martes, 3 de agosto de 2010

No digas Sí, di Oui...

A punta de repeticiones y cada vez que sucedía, el inspector ordenaba en tono inflexivo y contundente:
-“Dodó, no digas sí, di oui”.
Dodó le respondía:
-“Sí… quiero decir oui, inspector”.
No tardaba mucho otra pregunta y la siguiente afirmación, de nuevo Dodó respondía:
-“Sí”.
El oui no se estacionaba en la cabeza del sargento y al parecer, nunca se fijó en ella.

Un ejemplo claro de la tozudez de nuestros cerebros que aunque no lo queramos, nos llevan al baile muy frecuentemente, somos –incluyéndome- testarudos, unos más que otros y esa testarudez, créanme, cuesta y la pagamos, en abonos o en un solo pago, de jalón, y ay, en efectivo cómo duele.

Somos un país pobre y un pobre país, aunque pensándolo mejor somos más un pobre país, la cosa es que nunca hemos podido ponernos de acuerdo y cada quien acarrea agua a su molino, el exceso de poder centralizado desde la época anterior a la intromisión española, reforzada por ésta última, se nos ha metido hasta el tuétano, y seguimos apretados los unos y apretando los otros, el ombligo continua regodeándose de ser el centro de la luna, más a punta de control y luego sumisión que de una relación libre, soberana y de verdad federativa.

Este México de las 32 máscaras y un distrito mascaral, toda una comedia basada en la profunda ignorancia de sus habitantes y en el aprovechamiento sistemático de unos cuantos miles de los millones que somos.

Pero la ignorancia no necesariamente se refiere al nivel de conocimientos que cada quien pueda o no tener, no es eso lo más importante, lo significativo es el grado de comprensión de la persona, que un lenguaje elemental puede proveer, un mexicano nacido, criado y desarrollado en este país, reconoce los fundamentos de la cultura y las maneras de desenvolverse aunque por tener sólo este sentido de referencia no pueda explicar su entorno, sin embargo sí tiene los elementos para moverse en este medio, para sobrevivir y adaptarse e irla llevando.

Ya para explicar este engrudo que se llama México, es necesario, además de la necesaria inmersión en él, adquirir una visión mucho más amplia y ahora sí, extender ese conocimiento no sólo a la cultura o a las varias culturas del país sino, como es claro, desarrollar una enorme capacidad de síntesis contrastada con otras sociedades, otras concentraciones humanas para lograr entender, aunque sea en forma general, esta amalgama de mestizos, indígenas, criollos, norteños, sureños, chicanos, cholos y chuntas, que puestos en una batidora no llegan a mezclarse convenientemente, es más, no se tocan.

Desde siempre nos han querido encajar el concepto de un país en el que nos tocó nacer, que la grandeza de los mexicas, mayas, olmecas, toltecas y demás, que mesoamérica, que la colonia, que la independencia, que la reforma, que las intervenciones, que si la mutilación, que la revolución y todos los hechos registrados y que como forma novelada en los programas de la secretaría de educación (o mejor dicho, de entrenamiento), campañas sexenales de “cultura mexicana”, televisoras pusilánimes y netamente orientadas al consumismo rampante, nos aleccionan (¿embrutecen?) por diferentes medios y acciones.

Pero como la verdad siempre se combina con lo que es más conveniente contar, la mentira decora los cuadros que la oficialidad nos pinta, digamos para ajustarse a la novela y hacerla interesante. Así, exaltando un nacionalismo unificado entre varias naciones internas disímbolas y conceptualmente alejadas unas de otras, se intenta formar un país matando las diferencias naturales entre su gente, perdiéndose la oportunidad de enriquecer el conjunto en aras de una totalidad ficticia, parecido pero diferente al mundo multiétnico de los EEUU donde por supuesto, domina un grupo sobre los demás.

Al final, la gente de a pie, se queda con los símbolos espontáneos que en un intento por definir el lugar de procedencia, la población toma como identificadores lo que cree que es, hablando del conjunto social que forma con todos los demás que ve alrededor. Lo que nos creemos: Mariachi, tortilla y maíz, tequila y mezcal (con gusano), sombrero charro, nopal y sin faltar, un pedazo de tela tricolor ¿hay algo más nacional que estos elementos?

Es curioso como se ha llevado a la exaltación a veces exacerbada a los pueblos antiguos de este país, orgullosamente machacado el tema en la escuela, literatura, pintura, discursos políticos (esos no valen mucho, ya lo sabemos), y en general en los medios oficiales (todos los medios de microondas –léase televisión y radio- si no ¿de quién es el espacio aéreo en este país, quién lo controla?), sin embargo, los sobrevivientes de ellos y los que encontramos en diferentes regiones de México (¡vivos y coleando!) y por supuesto, que igual están dentro de la sangre de la mayoría de la población mestiza de la que formamos parte, llegan a ser una carga psicológica que no desearíamos llevar.

Los pueblos indígenas de este país, herederos reales de las culturas antiguas, son los sectores mas pobres de esta nación que se enorgullece de sus ancestros pero no de ellos. Aquí todos somos Quetzalcóatl, aquel mítico hombre barbado que cuentan las historias y que prometió regresar cuando fue expulsado del valle, y regresó.

Una discriminación clara y que nos corroe por dentro es sabernos “indios” pero no de ese país llamado India, sino a los que erróneamente llamamos de esa forma y que somos ahora nosotros mismos y aquellos que ya estaban aquí antes de la llegada de los españoles, dejáramos de ser discriminadores ¿y creíamos que sólo los anglosajones podían hacerlo? ¡pues no! Preguntemos a la gente de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua como los ha tratado la “mexican migra” cuando intentan pasar sin documentos la frontera sur de este país tratando de buscar alguna opción de trabajo y supervivencia, igual que lo hacen millones de mexicanos emigrando hacia los EEUU.

El desarrollo del conjunto, de una real correspondencia a un grupo, no ha funcionado y se ha quedado exactamente a la mitad, el sentimiento que nos queda es que no somos de allá pero tampoco somos de acá, y la perenne búsqueda de identificación continúa sin tenerla remotamente enraizada en nuestra psique. Esto es más notorio en las representaciones deportivas internacionales por equipos en los que México participa o ha participado, el caso más visible lo tenemos en las justas de fútbol.

Teniendo elementos individuales destacados, con técnica y calidad indiscutible, que inclusive juegan en equipos extranjeros exitosamente, difícilmente, jugando con el equipo nacional contra otros países rivales, obtienen resultados consistentes, nótese que no menciono victorias, en un partido se pierde o se gana (hablando del mundial, fuera de él también se puede empatar) y por supuesto todos quieren ganar, aquí hablo de consistencia en el juego, de lo que el equipo transmite en el campo, del conjunto y de lo que éste proyecta.

Cuando el juego es contra un equipo “grande” (Alemania, Brasil, Holanda, Argentina, etc.) mi sobrino, que no sabe mentir (todavía) comenta: “mira tío, los mexicanos parecen ratoncitos”, y sí, eso parecen, por eso digo que en conjunto nos quedamos a la mitad, agachados, achicopalados e inermes, aunque tengamos lo mismo que los otros. ¿No será que hay “moche”? tan acostumbrados estamos a él que no sería así que uno diga, fuera de alcance o de lugar.

Si sí, nos sentiríamos mucho mejor, entonces es que todo cae por su propio peso y bueno, de esta forma encontraríamos una razón posible, no la justifica pero al menos la explica y todo queda, digamos, en familia; si la razón es otra, ¡que monserga!, ahí está complicado. Mejor nos vamos con Samuel Ramos, Octavio Paz y Alan Riding, sus textos: “El perfil del hombre y la cultura en México”; “El laberinto de la soledad” y “Vecinos distantes, un retrato de los mexicanos”; todos ellos, cada uno en su medida y lugar, excelentes trabajos acerca de esta abigarrada nación plagada de subculturas y creencias propias, muchas de ellas diferenciadoras, que es, ni más ni menos, el lugar en el que vivimos.

Tenemos una memoria como pueblo impresionante, todo se nos olvida. Acostumbrados a no resolver o a pasar por alto la reparación de nuestras grietas realmente importantes, vamos deambulando entre una telenovela y la que sigue; entre un campeonato de la liga de fútbol y otro; entre concursos de jóvenes “cantantes” de lo mismo y otro de baile “internacional”, en donde una pareja representa a todo un país pero ese país no sabe de la existencia de tal competición.

Nos burlamos de todo, es quizá una forma de abordar nuestros problemas o de vivir con ellos o de darles el capote. En todos los chistes, cuando competimos con otras nacionalidades, siempre ganamos; los “gringos” son tontos e ingenuos y no funcionan sin un sistema o un libro de instrucciones qué seguir; los gallegos son más tontos aún, van de gilipollez en gilipollez, Venancio y Manolo no salen de una cuando ya están en otra; los argentinos están tan ocupados mirándose al espejo que no se explican como fueron a dar a la Patagonia siendo europeos, si somos tan secillllllitos….

Esto del mexicano “ganón” no es más que claramente un mecanismo de defensa, parte del sentimiento de creernos menos o alienados porque un español, sucio, mugriento, bárbaro, católico, avaricioso, aventurero y lleno de viruelas, nos jodió, más mexicanamente: nos chingó, aprovechando las mismas divisiones que hoy vivimos, pero que ahora los hijos de este violento choque, aprovechan (en camarillas de compadres), a veces como un autoflagelo inconsciente; la venganza de Moctezuma contra sí mismo.

El día (que puede ser hoy) que podamos conciliar nuestras almas y nos aceptemos como un pueblo que llegó al concierto mundial para quedarse, que estemos conscientes que no somos más ni tampoco menos y simplemente practiquemos el ser sin tener que demostrar a nadie lo que somos, que entendamos que la cohesión requiere de todos para avanzar como sociedad, y que formamos algo más grande que sólo nuestra extensión territorial política (artificial, como todas las fronteras), quizá ese día podamos decir oui y otro gallo nos va a cantar a todos.


Octavio lo supo mejor que muchos:

“Si yo mismo incurrí en un libro fue para liberarme de esa enfermedad [...] Un país borracho de sí mismo (en una guerra o una revolución) puede ser un país sano, pletórico de sustancia o en busca de ella. Pero esa obsesión en la paz revela un nacionalismo torcido, que desemboca en la agresión si se es fuerte y en un narcisismo y masoquismo si se es miserable, como ocurre con nosotros. Una inteligencia enamorada de sus particularismos [...] empieza a no ser inteligente. O para decirlo más claramente, temo que para algunos ser mexicano consiste en algo tan exclusivo que nos niega la posibilidad de ser hombres”.
Octavio Paz


Para conocer más acerca del crisol de los pueblos indígenas de México y la amplia variedad de lenguas nativas, visite estas direcciones:

http://es.wikipedia.org/wiki/Pueblos_ind%C3%ADgenas_de_M%C3%A9xico#Pueblos

http://sic.conaculta.gob.mx/index.php?table=grupo_etnico&l=&estado_id=

miércoles, 14 de julio de 2010

El país sin nombre//ensayo

América, que bien podía haberse llamado Colombia (como efectivamente así lo hace un país) o mejor aún Incaria o Mexiria o Mayaria, si se cediera el derecho a los pueblos que la habitaban originalmente (cuando llegaron los europeos), ahora es un nombre confuso que no define a todos los que habitan en esta vasta masa de tierra, incluyendo a sus islas, cuando se hace referencia al origen con el gentilicio continental: americano.

    Quizá haberle dejado el nombre de Abya Yala, que ya tenía por los mayas o el de Cem Anáhuac por los mexicas hubiese sido prudente, pero como la perspectiva venía del Este se optó por dignificar al “descubridor” o mejor dicho, al que se enteró que esta tierra no era lo que los europeos de entonces conocían como “las Indias”.

    Si se acepta que los que aquí viven son todos americanos, haciendo mención a un continente definido y a la gente que lo puebla, tomando en cuenta que geográficamente América incluye desde el norte: las islas Aleutianas y Alaska (al oeste) y Groenlandia (al este) hasta el lejano sur en el Cabo de Hornos en esa Tierra del Fuego que Magallanes, Elcano y compañía alcanzaron a divisar hace algunos siglos, desde otro ángulo, todo está puesto para que se utilice justificadamente este apelativo.

    Pero hay un problema, aunque toda la gente de este continente acepte con todo derecho decirse o llamarse americano, sin ningún adjetivo calificador, el término es ambiguo, inclusive para esta misma gente, excepción hecha para los miembros de un país en particular, aquel que se encuentra geográficamente entre Canadá y México. Esta confusión tuvo su nacimiento en el conjunto de inmigrantes anglosajones de origen británico que se estableció en las costas del océano Atlántico, al norte y que tomaron el nombre del continente entero, América, para incluirlo al nombre de su nuevo asentamiento y proyecto de país, independiente del Reino Unido (UK) de donde provinieron; quizá por falta de creatividad o por exceso de visión o de soberbia o de completo desdén de la existencia de otros pueblos en esta tierra tan extensa, probablemente todo junto. El término de América Latina, nacido tiempo después, para tratar de integrar a todos los demás que quedaron a un lado (que no podían ser sólo “americanos”) y tratar de resolver la identidad de pertenencia a un continente, lo complica aún más ya que los pueblos que ya estaban aquí desde siglos anteriores y que no tenían, ni tienen nada de “latinos”, son excluidos.

    Estos emigrantes de la Gran Bretaña ya no eran de allá, de donde vinieron, pero tampoco eran de acá, adonde llegaron, así que ¿cómo obtiene identidad un pueblo que llega a una nueva tierra y que además quiere desvincularse de su pasado?
Primero y antes de la concepción del país como tal, la nostalgia del origen daba los nombres a los lugares colonizados anteponiéndoles la palabra “new”, como una refrescante acepción: New York; New Hampshire; New Jersey; o por otros recuerdos: Virginia (por Isabel I, “la reina virgen”); las Carolinas, Norte y Sur (por Carlos I). Luego, se adhieren a las ideas liberales del filósofo Jonh Lock, que justo es decirlo, era inglés, y que estas colonias plasman en su ideario revolucionario para justificar la separación de la corona británica, más allá del “apretón” que les estaban dando con los impuestos.

    En la misma declaración de independencia de este incipiente conglomerado, se mencionan como Estados de América, las colonias dejan de serlo y se convierten en estados; la palabra “unidos” aparece como circunstancial en letras pequeñas y minúsculas al inicio en la declaración original, dice: “the thirteen united States of America”; ”los trece Estados unidos de América”, unidos y emancipados por los designios de Dios, de su Dios privado, porque si hubiera sido el de todos se hubieran percatado que en el continente, ya existían otros estados, otras naciones, como también otros pueblos ya lo hacían en el mismo suelo que ellos pisaban. Así de esta forma poco original, el nuevo país, bajo el consenso de unos pocos hombres, adquirió en el papel el nombre de un continente completo.

    Dado el posterior papel protagónico de este país en el mundo y el interés -en el fondo siempre económico- que manifiesta por las demás naciones, el extenso nombre que lleva, muy largo para pronunciarlo y más aún para alguien de lengua inglesa: Estados Unidos de América, entre otras denominaciones y por sus ciudadanos, se suele llamar simplemente América, que no precisamente da el sentido, en este caso, del continente.

    Si una persona es ciudadano de los Estados Unidos de América entonces es americano, pero si es de El Salvador, de México, de Venezuela, de Panamá o de Canadá o de cualquier otro país de este continente, es salvadoreño, mexicano, venezolano, panameño o canadiense pero nunca americano. No es porque a éstos últimos no les corresponda o no tengan derecho a ser identificados así, es mas bien por un sentido de lo que entiende el mundo en la actualidad como “americano”, incluyendo lo que entienden los mismos “americanos” que no nacieron en los Estados Unidos pero sí son de este continente, en este caso: los mexicanos, venezolanos, panameños, canadienses y todos los demás, que en este sentido regional lo son de hecho, por añadidura, por obviedad, pero la realidad es diferente.

    El género humano, tiene la costumbre de identificarse con lo más inmediato, con lo que lo circunscribe, con la cultura que conoce y vive. Quizá tenga qué ver con las tribus o clanes que ya existían en los albores de la constitución de las sociedades, en esas formaciones tempranas. Eso le quedó en alguna región de su cerebro primitivo, quizá por ello, siga estableciendo esos círculos concéntricos que inician con el núcleo básico de mamá-papá-familia, el barrio, la zona, la villa o ciudad, el estado o provincia, el país, el continente, el planeta y lo etcétera que siga. Este legado de sus ancestros le causa pérdida de enfoque y distorsión una vez que tiene la capacidad de expandir un poco su mente, le provoca que olvide hechos fundamentales como el que el aire que respira una persona en Singapur es el mismo que el de un guatemalteco en su tierra, en otras palabras, no acierta en pensar que la casa es la misma, empequeñeciendo su horizonte y enalteciendo su afán de posesión y de identificación con porciones de tierra.

    No hay una persona o grupo de gente que esté tan ávido de identidad como aquel que la proclama con tanto ahínco, haciéndolo en los rincones más remotos, aunque no haya nadie para observarlo. Un ejemplo claro es la bandera del país que se coloca cuando llegas a un lugar al que crees que nadie más ha llegado, ¿quién la ve en la Luna?, sin embargo, ahí está, bueno, eso es lo que se hizo saber. Lo mismo sucede cuando alguien dice con vehemencia y rayando en la exageración algo que dice ser, así, cuando un individuo, independientemente de su sexo, incluye palabras en su vocabulario repetidamente y se proclama: honesto; moral; recto; muy hombre (o muy mujer, muy gay o lo que sea que diga); apegado a la verdad; justo; de buenas costumbres; sincero; franco y otras más, es importante dudarlo de inmediato porque quizá este disfrazando lo opuesto y muchas veces está tan imbuido en la mentira general, que no se da cuenta. Esto es lo mismo que pasa a nivel masa, a nivel “mucha gente”, a nivel país.

    Por ello los reinos, gobiernos, países y conjuntos sociales justifican una identidad, se toman una corriente de pensamiento, una idea, una bandera, que racionalmente transforman y estructuran para después llevar a cabo las acciones más descabelladas, sean positivas o totalmente desastrosas. Descalificado y aberrante es la eliminación (muerte, desaparición, asesinatos flagrantes, aniquilación de vidas) de un pueblo por otro, como los alemanes hicieron con los judíos, gitanos, polacos y otros; como los estadounidenses también lo hicieron con todos los pueblos originales que se encontraron a su paso en los territorios que hoy ocupa este país o más modernamente, con toda la gente civil de las ciudades de Hiroshima y luego Nagasaki, muerta, mutilada o pronta a morir por la terrible radiación recibida. Estos hechos como muchos otros, se han repetido durante la historia de la humanidad, desgraciadamente.

    La identidad a veces se manifiesta como una radicalización de una idea, de una fe o de una idiosincrasia, así lo parece el nacionalismo, regular o desmedido, también la intolerancia hacia el inmigrante, hacia la religión del otro, hacia el tono de su piel o de sus rasgos. Es como un mecanismo de defensa, el que curiosamente se manifiesta sólo por aquellos que ya están asentados en un lugar hacia los que llegan, se olvida que ellos mismos (los asentados) fueron inmigrantes alguna vez. El hombre es un viajero por naturaleza, alguien que migra, siguiendo las huellas prehistóricas y luego la historia de los pueblos, se evidencia, no hay duda; sin embargo, es probable que se sienta amenazado por los “nuevos” y por ello desarrolle mecanismos de protección que luego traduce en una intolerancia desmedida, que se aleja de todo razonamiento y derecho humano.

    Los países y ciudades, adoptan nombres que los singularizan y los destacan de los demás, la historia lo demuestra, a veces toman el del pueblo, grupo o clan fundador y dominante: Francia recuerda a los francos; Germania (Deutschland) a los germanos (alemanes); México a los mexicas; Persia a los persas; la Hélade a los helenos; Egipto a los egipcios; Inglaterra (England) a los anglos.

    Otras veces el nombre tiene diferente acepción y se refiere a un recuerdo, a una particularidad de su geografía, de su fauna o flora, de lo que parece o representa: Ecuador, por esa línea imaginaria que lo atraviesa y que divide en dos al mundo; Canadá, palabra proveniente del iroqués que significa “poblado” “lugar de cabañas” o “asentamiento”; Venezuela, “la pequeña Venezia”, ciudad que a Américo Vespucio le recordó la escena de las casas sobre los palafitos que vio entrando al lago de Maracaibo; Brasil (terra do pau-brasil), por el “pau-brasil”, ese árbol que así llamaron los portugueses por el color rojizo que desprendía al hervirlo en agua y cuyas ramas les parecían brasas; Japón (Nippon-koku), “el país del origen del Sol”; España, por esa vieja palabra fenicia ya latinizada de Hispania, que en alguna de sus acepciones se refiere a “la tierra de los conejos”.

    En general, los nombres se consiguen mas o menos de estas maneras, también puede ser que la ciudad, estado o país lleve el apelativo de un hombre fundador, de uno considerado importante o de un santo, por ejemplo: la ciudad de Pittsburgh, por un primer ministro llamado William Pitt; Cd. Juárez, por el que fue presidente de México, Benito Juárez García; San Pablo (Sâo Paulo) por el santo de los jesuitas que fundaron la ciudad; Alejandría, por Alejandro Magno, el famoso conquistador macedonio; Bizancio por los griegos fundadores (derivado del nombre de un rey: Byzas), rebautizada como Constantinopla por el último emperador real del imperio romano, Constantino I, luego fue llamada Estambul por los turcos, hasta nuestros días.

    Pero cuando alguien llega como inmigrante a una tierra nueva y se desata los lazos con la tierra de la que proviene y con el pueblo de origen, además de adoptar una nueva identidad deseando enterrar su pasado ¿qué nombre se escoge para este nuevo país? ¿qué colores y qué significado tendrá la nueva bandera?

    Quizá los fundadores pensaron dentro de su pragmatismo: “Ya no somos colonos, eso denota un vínculo con el que estableció la colonia, ahora somos estados; somos trece y para hacernos uno necesitamos precisamente unirnos, entonces somos trece estados unidos, pero, eso es muy genérico, en el mundo hay otros estados que están unidos, ¿dónde estamos?, estamos en América, en el norte. Escojamos entonces el nombre de Estados Unidos de América, pero ya hay otros estados en América que también están unidos. Sí pero de todos ellos, ninguno es de habla inglesa, eso es cierto, quizá uno o dos continentales y una o dos islas. Entonces nos llamaremos: United States of America, ¿y cómo nos llamaremos cada uno al hablar de nuestra procedencia? nos llamaremos… “americans”, “we are all americans”.
En ese tiempo no existían los derechos de autor o marcas registradas y aunque el nombre de América ya existía, alguien lo podía tomar para nombrarse de esa forma, como hoy retrospectivamente, se observa.

    Si hoy, se formara en este mismo continente, un país y sus nuevos ciudadanos carecieran de originalidad y adoptaran el nombre de “Estados Unidos de América II”, ¿habría algún problema? la palabra Estados es de uso general y extendido, la palabra Unidos también, América es el nombre del continente y si un país tiene derecho a usarlo, otro lo podría hacer igual, siempre y cuando esté circunscrito dentro del territorio, aunque no se sabe con certeza si esto fuera posible, inclusive si sucediera o mas aún, si se atreviera, porque ahora sí existen los derechos de autor y las marcas registradas, asumiendo que el nombre así lo esté, registrado o tal vez no importe en el caso de países.

    En el fondo, el nombre de Estados Unidos de América es vago, como se ve, a fuerza de imposición, como un programa de mercadotecnia de una marca, se ha establecido en el mundo sin ninguna duda. Sería fatuo negar a qué se refiere cuando alguien lo menciona, ya sea el nombre del país o su gentilicio, es innegable a qué porción de tierra se indica y lo que significa.

    Pero así como Hollywood, los parques temáticos y en general la media, crean ilusiones, de esa forma ese país ha creado una infraestructura para explicarse, para validar su intención de ser. Quizá porque el mundo se inclina en estos tiempos a ver el tener como la cualidad más importante, olvidándose de lo que se es, olvide que la cebolla se pela por capas y al terminar de pelarla sólo encontrará eso, cebolla, diferente si pela una manzana y sigue luego cortando, al final encontrará la semilla, que seria lo real, la substancia, el corazón, lo siguiente, la identidad verdadera, entidad que en su esencia probablemente este nombre no contenga.

    El país más poderoso del planeta no tiene nombre, o tiene uno genérico, pero eso no ha importado ¿O acaso en el fondo sí? Siempre es posible cambiar…
 
 
 
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fonbòs
 

jueves, 24 de junio de 2010

10 minutos...

Me levanté a la segunda campanada, aunque mejor dicho, al segundo estruendo de no sé que estación que tengo sintonizada en mi reloj despertador marca Sony; a las 7:10am, en lugar de las 7:00am, ¡qué moncerga! quizá eso es lo que me cuesta más trabajo. Aunque lo que sí puedo decir es que aparte de irme despabilando poco a poco y no saber durante los primeros minutos en dónde estoy o lo que estoy haciendo en ese lugar, aún y después de haberme dado una ducha, la cosa de saber que realmente son las 6:10am, ya que estamos en el artificial horario de verano, me desbarata la consciencia de inicio pero me doy cuenta que dormí mejor, quizá porque mi cerebro no funciona adecuadamente a esa hora, por la falta de costumbre, o porque realmente lo que necesito son menos horas de sueño que las usuales.

Entre la bruma de mi mente atontada, veo una imagen de una mujer, fresca, lozana, lista para un nuevo día, de pronto no sé que hace ahí, pero la silueta me gusta y me hace sentir diferente, sin saber de cierto cómo es que esta figura, en este estado de tanteos matutino, de reinicio de conexiones cerebrales con el mundo exterior, está ahí. ¿De dónde vino? ¿cómo?, se me aparece de súbito cuando ni siquiera sé porque estoy parado frente a la pared creyendo que es una puerta, o la inconsistencia de notar si es que me estoy despertando o me estoy llendo a dormir. Cuando recién establezco que ha amanecido y que lo que busco es el armario para sacar la ropa que ya preparé por la noche, es cuando percibo que la imagen que se cuela en los torpes enlaces de mi mente, en su vacilante despertar, es la de mi linda, la que sólo hace unas horas veía por la pantalla de la Mac.

Con este conocimiento, entonces confirmo que el amor que siento está apostado en regiones variadas de mi ser y no sólo en mi mente, es posible que por eso se diga: "te amo desde mi corazón", no habiendo, al parecer, un músculo u órgano también mencionable, nunca decimos: "te quiero desde mis pulmones" o "te amo desde mi estómago", ni "te quiero desde mi hígado", o a lo mejor ha faltado el poeta que dignifique a todos los demás componentes del cuerpo para poder decir: "desde la profundidad de mi páncreas, que tanto trabaja para controlar el nivel de azúcar en mi sangre, te amo intensamente" o esta otra: "con la intensidad de la labor bien cumplida de mis intestinos, te quiero, como a mi duodeno, como a mi colon", pero por el momento el corazón parece tener cierta ventaja ¿por costumbre?, es probable.

La conclusión es que yo a ti te amo con todas las partes de mi cuerpo, no sólo desde mi corazón, también por ejemplo, desde mis clavículas izquierda y derecha...además de amarte con aquello que no se ve, no porque lo esconda... por favor no te adelantes, hablo de mi espíritu o de mi alma....

Escucha, te amo a pesar de que seas una maravillosa persona, te amo a pesar de que seas grandiosa, te amo a pesar mio...te amo aunque seas tan linda...

jueves, 29 de abril de 2010

La anulación del criterio

    Aunque mi intención era ponerme al día y obtener mi nuevo documento, no lo logré, eso de acudir ante una instancia del gobierno aún sigue siendo un desafío para el ciudadano común. Quizá porque el cerebro de esa gente operativa no les da mucho, por más que les dije que yo era yo, no me creyeron, a lo mejor el que fue allí no era yo y el que no se dio cuenta de eso fui yo, pero aunque uno esté seguro que es uno, si no puedes comprobarlo con un documento "oficial", quién sabe si realmente uno sea uno, porque quizá uno sea otro, en otras palabras, sin un documento que te acredite que tú eres tú, nadie te cree, como si el documento tuviera vida propia, sentí que me robaron mi yo y el secuestrador de mí fue un documento. 

    Mucho cerebro el que tenemos pero seguimos siendo irracionales, ¿entonces? ¿para qué tantas neuronas?, muchísima gente sería funcional con una sola neurona, sobre todo para trabajar en el gobierno, qué desperdicio.... Me imaginé a los documentos haciendo fila para hacer algún trámite, ellos no tiene que demostrar que son ellos, no tienen problema para identificarse, fueron paridos por la institución, entonces existen, aunque no piensen por sí mismos, no necesitan comprobar que son ellos. 

    En este mundo de confusión y de pensamientos nulificados en donde hasta los inocentes perros ya necesitan psicólogos, aunque quizá ellos no se pregunten quienes son, igual se les requerirá una identificación, no sea que los confundamos o nos confundan, a pesar de que no transpiremos por la lengua.

martes, 13 de abril de 2010

Soneto // Si vieras…o una mente en desvarío…

Si vieras qué hace mi mente loca
entre amanecer de fulgores rojos,
pensar instantes en esos tus ojos
que aquí la desnuda mano mía toca.

Claro que sólo es un fugaz devaneo,
un juego de mis nervios alterados,
veo invierno y los colores pardos:
azul, blanco, nada, es un contoneo.

Y así por la mañana y por la tarde,
alma y corazón hacen pandilla;
locura esta que bien hace alarde.

Siento cosquilleo sube como ardilla,
mi dentro se deshace quema y arde,
demencia de amor ¡por piedad camilla!

Una gota de amor.

Una gota de amor cayó en mi corazón
sólo eso basto para abrir su puerta
como un torrente infinito llegó luego
para fundirse, para mezclarse, para unirse…

Una gota de amor capturó mi alma
con gracia como el rocío en el pétalo, se deslizó
a lo profundo, a lo escondido, a lo más hondo
en donde las ilusiones juegan en libertad.

Pensar, no había
querer, no existía
desear, no llegaba
imaginar, en el sueño profundo tal vez…

Un juego abierto es el destino
tomar lo que nos pertenece
soltar lo que no es nuestro
saber la respuesta si jugamos

Caminar el sendero contigo
caminar el sendero conmigo
caminar juntos pero separados
caminar libres pero unidos

Pensar, no había
querer, no existía
desear, no llegaba
imaginar, en el sueño profundo tal vez…

Así los días vinieron cubiertos
así también se fueron develados
en ese descubrimiento diario
muchas gotas se vertieron

Pero siempre quedó la primera
aquella gota de amor diáfana y ligera
llegó humilde, limpia, lisonjera
se pegó a la pared de la ilusión…

Sin querer, sin pensar, sin desear
como un juego imaginario distante…se hizo cercano, acariciable…

Pensar, no había
querer, no existía
desear, no llegaba
imaginar, en el sueño profundo tal vez…

La elección.

Te elijo porque me dejas respirar
te elijo porque me impulsas
te elijo porque sigues siendo tú y sigo siendo yo
te elijo porque me toleras cuando soy tonto
te elijo porque cuando eres, irradias luz
te elijo porque admiro tu grandeza en las pequeñas cosas
te elijo porque me amas sin esperar a que yo lo haga
te elijo porque te amo sin esperar que tú lo hagas
te elijo porque hay esa conjunción espontánea
te elijo porque me enseñas
te elijo porque aprendemos juntos

sin mi estás completa, sin ti estoy completo
ambos formamos lo más grande
las sombras y las dudas se esfuman
el ambiente es más terso, más abordable, más intenso

Me elijes porque te suelto cuando lo quieres
me elijes porque comprendo tu dentro
me elijes porque respeto tu idea
me elijes porque tengo tu imagen clara
me elijes porque disfrutas nuestras pausas
me elijes porque en mi descansas
me elijes porque reímos juntos
me elijes porque hablamos
me elijes a pesar de mis yerros, a pesar de mis faltas

Sin mi eres tú, sin ti soy yo
conmigo sigues siendo tú, contigo sigo siendo yo
en la concesión necesaria nos fundimos
creamos lo bello, amamos lo creado
y en esa magia la sorpresa nos aguarda…todo el tiempo.