Se enamoraron casi al mismo tiempo, quizá a Jacinto
le tomó un par de semanas más, en su tercer encuentro ya estaba decidido,
vivirían juntos y unirían sus vidas.
Guadalupe se afanaba en casa, cocinaba
deliciosamente, desde muy temprano en su vida se la pasaba junto a su madre a
quien le tenía un gran cariño y devoción. Con sus hermanas la relación siempre
fue cordial e íntima, se sabían todos los secretos y devaneos adolescentes, se
intercambiaban la ropa y las confidencias.
Jacinto, de padre despótico y tirano y de madre
ausente y sumergida en los rezos, no tuvo hermanos –de los que él se enterara-,
varonil y apuesto, el odio por su padre fue naturalmente fomentado, se las
apañó como pudo para irse de casa de inmediato terminó sus estudios
profesionales, jamás volvió a saber de sus padres.
Guadalupe no podía tener hijos, pensaban tener uno
tarde o temprano, tema de la adopción que ya se habían planteado.
Jacinto terminó de desayunarse, medio vaso de leche
deslactosada, dos huevos tibios de dos minutos y medio y una pieza de pan de
caja untado con mantequilla.
Ya por salir, despidiéndose, Jacinto le dio un
apasionado beso a Guadalupe; en ese intercambio de calor y fluidos ambos
recrearon, por un instante, las recientes escenas de amor matinal, muy
temprano, después del sonido de las campanillas del despertador de Mickey Mouse
a un lado de la cama, qué dicha, esperarían que durara por siempre.
Al cerrar la puerta, Guadalupe se quedó pensando en
lo de ayer, cuando fue al súpermercado y en el estacionamiento, desde el otro
extremo, alguien en un auto en marcha le gritó por su hipocorístico, el de la
infancia y parte de su adolescencia, quizá un conocido del barrio en donde
creció, nombre que ya había olvidado y que por cierto, odiaba. El sonido
retumbaba en su cerebro: ¡Lupillooo!

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