Julio 16, 2007
Los que mueren son los demás, a los que les pasan los accidentes
automovilísticos o de otra clase, los que sufren ataques en las calles, los que
se suicidan, a los que violan y ultrajan, a los que asaltan, es a los otros, no
a nosotros; cuando nos sucede un acontecimiento de cualquier índole de este
tipo y que primariamente llamamos desgracia –la gracia nos abandona en
momentos-, nos damos cuenta que esos otros, esos demás, somos nosotros mismos
reflejados. Estamos tan acostumbrados a ver estos hechos de desgracia en los medios
–principalmente en la tv y en los diarios-, que nos habituamos a ellos como
historias que le pasan a la gente, a otra gente.
Tan es cierto que la televisión entretiene como que también nos expone al
alejamiento de la realidad inmediata, esto es, virtualiza lo que nuestros
sentidos nos permiten observar comúnmente y lo convierte en situación corriente
siguiendo un formato, un guión. Exposiciones recurrentes, en competencia feroz
por conseguir la nota y que ésta cause el mayor impacto, van minando nuestra
sensibilidad. Hablar de que murieron ochenta y nueve personas en tal o cual
acontecimiento tiene el mismo impacto que decir que fueron setescientos treinta
y cinco individuos, personas anónimas convertidas en estadísticas. Pero ¿qué
sucede si se difunde la muerte de un personaje conocido, famoso por sus
películas, por las canciones que interpretaba, por la figura que representaba,
hecho a medida, creado por los medios? el mundo se cae momentáneamente para mucha
gente, hay duelo nacional, fiestas, discursos y despedidas, llanto por la
partida de una persona –por supuesto también negocio y rating-, cuando en
contraste, por la mañana nos enteramos de que murieron cientos en un accidente
de ferrocarril y sólo nos causó un “que feo, que horrible” como muletilla
obligada, saciamos nuestro interés que toma la forma de morbo y continuamos
viendo la programación del canal normalmente.
Pareciera irónico, pero no lo es. Ese charro cantor, esa mujer del
pueblo con huipil sufrida y abnegada, ese hombre recio, cowboy en otras latitudes,
ese personaje político; es nuestro, pertenece a muestro ámbito cultural, es, a
fuerza de su imagen creada, parte de nuestro mundo conocido, del área de
comodidad en que nos gusta estar. Ahora que se fue –y nos lo hacen saber hasta
el cansancio- partió con él un trozo de nosotros mismos, quizá por ello nos
conmueva más una sola muerte de alguien que conozcamos –aunque tan alejado como
cualquiera- que varias de seres para nosotros de igual forma alejados pero
además, desconocidos, sin referencia. No es que lloremos –quién así lo hace,
muchos por cierto- por el ido sino que lo hacemos por el vacío que nos causa,
por la confrontación de esa parte de la historia que se fue y que la
consideramos íntimamente nuestra y que ya no está aquí.
De la misma manera, cuando un acontecimiento lamentable, una desgracia,
le pasa a alguien que conocemos –directa o indirectamente-, en el momento en
que lo sabemos nos sacude y es cuando lo transportamos a nuestro entorno,
reconocemos que nosotros también estamos expuestos a que nos suceda. Ahí, en
nuestra circunscripción de nuestra estrecha vida, es cuando nos llegamos a
sentir vulnerables, susceptibles ante los avatares del destino. Es difícil de
que la televisión nos haga sentir de este modo, quizá sólo nos llegue a
impactar momentáneamente, ver, por ejemplo, como dos enormes edificios son
colapsados por dos aviones comerciales que se estrellan contra ellos en donde
en ambos hay personas, es algo impresionante, sin duda; tan aberrante e
inconcebible como soltar bombas atómicas, por la razón que fuera, en Hiroshima
y Nagasaki, ciudades llenas de población civil, manchas como ésta en la historia,
nos hacen cuestionarnos acerca de nuestra alardeada superioridad como especie.
Hace unos días, una persona muy cercana a un buen amigo mío, murió. Tuve
la oportunidad de alguna vez conocer al fallecido, persona amable y discreta.
Las personas morimos y nacemos todos los días, es digamos parte de la paradoja
de la vida. Lo que me causó desazón fue la forma en que murió esta persona, él
mismo tomó esta vía, se ahorcó en su casa. Después de pasar la tarde tomando
bebidas alcohólicas, intensificó la depresión en que se encontraba desde hacia
algún tiempo, es posible que ni siquiera tuviera la ocasión de darse cuenta de
lo que iba a hacer, con sus sentidos enrarecidos y turbados, se colgó.
Ayer, una señora madura y amiga de una de mis hermanas y a la que
conozco bien, fue atacada y probablemente ultrajada en su propia casa. Domingo
por la mañana, día soleado, barriendo al frente de su casa –en un segundo
piso-, un tipo, para variar embrutecido por el alcohol y posiblemente también
drogado, la agrade, ella se defiende, el infrahumano la sujeta empujándola
dentro de la casa, ahí la golpea con un sentido de salvajismo sólo presente en
alguien degradado, enfermo y mentalmente afectado. Ella despierta de la
inconsciencia en que cayó unas 3 o 4 horas después, su ropa hecha jirones,
dolor intenso en todo el cuerpo, el lugar parece dar vueltas, el rostro
cubierto de sangre, como puede logra marcar el teléfono, contacta a uno de sus
hijos. Ingresa en el hospital, valoración médica inicial: fractura de pómulo y
quijada; labio desgarrado; contusiones en el cráneo; un ojo cerrado y
ennegrecido, rodeado de hematomas, no lo pueden evaluar por la inflamación; le
toman tag y aparentemente no tiene daño cerebral, el ministerio público le practicará
exámenes para determinar si hubo violación. Permanecerá en cuidados intensivos continuando
la valoración, su estado es grave. Al menos requerirá de 3 operaciones de cirugía
estética para recomponerle el rostro. En su casa, en la seguridad de su entorno
conocido, es agredida de esta forma, sin un antecedente, sin señales previas,
así, sin más. Un seudohumano, con una obvia vida miserable, causa daño, la
desgracia llega sin aviso.
Estos dos casos, no los ví en la TV, no son virtuales, pasaron a un lado
mío, de acuerdo a mis sentidos son reales, palpables, cercanos. La sensación es
intensa, muy diferente a sólo saber o enterarme. Esto a mí, como a cualquiera,
nos regresa algo de la sensibilidad menguada; tanta muerte, tanta catástrofe,
tanta violencia en imágenes, tanta TV de este modo, tanta prensa por la misma
vertiente, llega a corrompernos, a habituarnos a la desgracia, ya no
dimensionamos los hechos en toda su magnitud, la vida real se empareja con la
ilusión y lo peor, nosotros y nuestros hijos, dejamos de notar la diferencia,
hasta que sucede en nuestro propio patio.
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