totalidad de los pasajeros, azote de los nervios más templados de los conductores, no parecía perturbar a Manuel quien seguía pensando en el fusilamiento del señor de Habsburgo junto con los conservadores Miramón y Mejía, en la suerte de Carlota que vivió atravesando el siglo XIX, en la lejanía de su castillo de Miramar, sin mosquitos, sin calor, sin picante, perdida en sus recovecos mentales trastornados en donde todas las súplicas fueron vanas. 
 
    Media cuadra antes de la esquina, Manuel jaló el cordón del timbre del autobús de cofre frontal como trompa descarada, para anunciar que llegaba a su destino. Ya sobre la acera, se desplazó las dos cuadras habituales que recorría para llegar al lugar en el que vivía con su familia, antes, se detuvo en la miscelánea de Doña Guille, compró un pastelillo envuelto en celofán -para el postre- se dijo a sí mismo, cruzó la calle y se metió al edificio Mercedes.

Contó una y otra vez las hileras de huevos rellenos con confeti y harina, dispuestos en su empaque original de cartón aglomerado. Durante la semana anterior estuvo recolectando los cascarones cada vez que su madre los utilizaba para cocinar, los rompía de la parte superior haciendo un pequeño orificio, sacaba su contenido en un plato hondo para luego lavarlos con delicadeza y ponerlos a secar. Luego los fue rellenando: un poco de confeti de colores, un poco de harina, un poco de confeti de nuevo, un poco de harina, hasta dejar un espacio suficiente para una mejor expansión de los elementos al estrellar el huevo relleno en la cabeza de algún “enemigo” o donde fuera. Finalmente los sellaba con un trozo de papel vistoso utilizando un poco de resistol blanco 850 cubriendo el orificio, listo, las “granadas” quedaban a punto, tenía las dieciocho que pensó, eran suficientes.

Era ya la tarde con el sol a un costado pero aún alto cuando Manuel salió del edificio atravesando la calle Carpintero, la hora del baloncesto. Cruzó luego la de Olmos y en la esquina dobló por Tamaulipas hacia el oriente. Llegó a Aduana y no se detuvo hasta llegar a la puerta de la casa de Víctor, uno de sus amigos habituales. Víctor veía la televisión, Manuel se unió a la contemplación y terminaron de ver el programa de la serie japonesa “Monstruos del Espacio” con las consabidas triquiñuelas del malvado Rodak y sus esclavos los Lugones, cubiertos de una malla negra de la cabeza a los pies incluyendo la cara,  para apoderarse y destruir la Tierra, esta vez la situación era bastante difícil, los villanos hacían de las suyas, un destructivo monstruo de inmenso poder que emitía rayos por los ojos y que recuerda a Godzila, se sumaba a decenas de Lugones listos a desaparecer en forma de gelatina cuando los héroes los alcanzaran con sus poderosas armas; Niko testigo de este ataque, tuvo que dar un pitido -con el silbato que el mismo Goldar le entregó- para Gam, dos para Silvar y tres para Goldar, en este capítulo, toda la familia transformer, que prestos y despegando desde dentro del volcán activo en donde vivían, llegaron en su forma voladora de naves-cohete a defender a los humanos desvalidos ante ese poder que los sobrepasaba. Afortunadamente fuimos salvados de nueva cuenta. 
 
Con la tranquilidad de la victoria del bien contra el mal, apagaron el televisor y se dirigieron a casa de Calixto muy cerca de ahí. Llegaron frente a la casa de madera que Manuel la asemejaba con un palafito porque eso es lo que parecía, quizá era una medida para evitar que se inundara con las aguas crecientes en temporada de lluvia, la casa estaba exactamente en la ribera del canal de la Cortadura poco antes de desprenderse de la laguna del Carpintero, este canal va desde ahí,  atravesando parte de la ciudad siguiendo hacia el sur y luego quebrándose al oriente, hasta unirse con el río Pánuco, del que se alimenta.   
Llamaron a Calixto:
–¡eh, Calixto!, vamos a echar una cáscara a la Unidad Deportiva
-Sí, está bien, déjenme aviso a mi mamá
Manuel, Víctor y Calixto se encaminaron por la calle Aduana hacia el Sur topando con el Perimetral, doblaron hacia le derecha. Llegaron a la esquina que el Perimetral hace con la Av. López Mateos frente a la Escuela Náutica Mercante, ambas calles bordean la laguna del Carpintero y se vuelven a unir en el otro extremo completando el perímetro de la laguna.
-Oye Calixto ¿nos vas a acompañar más tarde a la Plaza de Armas?
-No sé mi mamá todavía no me da permiso
-¿cómo que no te ha dado permiso? ¿ya le dijiste? ¿Por qué no me contestas Calixto? ¿ya le dijiste?
-Bueno no, no le he dicho
- ¿y eso? ¿por qué no le has dicho?
-pues porque todavía estoy castigado
_¿castigado? ¿qué hiciste?
-nada
-¿cómo que nada, entonces?
-bueno, ¿te acuerdas que el viernes pasado estuve enfermo y no fui a la secu?
-sí pero ¿ya estás bien no?
-es que no estuve enfermo, me fui a pescar con Pepe a la Puntilla. El sábado mi mamá fue al mercado y lo vio en el puesto de sus papás, el menso le dijo que nos habíamos ido a pescar al río, si antes me dejó salir ahorita.
-híjole Calixto, pues a ver qué le prometes pero tienes que acompañarnos
-pues haré el intento
-¡ya ni la haces Calixto! –dijo Víctor que se había mantenido al margen del diálogo.
-ya Víctor, no le digas nada que lo va a arreglar ¿verdad Calixto?

Calixto no contestó, continuaron caminando en silencio mientras Víctor rebotaba el balón de basket una que otra vez contra la banqueta.
Casi todos los días entre semana iban a jugar por las tardes a la Unidad Deportiva, ahí se le unían otros camaradas de la escuela que venían de otros puntos de la ciudad, Pepe, el delator de la pesca por ejemplo, venía de lo que se conocía como la  Col-Mor, la colonia Morelos, un sector de fama singular y brava, parecida en ello al Cascajal. Muchas de las casas de la Col-Mor, van sobre la margen norte del río Pánuco, corriente arriba pasando el puente llamado de La Puntilla; Juan, otro de los amigos, venía desde un sector de clase media del norponiente, flaco y alto, una espiga, cabellos revueltos y apariencia desgarbada casi siempre dentro del cuadro de honor mensual de la secundaria, contrastaba con Pepe, también alto pero de piel muy morena, ojos inquietos, nariz con amplios orificios, cabello hirsuto pegado al cráneo  y sonrisa afable en cualquier circunstancia y que nunca aparecía en el cuadro de honor; Germán, otro de ellos, se trasladaba de una de las “Colonias”,  por el rumbo de la secundaria, es el más enigmático del cuadro, de piel también muy obscura pero de rasgos de los pueblos del norte de África, nariz fina, ojos negros penetrantes, de esos que parecen ver más allá, un bereber.

El grupo jugaba varias horas en las canchas de basquetbol de esa Unidad Deportiva del municipio, las tierras que pisaban alguna vez fueron parte de la laguna, ahora desecadas y rellenas de escombro y tierra, se había construido una piscina, un gimnasio con cancha interior de duela, en la que soñaban jugar, y algunas otras instalaciones. Cuando llovía torrencialmente la zona de las canchas exteriores se inundaba y había que esperar unos cuantos días de sol para que éste hiciera su trabajo. Iniciaban jugando un “reloj” para calentar, luego venían los “21” con las “retas” regularmente de pares en un solo aro, a veces se completaba un equipo y jugaban un partido en forma contra otros muchachos que ahí llegaban. Hoy no había muchas personas jugando y sólo estaban Manuel, Víctor, Calixto y Germán así que jugaron en un aro, dos contra dos, por un lado Calixto y Víctor y por el otro Germán y Manuel. Juan no había ido en esta ocasión, tampoco Pepe, éste último quizá se sentía un poco avergonzado con Calixto, aún no habían hablado entre ellos para aclarar el asunto, ya tendrían tiempo.
Terminaron de jugar con el sol poniéndose, los cuatro charlaban mientras caminaban de regreso.
-Oye Germán –preguntó Manuel- ¿ya leíste el relato de La hoja azul del libro de español para mañana?
-no, lo leeré por la noche
-está interesante
-yo la lo leí –dijo Víctor- no le entendí nada
-¿cómo que no lo entendiste? –le espetó Manuel
-pues no –respondió Víctor- no sé que dice la hoja esa, la azul que tiró la muchacha francesa ¿se enojó verdad? porque no le hizo caso el gringo, qué tonto.
-es que de eso se trata Víctor, de no saberlo, si lo sabes ya no tiene chiste
-yo no sé –argumento Calixto- ¿por qué el gringo no buscó un diccionario o algo?
-tienes razón Calixto pero si lo hubiera tratado de traducir él mismo y saber qué decía, el cuento ya no sería interesante
-pues sí pero no sé, me parece tonto –dijo Víctor
-¿qué te parece Consuelo, la maestra de Español, está guapa no? –preguntó Víctor pícaramente a Manuel
-pues sí, está guapa ¿y qué con eso?
-¿te gusta no? –siguió Víctor
-a mi me gusta la de Dibujo Técnico –dijo Germán- ¿y a ti Víctor, te gusta tu maestro de Carpintería?
Y con esto terminó la conversación y el tema de los enamoramientos primarios, la cara de Víctor se descompuso en una mueca de enojo junto con una mirada de odio hacia Germán, éste último sosteniéndole con firmeza la actitud, serenamente y sin inmutarse, lo observaba quieto, el reto habría terminado en zafarrancho si no es que Calixto interviene.
-eeh calmado Víctor, aguanta vara, oye ¿ya estás listo para la noche?
Víctor volteó la cabeza, mirando hacia el piso, rebotó el balón con furia en repetidas ocasiones, como al octavo rebote, ya más medido que el primero y recobrando cierta tranquilidad pero aún en tono agresivo, le responde a Calixto:
-¡Sí…, estoy listo!,  ¿ para qué me preguntas si ni siquiera vas a ir?, ¿no estás castigado?
-yo creo que mi mamá sí me va a dejar, hoy anda de buenas, en la mañana le fue muy bien en la venta de las empanadas.

      Llegaron a la esquina de la Escuela Náutica, decidieron continuar recto por la Av. López Mateos que un poco más adelante cambia de nombre por el de César López de Lara, en ese punto Calixto se despidió quedando de acuerdo en verse a eso de las ocho de la noche en la Vitualla. Víctor, Manuel y Germán, cruzaron el puente del canal de la Cortadura, se sentía la tensión entre Víctor y Germán, Manuel venía en medio de ambos. En la calle Tamaulipas dieron vuelta a su derecha, en la esquina de Aduana, Víctor se despidió de Manuel con un breve y apurado –nos vemos al rato- ignorando completamente a Germán. En la esquina de Tamaulipas y Olmos, Germán y Manuel se separaron, el primero, tomó su camión y el segundo recorrió la cuadra hacia el sur por la calle Olmos para llegar a su casa.

Manuel entró al departamento, un olor familiar le empezó a hacer agua la boca, su mamá había preparado la cena, empanadas de picadillo, frijoles refritos y para rematar conchas de La Rosa de la Fe, indeciso no sabia si cenar y luego meterse al baño o al revés, ganó el apetito, se preparó un nescafé con el agua caliente que había en la estufa y se sentó a la mesa con sus hermanos que ya habían iniciado. Al terminar se metió al baño. Estaba listo y aún faltaba una hora para la cita con sus amigos así que, junto a sus hermanos, vio la televisión un rato para pasar el tiempo.

Manuel veía sin ver, su mente regularmente se perdía en pensamientos de lo más diverso, a sus catorce años se sentía, aunque a gusto y a sus anchas, como un extranjero en esa ciudad, se preguntaba si el haber estado viviendo ya en diferentes lugares, tanto en casas como en poblaciones –contaba a esa fecha quince diferentes sitios-, no le habría activado algún programa cerebral que lo hiciera emparentar con los gitanos o con el judío errante ¿acaso a sus hermanos le pasaba lo mismo? o por ser un poco más chicos ¿lo procesaban diferente? ¿sería que lo traía en sus genes? A veces lo pensaba en esa edad temprana ¿en dónde estaba lo que llamaban hogar? No sin antes cavilar profundamente llegaba a la conclusión que el hogar estaba en el sitio en dónde uno estuviera, el origen se encontraba dentro de cada uno, sí, es probable que esto lo pensara como una defensa de su psique pero en ese momento y en esa etapa, era el mejor pensamiento que podía tener y quizá el acertado.

    En estos años de los setenta, el carnaval en el puerto había dejado de ser lo que fue, la  celebración poco a poco había ido disminuyendo su esplendor de antaño, considerado uno de los mejores carnavales del país por muchos años, famoso inclusive en el extranjero,  el brillo de sus carros alegóricos, sus comparsas, sus bailes y su tradición poco representaban ahora lo que en origen se pretendía, la calidez y esplendor habían sido tomadas por la monotonía de un festival que se tenía que llevar a cabo, algo que había que hacer porque así se había hecho antes. El espíritu se había estado apagando, transformándose en una rutina comercial fría, sin vida. Manuel no lo tenía claro aún a pesar de ciertas noticias negativas publicadas en los últimos años de estos eventos en la ciudad y que habían incidido en una baja de su  popularidad, quizá porque de los diarios lo que le interesaba eran las tiras cómicas de los domingos y las últimas notas de la temporada de béisbol que iniciaría el próximo mes, se hacía ya en la Isleta Pérez con su hermano viendo a los Alijadores y a Héctor Espino enviando la pelota al río o a Joe Pactwa ponchando a los rivales uno tras otro o los maravillosos salvamentos del relevista Pancho Maytorena, dirigidos por el Papelero Valenzuela, así que, ignoraba mucho de lo que estuviera fuera de estos asuntos, en los periódicos, en la televisión o en su ámbito de las conversaciones habituales.

    Faltaban unos quince minutos para que dieran las ocho de la noche, Manuel salió de su casa con los pertrechos de combate y con la advertencia de su madre de no regresar más allá de las nueve y treinta –mañana hay clases y quiero que te duermas temprano- le dijo antes de dejar el departamento. Aún no daban las ocho y Manuel esperaba a sus amigos en la esquina de la Vitualla, tienda de abarrotes proveedora del barrio. El tráfico de pedestres era incesante, no se veían muchos autos aquí, el municipio había cerrado algunas calles principales del primer cuadro para dar paso al desfile de carros alegóricos y comparsas. Víctor llegó pasadas las ocho, sólo faltaba Calixto. Ya daban las ocho y treinta y Calixto no aparecía, con todo y que a su mamá le había ido muy bien esa mañana con la venta de empanadas aparentemente no fue suficiente para levantar el castigo que tenía impuesto, Manuel y Víctor decidieron irse sin él y se encaminaron a la Plaza de Armas.

    La Plaza estaba llena, mucha gente se congregaba en el borde frente al palacio municipal, por ahí pasaba el desfile, Manuel y Víctor estuvieron un momento ahí, se trasladaron al centro de la plaza y se sentaron en una banca de las que están alrededor del quiosco para irse ambientando. No había pasado un minuto cuando Víctor recibió el rompimiento de un huevo lleno de confeti en su cabeza, por la parte de atrás se había deslizado un muchacho sigilosamente y escogió la crisma más próxima para estrellarlo, la del cabello rizado de Víctor.            
    Ese fue el inicio de la actividad para la que habían asistido, así que ¡a ello! Llevaban ya un rato dando y recibiendo huevazos, algunos como los de Manuel y Víctor contenían confeti más harina, otros, sólo uno de los dos elementos, pero otros más eran huevos reales, hasta ese momento esos reales los habían sorteado. Manuel había utilizado apenas seis de los dieciocho huevos preparados que llevaba, se encontraba en persecución de un chico de pantalones cortos a la rodilla y camisa de cuadros color naranja cuando pasó lo siguiente:
“Perseguía a ese muchacho flacucho y de mi misma estatura, ¡caray, era veloz! de pronto hizo un quiebre y cambió de dirección quedando fuera de mi alcance, se me escapó esta vez. 
     
    Me detuve exhausto por la prolongada persecución sin éxito tomando aire por nariz y boca, me di la vuelta y fue cuando recibí de súbito, un puñado de lo que pensé era harina, no supe ni quién me la arrojó en plena cara, con la boca abierta al igual que los ojos, sentí que me había llegado hasta los pulmones, lo más acuciante fue que no podía respirar, por más que intentaba jalar aire, éste no pasaba por mi garganta, me estaba asfixiando. Como un reflejo de supervivencia empecé a toser, tosí como nunca lo había hecho carraspeando mi garganta fuertemente con movimientos enérgicos de laringe, esófago y vientre, esto me hizo liberar un pequeño canal que me permitió llevar oxígeno a mis pulmones poco a poco y que impidió, al sentir desvanecerme, que cayera desmallado, primero no veía nada, mis ojos al igual que mi boca y garganta me ardían terriblemente, entonces me di cuenta ¡pero qué desgraciado, por qué éste imbécil está utilizando cal!  Eso es ser o muy ignorante o muy hijo de puta, o ambos. 
 
    Casi a tientas y cubriéndome lo más que podía –los huevazos y harinazos seguían- busqué una llave de agua, de aquellas que distribuidas en los jardines, utilizan para el riego, afortunadamente y por mero instinto encontré una. Hice cientos de gárgaras, tragué un tanto, me lavé la cara y los ojos abundantemente por un espacio eterno, de inicio continuaba sin ver, luego, lentamente me vinieron imágenes y siluetas corriendo de aquí para allá, entidades borrosas, luces fantasmagóricas, pensé en lo peor por un instante. Ahí me mantuve, agazapado a un lado de los arbustos mientras recobraba la calma, el aliento y la visión. No supe en dónde había quedado Víctor, quizá se había ido a casa, el caso es que ya no lo vi. 
 
    Habiéndome recuperado lo suficiente, me levanté, con los ojos entrecerrados por el ardor y con paso rápido pero sin correr, atravesé la plaza en dirección norte. Quizá fue mi actitud pero nadie se acercó a mi ni me molestó durante el trayecto. Con la visión desmerecida empecé a ver cosas que antes no había notado, como si mi consciencia de pronto hubiera sido abierta: vi grupos de individuos tomando bebidas alcohólicas en algunas bancas, muchos se habían quitado la camisa y andaban con el torso desnudo; otros vociferaban leperadas sin sentido buscando camorra con quien tuvieran cerca; observé como un tipo, con mirada torva, le daba una nalgada a una muchacha, su acompañante abrazada a ella, volteaba con un rictus de impotencia apurando el paso para escapar de esa bestia alterada por quién sabe qué droga; noté que los grupos familiares estaban ausentes y que las mujeres eran escasas; era como estar en una gran cantina con todos los parroquianos bebidos y embrutecidos hasta el límite, lo peor de los hombres estaba aquí; un grupo de australopitecos enloquecidos perseguía a una mujer que quizá por error se acercó a esta zona central, llevaba el vestido hecho jirones, tropezó y en el piso terminaron de desnudarla, le arrancaron toda la ropa, cuando todo parecía que aquello terminaría en una violación masiva, la mujer sacó fuerzas de no sé dónde, se levantó, se soltó de uno que le sujetaba del brazo  y corrió introduciéndose en la casa de una persona que abría la puerta, quien de un empellón la cerró, un salvador. 
 
    Como si nada hubiera pasado, la turba se retiró a otro lugar para continuar haciendo sus felonías; si seguimos a Dante, este era su mundo más bajo o quizá sólo era Sodoma.

    Manuel como pudo llegó a su casa, se quedó mucho rato en las escaleras obscuras de la parte baja del edificio esperando que todos se fueran a la cama, más tarde entró sigilosamente, caminando de puntillas se metió al baño y se vio ante el pequeño espejo de encima del lavabo, se lavó de nuevo abundantemente los ojos  enrojecidos y la cara, igual de sigiloso se dirigió a la recamara, antes escuchó a su madre decir desde su habitación -¿cómo te fue? ¿todo bien?-, -sí mamá, todo bien, buenas noches-.
 
No todo estaba bien, Manuel cerró los ojos, las lágrimas mojaban su almohada, algo se había roto en su joven consciencia y supo desde ese instante que éste había sido su último carnaval.     

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