martes, 5 de julio de 2022


 Jardín de hacienda/
La noria, sugerida al costado derecho, agrega al conjunto el tiempo que alguna vez fue y que no regresará jamás. Esas paredes revestidas de blanco en el viejo jardín susurran todos los soles, todas las noches, todos los aciagos momentos de los ataques que hacían de vez en cuando los naturales, con justicia o no. Unas gallinas; un cerdo; algunas mazorcas; con ventaja, un caballo, nuestro bien más querido. Nos recordaban nuestra suerte de invasores, pero claro, con el Señor de nuestro lado, siempre de nuestro lado. El  hambre de los salvajes y la nuestra misma, era la culpable de nuestros enfrentamientos y de nuestro encono. Ese mesquite torcido, como nosotros, torcidos por el destino que nos tocó, pero de pié, nos delata, pero también nos acoge en una  interminable nostalgia del aroma del azafrán; en las babas del cactus y sus hojas; en los gusanos con sabor a tierra americana virgen; en los colores del frijol rojo; en el olor del maíz tostado al fuego; en todo este horizonte del norte de la Nueva España, más mestizo en su comida a fuerza de costumbre que de su sangre, porque, ¿Con quién, que ya hubiese estaba aquí, nos emparejábamos y continuábamos esas combinaciones? No hubo nadie. Todos ellos finalmente desaparecieron muy temprano. No quedó otra, de no ser así hubiéramos desaparecido hace tiempo.

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