viernes, 23 de agosto de 2013

Breve historia de amor


    Se enamoraron casi al mismo tiempo, quizá a Jacinto le tomó un par de semanas más, en su tercer encuentro ya estaba decidido, vivirían juntos y unirían sus vidas.
    Guadalupe se afanaba en casa, cocinaba deliciosamente, desde muy temprano en su vida se la pasaba junto a su madre a quien le tenía un gran cariño y devoción. Con sus hermanas la relación siempre fue cordial e íntima, se sabían todos los secretos y devaneos adolescentes, se intercambiaban la ropa y las confidencias.
    Jacinto, de padre despótico y tirano y de madre ausente y sumergida en los rezos, no tuvo hermanos –de los que él se enterara-, varonil y apuesto, el odio por su padre fue naturalmente fomentado, se las apañó como pudo para irse de casa de inmediato terminó sus estudios profesionales, jamás volvió a saber de sus padres.
    Guadalupe no podía tener hijos, pensaban tener uno tarde o temprano, tema de la adopción que ya se habían planteado.
    Jacinto terminó de desayunarse, medio vaso de leche deslactosada, dos huevos tibios de dos minutos y medio y una pieza de pan de caja untado con mantequilla.
    Ya por salir, despidiéndose, Jacinto le dio un apasionado beso a Guadalupe; en ese intercambio de calor y fluidos ambos recrearon, por un instante, las recientes escenas de amor matinal, muy temprano, después del sonido de las campanillas del despertador de Mickey Mouse a un lado de la cama, qué dicha, esperarían que durara por siempre.
    Al cerrar la puerta, Guadalupe se quedó pensando en lo de ayer, cuando fue al súpermercado y en el estacionamiento, desde el otro extremo, alguien en un auto en marcha le gritó por su hipocorístico, el de la infancia y parte de su adolescencia, quizá un conocido del barrio en donde creció, nombre que ya había olvidado y que por cierto, odiaba. El sonido retumbaba en su cerebro: ¡Lupillooo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario