Cuando estudiaba la universidad, tuve una maestra que además de tener en alta estima, reconocía en ella a una persona de nobles sentimientos y de un manifiesto y genuino interés hacia sus alumnos; llegamos a mantener muy amenas conversaciones cuando había oportunidad, aunque breves, en ocasiones podíamos componer cierta parte del mundo y compartir experiencias de diversa índole, lo que enriquecía el conocimiento y entendimiento entre ambos. Uno de esos días, charlábamos acerca de las relaciones de pareja, en lo que se refiere a la convivencia e integración de dos personas en su vida diaria y me comentó: “es muy importante, para una relación duradera y a largo plazo, además del amor que exista entre ellos, el nivel intelectual y social que cada uno posea”. Coincidí con su comentario más por lo razonable que me pareció que por el entendimiento pleno de lo que implicaba.
Por supuesto, me faltaba el ingrediente de la observación, mi parte reflexiva y de verlo en funcionamiento con casos concretos y reales para de esta forma, integrarlo como aprendizaje y claro, hacerlo palpable.
Esta frase dicha por mi maestra, la estuve meditando en un intervalo que aún no finaliza y me quedó como incentivo para irla sopesando y obtener, por decirlo así, verificaciones en el correr de mis experiencias propias y de terceros a mi alrededor. Lo que me llevó a encontrar que ciertamente los aspectos sociales e intelectuales son importantes en las relaciones, mucho más si estas son cercanas y frecuentes -ejemplo principal, diría yo, entre un matrimonio o relación de pareja- pero me hacia falta un ingrediente, me explico: el extracto o procedencia social (entendiéndose por su significación peyorativa, en este caso socio-demográfica-económica), de inicio aleja o acerca, aleja a un A+ de un D- y acerca a un A con un A (o quizá con B+), o en otras palabras, este sistema jerárquico, trata de unir las peras con las peras, los duraznos con los duraznos y los limones con los limones (a veces, con una naranja).
Así que, si ocurre que se atraigan, digamos un A+ con un C, en donde la frecuencia mayor se da en las telenovelas por obvia compensación ensoñadora de justicia social (y por “rating”, por supuesto), y esto resulte en una relación, su longevidad estaría seriamente cuestionada, tarde o temprano una vez que las fuerzas de la atracción inicial hayan desaparecido, el entendimiento acabaría por ser ínfimo, insostenible para una unión lozana y activa, pero no sería por las diferencias de estrato social (que implica nivel económico), ni por el lugar de procedencia, esas ya habían sido superadas. Aquí entra el otro concepto que mencionaba mi maestra, el intelectual y que traslado al de cultura, que me parece más amplio y que implica al primero más otros rasgos sustantivos. Quizá “cultura” fue lo que mi maestra trató de decirme, por el contexto de la charla pienso que así fue.
El nivel cultural explica de mejor modo, los procesos de comunicación entre pares y entre varios, que sea este proceso eficaz y que se concrete en entendimiento total, dependerá de ese grado de comprensión en los involucrados dado por la amplitud o estrechez de cultura de cada uno. Entender al otro, sin importar mi extracción, mi geografía, mi “nacionalidad”, mi nivel socioeconómico o algún factor social, definirá mi nivel de cultura.
Como cultura no me refiero a la que se obtiene por añadidura respecto a las costumbres, forma de vida y relaciones del lugar de origen, donde he nacido, vivido y crecido, en mayor o menor medida, todos en un conjunto social de referencia, como éste, llevamos una cultura de “marca”, estar inmerso en ella no nos hace “cultos”, nos hace participar en esa cultura, específicamente sobrevivimos y nos movemos en ella, nada más.
Generalmente la consciencia de la cultura de “marca” permanece oculta para las mismas personas inmersas en ella, no es sino cuando es posible aprender a observarse desde afuera que esa cultura se va haciendo un poco más nítida para éstas ¿pero cómo sucede este proceso? ¿de qué forma me doy cuenta o me viene a la consciencia este hecho? Es aquí cuando el saber, la toma de conocimientos y la confrontación con otras culturas me despierta la curiosidad y me hace cuestionar las diferencias, pero sobre todo, amplía mi horizonte, con ello, me vuelvo un ser más social, mi red interna crece, es cuando realmente evoluciono.
No es estrictamente necesario tener que salir del círculo regular físico para obtener la notoriedad de la diferenciación y darme cuenta de los rasgos sociales y de relaciones de mi entorno “madre” con respecto de otros entornos, hoy los accesos a la internet, aplicando una cierta facultad de discernimiento, facilitan esta tarea, sobre todo y como afirma en otra vertiente Dietrich Schwanitz, la literatura es la fuente más contundente a la hora de adquirir conocimiento y expandir la cultura, fundamental para hacer nuestro el sentido, y dice: “Sólo la escritura desliga el lenguaje de la situación concreta y lo vuelve independiente de su contexto inmediato. Llamamos sentido a aquello que permanece idéntico durante este proceso: por eso, la transformación del lenguaje hablado en escritura es lo único que nos permite captar el sentido. Éste es el motivo de que las religiones más evolucionadas (judaísmo, cristianismo, islam) identificaran sentido y escritura (Sagradas Escrituras).”
El lenguaje es lo que nos permite pensar, sin él simplemente no podríamos hacerlo, el lenguaje está ligado a nuestro desarrollo como especie, el que tiene un lenguaje limitado o uno vasto y rico, en concordancia, así será su pensamiento o las ideas que pueda desarrollar, directamente proporcional. Por ello la importancia capital en quien quiera incrementar su nivel cultural o dicho de otra forma, quién desee evolucionar, ya es decisión de cada uno. Por supuesto, aquel que tenga un mejor manejo de la lengua hablada (siempre iniciamos con el lenguaje de esta forma, hablándolo, imitando a nuestros padres), tendrá mayores posibilidades de descifrar eficientemente el lenguaje codificado en símbolos, esto es, la escritura y podrá, con esta práctica circular, mejorar en sus aspectos sociales e intelectuales, en su comprensión de lo inmediato y de lo que está lejano, en suma, en su evolución como espécimen humano.
No es un requisito, que dentro de la unión de una pareja, ambos compartan niveles de estudios (educación formal) similares para que el entendimiento perdure, los factores para una convivencia sana y prolongada, son numerosos, pero el que sí es el factor fundamental lo es el nivel cultural, que más allá de llevar una vida cotidiana, cubriendo las necesidades funcionales básicas de la administración de la casa, trabajo y demás, prolongará éste, la estructura misma de la unión, manteniendo un sentido de crecimiento compartido, de existencia afin, de rumbo, conservando la libertad de ambos y la confianza entre uno y otro, promoviendo el estar mejor preparados ante los cambios. Adquirir cultura puede venir del propio autodidactismo de cada uno, del interés auténtico y su ejecución, los cambios en la concepción del mundo cambian a la persona, expanden su capacidad de reflexión y promueven una mejor comunicación. Estrictamente, los estudios superiores, en este caso, los universitarios, no determinan o apoyan el nivel cultural de la persona de facto, el siguiente relato preciso de D. Schwanitz, nos lo aclara:
“En las universidades y en el mercado laboral observamos lo siguiente, en las primeras el ámbito fundamentalmente es femenino, en el segundo, es masculino (si incluimos en él las ciencias económicas y otras disciplinas afines). Esto trae consigo cierta asimetría en el ascenso social de hombres y mujeres. Imaginemos que Sabine y Torsten son dos niños educados en el mismo entorno social que se enamoran durante el bachillerato y planean casarse cuando acaben sus estudios. Torsten estudia ingeniería mecánica y se convierte en ingeniero; Sabine estudia psicología, filología germánica e historia del arte. Él tiene que estudiar en Aquisgrán; ella en Hamburgo, París y Florencia. Cuando acaban sus exámenes, vuelven a encontrarse. Torsten es un excelente ingeniero y pronto encontrará un buen trabajo; los estudios han hecho de Sabine una persona completamente distinta. Torsten sabe construir máquinas; el estudio de los presupuestos de la comunicación y del sistema simbólico de la cultura han cambiado a Sabine. El comportamiento, las opiniones y las costumbres de él apenas han evolucionado, pero sus conocimientos lo capacitan para ganar mucho dinero; en el caso de ella es más bien dudoso. En cambio, las capacidades y exigencias de Sabine en el terreno de la comunicación se han hecho mayores, habla francés e italiano, ha leído mucho, ha hecho amigos entre los intelectuales y artistas de París y Florencia y está al tanto de las últimas investigaciones en el ámbito de la teoría de la literatura. Cuando vuelven a encontrarse, Torsten le parece un hombre de Neandertal. Y Sabine será afortunada si se da cuenta a tiempo de que ya no puede casarse con él, porque su matrimonio no funcionaría. Pero si se empecina en casarse con Torsten, o con cualquier otro Torsten de su medio de procedencia -al fin al cabo, él gana mucho dinero-, acabará haciéndose feminista, una persona profundamente convencida de la incultura y el salvajismo de los hombres. Torsten también será un infeliz...En otras palabras, la esfera de la cultura también marca con distinta intensidad el ascenso social de los dos sexos, algo que se convierte después en una de las causas inadvertidas de muchos conflictos de pareja.”
El incremento del nivel cultural se concibe inmerso en el telar humano, en los símbolos del pensamiento, en la creación de ellos, en lo que nos explica, de muy variadas formas, lo que somos ahora, lo que hemos sido. La partición o división de materias afines con el probable objetivo de hacer más eficiente y práctico el estudio y posterior ejecución de una carrera, observada en las universidades pero que ya inicia en la preparatoria, entre las áreas de humanidades, por un lado y científica-técnicas-naturales, por el otro, es un error en detrimento del desarrollo cultural de los que se encausan hacia la segunda. Si bien el conocimiento se ha ido, por necesidad, especializando, dejar a un lado, por ejemplo, la universalidad de la literatura o los conceptos filosóficos de los grandes pensadores o los movimientos y corrientes más importantes que nos definen ahora, de los planes de estudio formales de cualquier carrera universitaria, colaborará en formar a excelentes ingenieros técnicos o licenciados en áreas económicas-empresariales, capacitados eficazmente en su especialidad pero carentes de la sensibilidad para detectar las sutilezas del lenguaje simbólico y comprender mucho mejor aquello que nos hace humanos. El carácter universal de la educación se ha perdido en aras de lo que hoy podría definirse como practicidad económica, Schwanitz al respecto, comenta: “Por más lamentable que pueda parecerles a algunos, y aunque nadie se vea forzado a ocultar sus conocimientos científicos-naturales y técnicos, hemos de reconocer que tales conocimientos no forman parte de lo que se entiende por cultura. Por eso sigue considerándose imposible que alguien no sepa quién fue Rembrandt; en cambio, si no se sabe qué dice el segundo principio de la termodinámica o qué relación guardan entre sí el electromagnetismo y la fuerza de gravedad, nadie llegará a la conclusión de que está ante una persona inculta.”
Entre mayor nivel de cultura, obtenemos un mayor nivel de civilidad, el entendimiento del otro se expande, y viceversa, la comunicación realmente se convierte en un placer y en una eficaz herramienta de desarrollo. Nos convertimos en seres cada vez más reflexivos evitando sólo ir al garete dentro de una red social que nos impone sus reglas y de las cuales somos simples piezas intercambiables. Nuestro capacidad de crítica se incrementa, no en el sentido negativo que tiene hoy la palabra, sino en el sentido de formación de juicio imparcial y objetivo, pasamos las ideas y lo que percibimos por nuestro más robusto y ampliado cernidor mental y lo que obtenemos ya no será regido sólo por nuestros prejuicios, que dicho sea de paso, la mayoría provienen de una escasa formación cultural.
Ser pobre o ser rico, no entraña ser o no culto, sin embargo ser rico e inculto, aunque preparado en ciertas materias, apareja un desperdicio en la utilización de los mayores recursos materiales con los que se cuenta, podría decirse que es un crimen de civilidad. Ser esnob (en inglés: snob), frecuente entre las clases acomodadas o burguesas, es una forma de imitar, con afectación, aquello que nos parece distinguido o a la vanguardia, es pretender ser “de mundo” y sofisticado, cuando realmente es una vía que denota nuestra ignorancia y pobreza de espíritu, una postura falsa y defensiva, alejada de lo que se entiende por culto. Ser pobre, en este caso, de recursos limitados en términos económicos, tampoco justifica ser propiamente inculto, no en los tiempos que corren, aunque si bien es cierto, en un estado de extrema pobreza y de necesidades básicas de vida peligrosamente al límite de cobertura, el acceso a la cultura (entiéndase, al saber) queda prácticamente suspendido, porque ¿quién pensaría en ello cuando no se sabe siquiera si habrá para comer hoy?
Entonces, dejando de lado estos casos extremos, asignar la etiqueta de inculto a aquel que parece no tener muchos recursos económicos o en su contrario, de culto al que los tiene, es un mero prejuicio social muy extendido, en este mundo de apariencias y de mitificación del poder económico (incluyendo al poder político y a la fama), este tipo de creencias nos desvían de los avances hacia una civilidad concreta e inciden en otorgar valores falsos y efímeros, sin substancia perdurable en un sentido evolutivo real, como la desmesurada admiración de aquellos que acumulan riqueza y poder, sin importar de dónde procede ese acopio, o el encumbramiento de personajes impulsados por los medios publicitarios y que explotan precisamente ese vacío que genera una cultura del saber pobre y escuálida.
El núcleo familiar es la base de una sociedad, una vez trascendido el nivel individual, quizá sea por ello que el nivel de concepción del mundo y grado de cultura de la pareja en estas uniones espontáneas, siendo más o menos homogéneo, sea clave para el desarrollo substancial y de permanencia de los mismos miembros en la asociación, y de los hijos. Todos en conjunto, desarrollando sus potencialidades en el mejor entorno, un medioambiente de cultivo del pensamiento constante, esto es, del ensanchamiento y evolución cultural, fomentando el librepensamiento, la crítica y la saludable expresión de la duda. De otra manera, sin este factor consciente de voluntad de adquirir y promover cultura, de inicio dentro de estos núcleos de pareja, no sólo estaremos perpetuando la producción de personas carentes de sensibilidad ante los demás (respecto a otras culturas, por ejemplo) sino de entidades con una evolución precaria o nula, permaneciendo en el mismo lugar y con los prejuicios intactos, en otras palabras, sin avance verdadero.
Para cerrar, recordemos que la cultura es femenina, me quedo con esta cita de Schwanitz que hace honor a esa femineidad:
“...el nivel de civilización de una sociedad se ha medido siempre por el respeto con que se ha tratado a las mujeres y por el grado de influencia que ellas han alcanzado...No hay duda: si el nivel cultural se mide por el carácter pacífico, el rechazo de la violencia y la capacidad de entendimiento, entonces las mujeres son el sexo más civilizado. Podrá objetarse con Nietzsche que esas son las virtudes de los débiles, pero la civilización la hacen precisamente los débiles, que con la invención de los buenos modales obligan a los fuertes a no comportarse como neandertales.” º
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Notas: Citas en este artículo-ensayo tomadas de: “La Cultura, todo lo que hay qué saber”, Dietrich Schwanitz, Ed. Taurus, séptima ed. Dic. 2002.
Idea general: Diferenciación entre la cultura humanista y literaria de la formación clásica, por una parte, y por la otra la cultura científico-natural y técnica.
Las dos culturas: Un término del británico C.P. Snow, años 50’s.
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