domingo, 13 de enero de 2013

Carta a Clara (I)

    Es cuando escribes, o cuando al menos lo intentas, que te vas dando cuenta lo poco que sabes, lo alejado que estás en querer transmitir la cosa del sentimiento, cómo te ocurre, cómo se viene a ti en su momento y luego lo quieres recordar más adelante, minutos, horas, días, años después.

El escenario, los olores, los ruidos, aquellas miradas de asombro o de sosiego o de hambre, de fortuna mal adquirida y que no te merecías pero que sin embargo tuviste que asumir, con orgullo o sin él, malos momentos, buenos finales y terminaciones que nunca acabaron y que se detuvieron en el tiempo, que te magullaron el pasado y te mastican el presente haciéndote los instantes posteriores irregulares, conduciéndote como si lo supieras, como si tuvieras la razón, como si nada hubiera pasado y una falsa sensación de llenura te confirmara, muy alejado de lo que fuiste en el principio, cuando la inocencia te obligaba a ver el mundo de forma blanca, sin manchas, inmaculadamente radiante, como podría haber sido para que quedaras sin muletas, sin ese cabestrillo que ahora sólo te permite utilizar tu mano izquierda, la menos útil, para empezar a escribir esa carta, que quién sabe realmente que mente la dirija y que rasgos dibuje, porque tú, hace mucho que no estás aquí, tus maestros te arrastraron al acopio de datos, al atiborramiento de fechas y lugares, conceptos que no podías pensar y que mecánicamente y de manera simple añadías, acumulándolos, luego soltándolos para hacer las veces de parecer razonablemente preparado; tus padres, si los tuviste contigo, confabulados en ese adoctrinamiento despiadado, haciendo las veces de continuadores de la falacia, del entrenamiento para convertirte en imagen y semejanza del creador, con todas aquellas leyes morales infalibles que nadie practica pero que todos pregonan a veces con entusiasmo desenfadado, concluyente, poco más o menos como las leyes escritas del estado en el que vives y socialmente te desenvuelves, letra muerta.

    Esa moral disfrazada de las más tiernas e inocentes sentencias, te ha aprisionado a ti y a mi, nos presenta una realidad irreal, quizá por ello en estos tiempos o desde siempre, el concepto de relatividad se ha hecho fuerte, la suerte de lo que mejor acomoda, el fin por los medios que sean, qué importa si arrastro a éste o al otro, lo absoluto se aleja en tanto lo que observamos se distancia de lo que se dice que se hace o debe de hacerse. Loca, eso es lo que eres, pero este es un término vago y como muchos de los que utilizamos, un eco que todos asumimos que es, por eso lo repetimos como altavoces, viejas bocinas deterioradas, desconectadas de nuestro cerebro y que sólo emiten señales de nuestro sistema nervioso alterno o desde aquella parte antecesora de nuestro órgano cerebral que no tiene razón, sólo respuestas programadas.

    De locos quiero diez, no más, un mundo realmente cuerdo eliminaría a todos los demás, quien no piensa ya se elimina por sí mismo ¿y quién nos mantiene a flote sino las locuras bien dirigidas?, el exceso de cordura, aunque sea de la bien nacida, en este caso de la inocencia, nos quebraría tarde o temprano, por eso la noción de salida, más atrás del Edén y de la mordida a esa manzana, mucho, mucho más atrás del computador y mucho muy diferente de la pretendida asunción culposa de la mujer -y del hombre que la siguió-, más allá de una necesidad de purificación, más bien de redención, muy al contrario del cuerdo relato del pecado, que quien lo concibió o concibieron, parecerían de la sección de los locos e insanos, pero no es así, las fuentes psicológicas indican un sentimiento profundo de aprisionamiento y de devota culpa, de alteración en la percepción de la realidad y expresión de la misma, en este caso, una mente enferma, pervertida y manipulada por una enorme ignorancia, uno o varios cuerdos esquizofrénicos escribiendo con la mano menos hábil, con ideas prestadas o en otras palabras, nunca locos sino seres mal concebidos, errores de la naturaleza, que no es extraño que existan y a montones.

    Y así te mueves, así me muevo, con los personajes fantasmales que aparecen de tarde en tarde, asaltando la blancura inicial, violando los santuarios que ni sabíamos que eran santuarios, cosa aún más grave, convirtiendo el acto de maldad inocua en un capítulo intencionadamente diabólico y perverso, llevando a esas imágenes prohibidas que saltan en su frente a la actuación real, puramente irracional, escogiendo al copartícipe del rebaño a la mano, al inocente, casi recién salido (o salida) de la cama mojada, hacia los delirios de unas actuaciones a destiempo, destruyendo la candidez necesaria de esa etapa, despertando temores que nunca debieron haber existido, trastocando el crecimiento de una locura saludable convirtiéndola en una cordura enferma, alienada, marchita. Sólo una voluntad fuerte y el encuentro con un nuevo faro en el camino, capaz éste último de restituir aquellos valores y credibilidad mancillados tan salvajemente, son en extremo requeridos para recomponer, aunque ya no rehacer, las ilusiones del príncipe y de la princesa, del reino de la locura ardiente en donde darse está comprendido en el juego mutuo, conocido y pretendido.

    Pero los fantasmas engañarán, cobijarán las intenciones, la mente, esquiva y mañosa, hará su parte, descubrir la verdad será arduo, la duda, sana en su nacimiento, se volverá mezquina, los acuerdos y preceptos emitidos por las mentes cuerdas y entrenadas, como abono, desviarán esa duda en buen estado, llevándola hacia la enfermedad, hacia resaltar el alma egoísta de la otra entidad, sus pretendidas dañinas intenciones, que quizá sólo sean imaginarias, pero el daño se hace, inmisericordemente.

    Es aquí en donde ese faro luminiscente se hace necesario, primero lo adjudicamos a alguien separado de nosotros, y lo es, pero sólo al principio, cuando aprendemos que esa concordia, esa fuerza de identificación, que nos soporta en nuestra suerte de vida, proviene de nosotros mismos, la locura nos bendice, la puerta se entreabre, ya no somos lo que creíamos que éramos, somos otros rostros, somos todo el conjunto, somos nuestros errores y nuestros aciertos.

    Los fantasmas que nos han hecho daño y que nos quitaron lo que no sabíamos que teníamos, aquellos que nos han desviado de la ruta inicial, son seres y ocasiones perdidos, pero la pérdida es de ellos, no nuestra, yo estoy incólume, mi inocencia sólo se alteró por una enfermedad y aunque es probable que nunca sane del todo, puedo seguir afirmándome como la identidad única que soy, siempre y cuando no caiga en la monótona cordura asesina de los demás.

    Ser yo es lo más difícil de llevar a cabo, regularmente soy mi familia, soy mi ciudad, soy mi trabajo, soy mi país, soy mi cultura, soy mi religión, soy mi nombre, soy mi sexo, pero todo esto es falso, son cicatrices en el juego de la vida y la muerte, son defensas psicológicas que consideramos verdades, y lo que nos cala, lo que nos hiere, es no saber y pretender que sabemos, pero escúchame Clara, nadie lo ha sabido y nadie lo sabe, quién así lo quiera expresar sólo es que está educado a la manera cuerda, a lo que pobremente puede simplemente repetir, al balbuceo de una sociedad enferma y con miedo, mucho miedo.

    Suerte que estés ahí, haciendo locuras, que hacen falta para que los cuerdos tengan de qué hablar...al fin de cuentas, a veces, la incomprensión no es más que una profunda ignorancia con una buena dosis de temor...

Afectuosa y locamente, Lóthar


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