No hay como escuchar una buena música y a veces, con interpretación vocal, para renovar el espíritu y aderezar el día, y si sumando, puedes ver a los que la ejecutan ahí en el Film&Arts: uno con su varita mágica y que se llama Mehta, y a los otros consumados: Carreras, Domingo y Pavarotti, en el magnífico escenario de las Termas de Caracalla en Roma (1990), aunque la cantada sea en varios idiomas, incomprensibles algunos (por ignorancia, ¿por qué más?) en su forma plana y literal de lo que cuenta pero al fin percibida y sentida muy dentro de nosotros en donde adquiere esa dimensión que trasciende y se aposta firmemente, sacudiéndonos la herrumbre que a veces, se nos va acumulando sin siquiera percatarnos, como diría aquel compañero del llamado dúo dinámico: ¡santa desapolillada batman! .
Qué falta nos hace de vez en vez, a pesar de los puristas del arte que reprendieron a los tres tenores citados. Esa Torna a Surriento que me hace recordar ese viejo casete que tengo por ahí (todas napolitanas cantadas por Pavarotti) la época que quise aprendérmela pero que ni en el baño me salió; Nessum Dorma, aria del acto final de Turandot de Puccini que indefectiblemente me lleva a Cher y al Hechizo de Luna que vi hace años y en donde en una escena aparece ella escuchándola en el teatro con lágrimas escurridizas y que luego traté de imitar (lo de las lágrimas) pero que nunca me salieron y me contenté con el nudo en la garganta; Granada de aquel flaco veracruzano, poeta de las canciones, cuando éstas últimas lo eran y de verdad, enamorado de esa tierra andaluza que fue árabe hasta el final; O Sole Mío canción también en ese casete que por ahí anda de napolitanas preferidas y que hoy escuché y vi en la tele; otras más, unas ni “fu” ni “fa” o en otras palabras, desconocidas y que no tuvieron esa parte vinculadora que te hace traer a la superficie “momentums” y sensaciones, como le sucede a todo el mundo.
Nunca será lo mismo: “Juan Domínguez” que “no me ingues”, lo que traducido quiere decir que para cada quién los fragmentos musicales significarán: una cosa, la otra o nada, depende la formación, carácter, cultura y demás de cada uno y de cada otro.
Una semana pasada de fiesta, de funeral, de libros y de café platicado. La fresca otoñal se dejó sentir por esta ciudad metropolitana, un poco de mojada, como dicen de “chingaquedito” o de “mojapendejos”, en algunos casos como rocío, suficiente para que los conductores que se pegan al volante lo hagan con más ahínco por aquello de que con la nariz se puedan ayudar, como dice mi ex suegro, que se quedó entre la Germania, el lago Atitlán de las tierras altas de Guatemala y los Cavazos en Nuevo León: “aquí a la gente (conductores) se le moja el cerebro cuando llueve, se apendejan pues”, palabras ciertas y precisas.
Semana por otro lado de vaivenes, desesperos momentáneos y disparos de desconfianza, nuevamente de calmas y de dejar que las cosas caigan por su propio peso, aunque esa caída gravitacional no se aviste aún y sólo veamos ese bombardeo incesante, comercial y publicitario del feliz Santa Claus que trae “cosas” para que “tengamos”, más que para que seamos, muy a tono con el consumismo desmedido a falta o en detrimento de lo que realmente adolecemos y que tratamos de sepultar.
¿Te ha pasado que te quedas con la mente en blanco y lo que piensas decir o hacer nomás no te llega? Seguramente te hace falta un pequeño empujón, una idea, un concepto, una directriz que tienes en tu interior pero que se vuelve esquiva, se esconde y muchas veces se disfraza, como cuando escuchas “¡drop your gun!” ¡Chin! ¿Te quedarás desarmado? ¡Zas! ¡En la madre! dirías, ¡desarmado, mis cojones! y vuelves a agarrar aire y buscas, escudriñas y nada, sólo cuando te tranquilizas la idea se aparece, vuelves a encontrar el rumbo, regresas al camino.
Se te refleja por medio de una persona, de un párrafo que lees por aquí o por allá, una señal cualquiera que en otras circunstancias podría ser fatua y pueril. Me sucedió ayer, releyendo a Louise L. Hay, haciéndome recordar que la aceptación de uno mismo, así como somos, el amor que nos tengamos, será lo que reflejemos y el estado de bienestar que tengamos. En una cita dice: “El resentimiento, la crítica, la culpabilidad son los patrones más dañinos, la liberación del resentimiento puede disolver incluso el cáncer, debemos liberar el pasado y perdonar a todos, cada uno de nosotros es ciento por ciento responsable de todas nuestras experiencias”. A veces se me olvidan las sencillas pero trascendentes palabras del Kybalión y sus leyes universales, este libro de Hay, viene muy a propósito de estas leyes ¡cómo carambas las olvido en la vida diaria! Me pasa a mí, te pasa a ti, nos pasa a todos, algunos como yo con cierta frecuencia a otros con menos.
Entre azul y buenas noches, entre valores trascendentes y valores de inmediatez material, en estos días he estado tratando de recuperar espacio en mi laptop. El disco duro lo tenía casi lleno, esto provocaba mensajes constantes del sistema sobre espacio reducido y liberación de éste. No soy muy entendido en estos asuntos pero ya ayer recuperé unos 10.5 gigabytes de espacio. Saqué del disco duro directorios completos de documentos de trabajo, aquellos que no uso regularmente pero de los que sin embargo, no me quiero deshacer, los envié a un disco externo. Me deshice también de programas de aplicación que no utilizo y me quedé con los que para mí son esenciales, cosas de las compus y de uno.
Chaplin y Hitler, ¿qué tiene en común? Como personas y pensamiento, nada, como entidades populares y bien conocidas en el mundo, todo. Vi la genial escena de Chaplin cuando juega con el mundo (como pelota) en su personificación de un dictador, es fascinante, extraordinaria, el discurso que hace al final de la cinta, que escuché en inglés y leí en títulos en portugués, es maravilloso.
La parodia de Hitler hecha por Chaplin, contemporánea de ambos, le debió caer a Adolfo, si es que la vio, de muy mala manera. Por asociación también luego escuché un discurso (de unos 10 minutos) del Führer und Reichskanzler dado ante las juventudes alemanas, qué manera de hablar, qué fortaleza y templanza, ¿cómo pudo un hombre y su imagen llevar al pueblo entero hacia la guerra, hacia esa guerra? ¿Cómo le dio ese sentido de orgullo y de poder a la gente? Un elaborado programa de condicionamiento, una incisiva campaña de formación del peligroso nacionalismo hacia las masas de jóvenes. El nacionalismo mata al individuo y da vida a un grupo, un grupo, por supuesto, opuesto a otro, diferente a mí y por lo tanto, mi enemigo. Los grupos generalmente dividen, aíslan, diferencian, cuando éstos son exclusivos y no inclusivos, generalmente parten consciencias, claro, consciencias desafortunadamente inconscientes y decididamente ignorantes.
Esto me hace recordar a ese sabio libre pensador de Khrisnamurti cuando habla del nacionalismo y lo que acarrea, cuando a la bandera (cualquier bandera) la define como “un trapo”, quitándole cualquier simbolismo que algunos hombres le den y los demás nos lo creamos, al final es eso, un trapo, un pedazo de tela, sin alma, sin espíritu, a diferencia de lo que nosotros somos, sí, materia también: unos kilos de carne, unos litros de sangre, huesos y células, -y en estos tiempos algunas con algo de silicón-, pero mayormente viviente, con alma y espíritu, ¿morir por un trapo simbólico? ¿Puedes ver en dónde está el valor? ¿Cómo es posible que alguien sea un héroe porque se envolvió en un trapo y se tiró al vacío –historia por cierto no comprobada y al parecer ficticia- todo para que el enemigo en turno no se hiciera de ese símbolo? ¿Qué no, entrados ya en materia, podría haber sido más útil haber defendido la plaza hasta el último aliento? Aunque se haya tirado, de todas formas el trapo se puede recuperar y ¿entonces? ¿De qué valió esta “hazaña” ? de todas maneras, perdimos, si seremos buenos…
Hoy leí un artículo acerca del crecimiento del fraude a nivel mundial, relacionándolo con la multicitada crisis, también de alcances planetarios. Por medio de una encuesta llevada a cabo por la firma PricewaterhouseCoopers, los resultados arrojan que por cada 3 empresas encuestadas, una de ellas ha tenido un delito financiero interno (cometido por empleados) durante los últimos 12 meses. El más común ha sido la malversación de activos, seguido por los fraudes contables y luego por los de corrupción y “mordida”. Otros más reportados son: relacionados con la propiedad intelectual, lavado de dinero, fraudes fiscales, información privilegiada y espionaje. Menudos pájaros de cuenta que se han añadido al canal delincuente, unos por ganas y otros porque ahí estaban y ni modo de dejar pasar la oportunidad.
Lo bueno es que México no ocupa el primer lugar ¿decepcionados? No qué va, ¿cuándo se ha visto que destaquemos en equipo? ¿Para qué desacostumbrarnos? Los líderes con mayores delitos y según los resultados de esta casa consultora, en este orden son: Rusia, Sudáfrica, Kenia, -oigan ésta- Canadá (!!!¿???) Y claro que por supuesto en quinto lugar, México. Esta nota quizá la hubiese leído sin más, así, México “mordiendo el polvo de nuevo”, pero lo que me hace darle un nuevo contexto y verla con más detenimiento es que hace unos días me he enterado de primera fuente (por teléfono y de alguien de dentro), del despido de un Gerente de Ventas Nacional y su jefe, el Director Comercial, de una reconocida empresa, precisamente, relacionado con fraude y malversación de fondos.
Pensé, ¡íngue! aquí en mi patio, estos cabrones haciendo sus fechorías, con buena chamba y yo sin ella, qué jodidos estamos.
Hoy que leí el reporte sucinto de PricewaterhouseCooper, me he sentido en otro nivel, qué bueno que no vivo en Rusia y que además empecé a releer a Louise L. Hay.
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