domingo, 13 de enero de 2013

Carta a Clara (I)

    Es cuando escribes, o cuando al menos lo intentas, que te vas dando cuenta lo poco que sabes, lo alejado que estás en querer transmitir la cosa del sentimiento, cómo te ocurre, cómo se viene a ti en su momento y luego lo quieres recordar más adelante, minutos, horas, días, años después.

El escenario, los olores, los ruidos, aquellas miradas de asombro o de sosiego o de hambre, de fortuna mal adquirida y que no te merecías pero que sin embargo tuviste que asumir, con orgullo o sin él, malos momentos, buenos finales y terminaciones que nunca acabaron y que se detuvieron en el tiempo, que te magullaron el pasado y te mastican el presente haciéndote los instantes posteriores irregulares, conduciéndote como si lo supieras, como si tuvieras la razón, como si nada hubiera pasado y una falsa sensación de llenura te confirmara, muy alejado de lo que fuiste en el principio, cuando la inocencia te obligaba a ver el mundo de forma blanca, sin manchas, inmaculadamente radiante, como podría haber sido para que quedaras sin muletas, sin ese cabestrillo que ahora sólo te permite utilizar tu mano izquierda, la menos útil, para empezar a escribir esa carta, que quién sabe realmente que mente la dirija y que rasgos dibuje, porque tú, hace mucho que no estás aquí, tus maestros te arrastraron al acopio de datos, al atiborramiento de fechas y lugares, conceptos que no podías pensar y que mecánicamente y de manera simple añadías, acumulándolos, luego soltándolos para hacer las veces de parecer razonablemente preparado; tus padres, si los tuviste contigo, confabulados en ese adoctrinamiento despiadado, haciendo las veces de continuadores de la falacia, del entrenamiento para convertirte en imagen y semejanza del creador, con todas aquellas leyes morales infalibles que nadie practica pero que todos pregonan a veces con entusiasmo desenfadado, concluyente, poco más o menos como las leyes escritas del estado en el que vives y socialmente te desenvuelves, letra muerta.

    Esa moral disfrazada de las más tiernas e inocentes sentencias, te ha aprisionado a ti y a mi, nos presenta una realidad irreal, quizá por ello en estos tiempos o desde siempre, el concepto de relatividad se ha hecho fuerte, la suerte de lo que mejor acomoda, el fin por los medios que sean, qué importa si arrastro a éste o al otro, lo absoluto se aleja en tanto lo que observamos se distancia de lo que se dice que se hace o debe de hacerse. Loca, eso es lo que eres, pero este es un término vago y como muchos de los que utilizamos, un eco que todos asumimos que es, por eso lo repetimos como altavoces, viejas bocinas deterioradas, desconectadas de nuestro cerebro y que sólo emiten señales de nuestro sistema nervioso alterno o desde aquella parte antecesora de nuestro órgano cerebral que no tiene razón, sólo respuestas programadas.

    De locos quiero diez, no más, un mundo realmente cuerdo eliminaría a todos los demás, quien no piensa ya se elimina por sí mismo ¿y quién nos mantiene a flote sino las locuras bien dirigidas?, el exceso de cordura, aunque sea de la bien nacida, en este caso de la inocencia, nos quebraría tarde o temprano, por eso la noción de salida, más atrás del Edén y de la mordida a esa manzana, mucho, mucho más atrás del computador y mucho muy diferente de la pretendida asunción culposa de la mujer -y del hombre que la siguió-, más allá de una necesidad de purificación, más bien de redención, muy al contrario del cuerdo relato del pecado, que quien lo concibió o concibieron, parecerían de la sección de los locos e insanos, pero no es así, las fuentes psicológicas indican un sentimiento profundo de aprisionamiento y de devota culpa, de alteración en la percepción de la realidad y expresión de la misma, en este caso, una mente enferma, pervertida y manipulada por una enorme ignorancia, uno o varios cuerdos esquizofrénicos escribiendo con la mano menos hábil, con ideas prestadas o en otras palabras, nunca locos sino seres mal concebidos, errores de la naturaleza, que no es extraño que existan y a montones.

    Y así te mueves, así me muevo, con los personajes fantasmales que aparecen de tarde en tarde, asaltando la blancura inicial, violando los santuarios que ni sabíamos que eran santuarios, cosa aún más grave, convirtiendo el acto de maldad inocua en un capítulo intencionadamente diabólico y perverso, llevando a esas imágenes prohibidas que saltan en su frente a la actuación real, puramente irracional, escogiendo al copartícipe del rebaño a la mano, al inocente, casi recién salido (o salida) de la cama mojada, hacia los delirios de unas actuaciones a destiempo, destruyendo la candidez necesaria de esa etapa, despertando temores que nunca debieron haber existido, trastocando el crecimiento de una locura saludable convirtiéndola en una cordura enferma, alienada, marchita. Sólo una voluntad fuerte y el encuentro con un nuevo faro en el camino, capaz éste último de restituir aquellos valores y credibilidad mancillados tan salvajemente, son en extremo requeridos para recomponer, aunque ya no rehacer, las ilusiones del príncipe y de la princesa, del reino de la locura ardiente en donde darse está comprendido en el juego mutuo, conocido y pretendido.

    Pero los fantasmas engañarán, cobijarán las intenciones, la mente, esquiva y mañosa, hará su parte, descubrir la verdad será arduo, la duda, sana en su nacimiento, se volverá mezquina, los acuerdos y preceptos emitidos por las mentes cuerdas y entrenadas, como abono, desviarán esa duda en buen estado, llevándola hacia la enfermedad, hacia resaltar el alma egoísta de la otra entidad, sus pretendidas dañinas intenciones, que quizá sólo sean imaginarias, pero el daño se hace, inmisericordemente.

    Es aquí en donde ese faro luminiscente se hace necesario, primero lo adjudicamos a alguien separado de nosotros, y lo es, pero sólo al principio, cuando aprendemos que esa concordia, esa fuerza de identificación, que nos soporta en nuestra suerte de vida, proviene de nosotros mismos, la locura nos bendice, la puerta se entreabre, ya no somos lo que creíamos que éramos, somos otros rostros, somos todo el conjunto, somos nuestros errores y nuestros aciertos.

    Los fantasmas que nos han hecho daño y que nos quitaron lo que no sabíamos que teníamos, aquellos que nos han desviado de la ruta inicial, son seres y ocasiones perdidos, pero la pérdida es de ellos, no nuestra, yo estoy incólume, mi inocencia sólo se alteró por una enfermedad y aunque es probable que nunca sane del todo, puedo seguir afirmándome como la identidad única que soy, siempre y cuando no caiga en la monótona cordura asesina de los demás.

    Ser yo es lo más difícil de llevar a cabo, regularmente soy mi familia, soy mi ciudad, soy mi trabajo, soy mi país, soy mi cultura, soy mi religión, soy mi nombre, soy mi sexo, pero todo esto es falso, son cicatrices en el juego de la vida y la muerte, son defensas psicológicas que consideramos verdades, y lo que nos cala, lo que nos hiere, es no saber y pretender que sabemos, pero escúchame Clara, nadie lo ha sabido y nadie lo sabe, quién así lo quiera expresar sólo es que está educado a la manera cuerda, a lo que pobremente puede simplemente repetir, al balbuceo de una sociedad enferma y con miedo, mucho miedo.

    Suerte que estés ahí, haciendo locuras, que hacen falta para que los cuerdos tengan de qué hablar...al fin de cuentas, a veces, la incomprensión no es más que una profunda ignorancia con una buena dosis de temor...

Afectuosa y locamente, Lóthar


Comediantes



 “…los buenos comediantes nos dan todo al placer que de su arte se puede conseguir, apareciendo vestidos de diario y con traza corriente, mientras los aprendices y los que no son de tan altas escuelas necesitan disfrazarse, enharinarse la cara y deshacerse en furiosos gestos para lograr que riamos.” 

Michel Eyquem de Montaigne/1580

  Hace un par de quincenas, más o menos, anduve por la zona llamada Gran Plaza o Macroplaza, como es común nombrarla. Desde que esta última palabra se filtró en las adormecidas consciencias del pueblo, finalmente y por economía de sílabas, el lenguaje diario la fijó simplemente como “La Macro”. Te veo en La Macro; pasó a dos cuadras de la Macro; será en la Macro; frente a la Macro; etc.

    Como digo, andaba por “La Macro”. Observé a un grupo que se arremolinaba circularmente a algo o a alguien, pronto descubrí de qué se trataba. Un par de tipos representaba una discusión alegórica y de hechos intrascendentes intentando hacerlos jocosos por medio de un lenguaje soez, utilizando palabras floridas sin ton ni son, más bien, torciendo el diálogo y la situación para utilizar tal lenguaje, que siendo no natural (haciéndolo de esta forma), se convertía en una punzante palabrería vulgar para intentar obtener la diversión del público a su alrededor, quizá pensando conseguirlo por el sólo hecho de gritarla con fuerza. Chistes cansados buscadores de la imaginería del doble sentido, del repetitivo personaje amariconado y del payaso sin muchos recursos, todo ello, desnudando el sentido del “chiste”, así, sin dejar nada a la imaginación, digerido, a fin de cuentas, muerto desde su inicio. “Vamos a llamarnos cacahuate, tú eres caca y yo huate” y por el estilo. Lo interesante es que el público que ahí estaba, reía con cada nadería o con cada gesto amanerado o con cada enviada entre ambos a ese lugar incierto, mítico y posiblemente muy alejado del que todos hemos oído hablar (hemos y nos han enviado) o con cada “te voy a meter quién sabe qué por quién sabe dónde” y otras circunstancias afines . La gente seguía ahí, en la rueda, disfrutando del “espectáculo”.

    No quiero parecer pusilánime, el lenguaje ahí está, para ser utilizado, en todos sus grados y variantes, hay comediantes que hablan, si se puede decir, peor que estos dos tipos de referencia en la vía pública, sin embargo son excelentes rompedores del discurso y lo voltean con naturalidad, con lo que diríamos que todo tiene su contexto, sin excepción la comedia o el disparate y quien lo desconoce cae en la vulgaridad sin remedio, como yo lo hice hace algunos años, queriendo parecer “realista” y divertido en un relato que no era mío y que transcribí pésimamente, utilicé de la misma forma, el lenguaje arrabalero en aras de alcanzar cierto folklorismo y sentido de verdad para darme cuenta, con el susodicho escrito, que se alejaba de precisamente lo que pretendía, el poseedor de la anécdota me lo hizo saber claramente, la hoja conteniendo el “texto” fue rota despiadadamente por él y tirada a la basura sin mayores preámbulos, admito que tal vulgaridad de composición y yo mismo, nos lo merecimos.

    Somos muy simples en esta región, buena parte de la población tiene un nulo sentido crítico y se conforma con el grito y sombrerazo de la calle y de la televisión abierta que no implica, por ser gratuitas, tener que seguirlas. Los programas de la tarde en la televisión van por el rumbo siniestro de un contenido vacío de creatividad: las botargas brincadoras de voces como de doblaje aniñado, clásicas en películas de los 70’s; los personajes de chicas con falditas y colores centelleantes de moralidad infalible, sonrisa perenne y concejos bobos; los muchachos jóvenes que se visten igual, hablan igual y al parecer, padecen de los mismos tics y enfermedad nerviosa; los tipos fornidos que se la pasan cotilleando y quieren pasar por divos o seres candentes e irresistiblemente simpáticos; los conductores, o bueno, llamados así, que se la pasan de un lado a otro del estudio tratando de crear un ambiente festivo emitiendo una verborrea con el sólo objetivo de no tener objetivo, ¿Dónde están los guiones?, tal parece que no existen. Y esto es la barra de la tarde y esta es la televisión que mucha gente ve, incluyendo a los niños.

    Me acordé de un reciente cartón de Patricio, al que considero un excelente caricaturista: un tipo, con la infaltable barriga y gesto de “más sin embargo” o dicho de otro modo, de tedio, está viendo la televisión apoltronado en su sillón y a un lado, una mesita con un frasco lleno de líquido conteniendo su cerebro. Eso es lo que regularmente sucede cuando nos enchufamos al televisor o a la tablet o al teléfono celular o a la computadora; dejamos de pensar y colocamos el cerebro a un lado. Si todo sigue igual, la gente, parte de ella, seguirá haciendo un círculo, riéndose ante lo que tengan enfrente sin importar mucho el sentido de lo que expongan, total, se mueven y parecen graciosos. 
 
º

martes, 21 de junio de 2011

Un rincón...

    Todos tenemos instantes sobresalientes que han marcado un momento significativo, memorable, en nuestro devenir, esa serie de acontecimientos que van formando nuestras experiencias y nuestra historia personal. Esos espacios los llevamos con nosotros, son parte del bagaje de nuestras neuronas y ahí están, en nuestra mente. 
     
    Quizá unos no son agradables, ya que los hay de todos los sabores y matices, unos los traemos en la subconsciencia, difíciles de digerir y regularmente, de comprender, otros los tenemos presentes en la consciencia, y nos remontan a acontecimientos de alta resonancia, y que en su ejecución, nos provocaron un movimiento de los sentidos, una revolución de todos nuestros órganos, un temblor en la totalidad molecular, desde los dedos de los pies hasta la punta del cabello mas largo en nuestra cabeza. 
 
    No sabíamos qué seguía, a los quince años la concepción del mundo es limitada, al menos para aquellos que no hemos vivido en un país en guerra o en conflicto o más aún, que no hemos pasado por un hecho de suma violencia en la niñez, en donde la maduración, en este caso como en toda zona más caliente, es tan veloz que la ingenuidad deja de existir, brincando esa estadía para irse directo a la adultez feroz y defectuosa, sin el equipaje completo con la violencia enquistada muy dentro. Pero siempre hay un resquicio por ahí en nuestra psique que nos coloca en la búsqueda y conquista de las áreas puras, de ese oleaje que nos hace falta para seguir cuerdos, para respirar, para humanizarnos y recrear la esperanza. Sin duda, experimentar es la mejor forma de adquirir conocimiento, de integrarlo a nuestro paquete y de decir: lo aprendí, lo hice. 
 
    Claro que no necesitamos experimentar todo, hay experiencias que nos lastimarían y nos destruirían, todo está en equilibrar el sentido de lo que somos y de la senda por la que transitamos, con una dirección de lo mejor para nosotros sin menoscabar a los otros, como hace referencia en lo que dicen que dijo B. Juárez. En ocasiones olvidamos que no sabíamos y que tuvimos un inicio, menospreciamos a la persona -desde antes de salir del útero ya somos una persona- que recién lo descubre y ponemos nuestra cara de adulto experimentado, se nos va la mano, acabamos en la soberbia y la interacción con el otro se descompone, se deteriora, se termina la comunicación sana, y las brechas generacionales se acentúan y luego no sabemos qué hacer. ¿Qué carajos dice éste? Además de los rincones mentales, existe el lugar físico, con su temperatura y circunstancia en donde pasó el hecho, el rincón en donde lo experimentamos, sitio que en la mayoría de los casos, no escogemos, sino que surge de forma espontánea y natural, ciertamente nos toma desprevenidos, con la guardia baja (si se puede tener guardia a los 15 años). 
 
    Ya desde los trece, algunos antes y otros después, las formas femeninas nos empiezan a inquietar, iniciamos a sentir algo que no sabemos exactamente de dónde proviene pero que nos empuja a buscar la visualización, la compañía -bastante aniñada por nuestra parte- del sexo opuesto. Ellas, a la misma edad, nos rebasan en intereses, nos aventajan en el paso a la pubertad, de calle, como la naturaleza lo dicta. Vistos atrás, en ese tiempo, somos los niños aún tan niños, torpes en los acercamientos, afirmándonos masculinamente -hay quién escoge otras opciones, como todo- pero con una ignorancia soterrada en esa primigenia imagen del hombre que algún día seremos, que ahora nos mueve a risa pero que en su momento era algo que había que tomar muy en serio. Esa mañana -a los trece años- en que pensamos que nos habíamos orinado ¡a nuestra edad! y donde descubrimos que el sueño que tuvimos fue el disparador de esa humedad gratificante y extraña que no se parecía a la orina y que originalmente creímos; corríamos al baño a averiguar qué había pasado, qué enfermedad habíamos pescado ¿Y qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos para que nadie se entere? No hubo aviso. 
 
    Luego vamos averiguando, consultando y encontramos que hay una parte que crece y que decrece -apéndice más notoria entre los niños-, a veces sin una causa aparente pero con una dosis frecuente siempre de placer y que es normal. La naturaleza y el instinto. Con el paso de los meses y gracias a la experiencia, tenemos ya dominado el tema, aprendemos a manejar la situación, inclusive a provocarla, aunque el sobresalto del sueño húmedo siempre te toma por sorpresa y si se alcanza a despertar antes y llegar al baño es un alivio, nada qué lavar subrepticiamente -a escondidas- ¡uf!. Una plaza llena de vegetación, formando un cuadrado alrededor de las cuatro calles que la bordean; bardas chaparras de roca y ladrillo, maceteros integrados al conjunto; pisos de adoquín; desniveles con escalones y corredores amplios; algunos flamboyanes con sus flores vivas anaranjadas y sus pequeñas vainas semilleras; otros árboles con hojas enormes y otros con unas pequeñitas; una palmera espigada y alta aquí y otra allá; un verde grato a la vista, áreas sombreadas que inducen frescores. Al centro de la plaza se encuentra una unidad médica de socorro, paredes en blanco rodeando el circuito en donde contrasta la cruz bermeja. 
 
    Aquí en este lugar regularmente tranquilo, con mis quince (que parecían once) y con los trece de ella (que parecían dieciocho) nos reunimos una tarde que muy pronto se convirtió en noche pero ¿A quién le importaba? Las luces de las luminarias, repartidas en toda el área eran insuficientes para destacar claramente todo lo inmóvil, y lo que no lo era pero que lo asemejaba. Sitio justo para una plática bajita, casi susurrada, de esas de enamorados. Ocasionalmente se podía observar un movimiento suave, una silueta o el caminar de dos paseantes. Todo a punto para el sosiego aunque el corazón latiera más allá de lo acostumbrado y sin mover el cuerpo un ápice, combinación hormonal con la mente y el entorno a modo. Entrelazados en un abrazo un tanto nervioso, desacostumbrado a tener a alguien tan cerca, junto, pegado y que además, te gusta. 
 
    Qué decir del estómago ¿Estaría ahí en su lugar, no se había movido? sí, cambiaba de posición, pero no preocupaba tanto como los dientes o mejor dicho, la mandíbula ansiosa, eso de castañear en un ambiente tan cálido distraía la intención. ¿Cómo es esto, qué se hace con la lengua? ¿y la saliva? ¿y si la muerdo? ¿es de lado, a su izquierda o a la mía? ¿cuánto dura? ¿respiro o me contengo? ¿cierro los ojos o no? ¿qué se hace con la nariz? en los filmes parece tan fácil, pero ya aquí, en directo, de verdad, es diferente, al ver las películas uno está tranquilo y desapegado. Además cuando ella tiene la ventaja y ya no es una actividad totalmente nueva en su experiencia, como que la presión de no “regar el tepache” se incrementa. Uno pensaría que la cosa va precisamente como en los filmes, en donde los enamorados principiantes lo hacen naturalmente como si lo supieran, nada más alejado de la realidad. 
 
    Es como todo lo que aprendemos, primero lo hacemos torpemente, cuando dimos los primeros pasos o nos subimos a una bicicleta, seguro nos caímos muchas veces. Así, con el ánimo de aprender y de aprender bien, accioné. Aliento con aliento sólo faltaba cerrar la delgada brecha, y ahí vamos. Aunque ese primer intento casi termina en un despotillado de dientes, un choque serio entre dos marfiles de diferente dueño, tomé nuevos bríos y atendí los concejos pacientes de la maestra que tenía enfrente, y ya esta segunda vez estuvo mucho mejor. Mi primer beso real, me transportó a no sé qué lugar y se fijó en mi memoria. En perspectiva, fue más fácil que caminar o andar en bicicleta, aunque seguí la práctica (y sigo) para ir mejorando. Después vinieron otros descubrimientos, otros despertares, pero la fuerza de éste, ha permanecido en un rincón al lado de una cruz simétrica y colorada... ¿Alguien tirará la primera piedra? 
 
fonbòs

Sobre la Felicidad/ensayo

En la Declaración de Independencia del 4 de Julio de 1776 de las entonces trece colonias iniciales de los actuales Estados Unidos, se mencionan ciertos derechos inalienables del Creador para todos sus creados, y dice: “que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

También dice: “...todos los hombres son creados iguales”, pero lo que no explica es quiénes eran o cómo definieron eso de “todos los hombres” porque si no ¿qué eran los esclavos que tenían muchos de los firmantes de esta acta separatista y que continuaron bajo este régimen mucho tiempo después de conseguida la independencia de la Gran Bretaña? de acuerdo a estos juicios y siguiendo esta lógica, no eran hombres.

La esclavitud siguió estando activa en buena parte de los EEUU y no es sino hasta 1865, terminada la guerra civil y con la carta de Emancipación hecha universal y permanente que fue abolida en todo ese país. En el papel, los esclavos ahora eran también hombres, esto es, por decreto. Volvían a ser lo que originalmente fueron (como especie) cuando nacieron en África, un acontecimiento feliz ¿de verdad trajo esto la felicidad o fue el inicio de su búsqueda? y los que ya se definían como hombres pero llegaron como colonos -que suena mejor que invasores- ¿eran ya felices? ¿lo fueron al independizarse de los británicos o cuando fueron eliminando sistemáticamente a los pueblos indígenas que se encontraron y les afeaban el panorama? Éstos pueblos indígenas y de acuerdo a los avenidos, tampoco eran hombres ¿o sí?

Dejando aparte la vida, que esa sí está de más decir que es un derecho divino y no de los hombres (los que creen que lo son y los que no) y el concepto de la libertad, tan machacado y paseado de acuerdo a conveniencias de los momentos, en este contenido nos resta el de la felicidad o como lo menciona la declaración, su búsqueda, pero ¿qué es precisamente lo que define este concepto? ¿es que nos vaya bien? ¿es que no suframos? ¿es tener todo lo que deseamos? ¿es que alguien o muchos nos quieran? ¿es contar siempre con todos los medios económicos suficientes y más que eso? y si tenemos qué buscarla ¿está entonces afuera? ¿dónde está o qué es esto de la felicidad que en primera instancia nos suena cursi y meloso?

Jorge Bucay en su libro “El camino de la felicidad” dice: “...lo importante no es definir la felicidad de todos, ni qué debe significar para los demás. Lo importante, lo imprescindible -me siento tentado de decir lo urgente-, es decidir qué significa la felicidad para cada uno.”

Más adelante agrega: “...sobre el significado de la felicidad no se puede legislar.” Cada uno de nosotros le dará el significado que más se acerque a lo que piensa acerca de lo que es la felicidad, innegable derecho, aunque es bueno contar con alguna información que nos amplíe lo que pensamos de ello y quizá hacernos entender que la felicidad no necesariamente quiera decir que las situaciones dolorosas estén ausentes o que aquél que sufre, obligadamente caiga en la categoría de infeliz, en este sentido el curso de la vida es neutra, la naturaleza no se rige por lo que está bien o lo que está mal, ésta actúa de acuerdo con una directriz mayor y de mucha más envergadura que el razonamiento humano.

La naturaleza, junto con todas las formas de vida y no vida, incluyéndonos a los humanos (a veces engreídos), formamos parte de la creación, como así la muerte, los finales y los principios, los nacimientos y lo que desaparece para luego volver a aparecer de una nueva forma.

“La verdad es que la búsqueda de la felicidad es inherente a nosotros, lo sepamos o no y sea cual fuere la forma en que la denominamos. Llamémosla el deseo de pasarla bien, el camino del éxito o la necesidad de autorrealización, ésta búsqueda forma parte irrenunciable de nuestra vida”, nos dice Bucay, y continúa: “Y con la idea que cada uno tenga respecto de ella, iniciará este camino cuando lo desee o cuando llegue a él, o cuando no le quede más remedio”. Hablando con un amigo alguna vez, le pregunté qué era para él la felicidad, me respondió: “una noche de carne asada con mis amigos, cervezas y sí hay mujeres, mejor”, es quizá un concepto muy básico y rudimentario pero es “su concepto”, tiene más qué ver con un estado hedonista, un momento de placer y no necesariamente con la felicidad vista como una continuación más amplia y de mayor alcance en el tiempo de vida de cada persona, aunque la labor es de cada uno.

Es fácil confundir los lapsos de placer o momentos de alegría con la felicidad, como alude Bucay, el estar feliz es diferente al ser feliz y comenta sobre el primero: “se relaciona con la suma de momentos de plenitud, implica un concepto de lucha: tratar de estar alegre cada vez más tiempo, conseguir cada día más buenos momentos, trabajar para buscar ese estado de goce, intentar estar contento con más y más frecuencia...Si se consigue encadenar estos momentos, sostienen algunos, se podría hasta tener la “falsa idea” de que se ES feliz, por lo menos hasta que un duro revés nos despierte a la realidad”.

Respecto al ser feliz nos dice:”Aceptar que existe el concepto de ser feliz tiene punto de partida en una posición absolutamente distinta. La felicidad se constituye aquí en un estado más o menos permanente y más o menos divorciado de los avatares del “mundo fáctico” (mundo real), aunque no esté bien definido por dónde y con qué se accede a ese estado”.

Un hecho concreto es que los satisfactores y comodidades que cada quien posea en su vida no son un factor preponderante en la obtención de felicidad; nos dan cierta seguridad, ciertas facilidades, libertades de movimiento, acceso a diversiones y quizá también, mayor acceso a lo que la mayoría no, pero si esto fuera la felicidad como un estado de “ser” ¿cómo se explica que algunos de los países con los mayores índices de “felicidad” también lo son en la tasa de suicidios? de acuerdo a Gallup y la encuesta que realizaron en 132 países acerca de la “felicidad”, se obtuvo: “las personas consideran otras variables, además de la monetaria, a la hora de definir su grado de felicidad.

Otros factores, como ser respetados y estar conectados con los demás tienen más importancia que en otras épocas. Sin embargo, la lista de los países más ricos de la tierra que se desprendió del mismo estudio está encabezada por diez estados sin problemas económicos. Sólo uno es latinoamericano: Dinamarca, Finlandia, Noruega, Holanda, Costa Rica, Canadá, Suiza, Nueva Zelanda, Suecia y Austria dicen ser los más felices. Le siguen Australia, Estados Unidos, Bélgica, Brasil y Panamá”.

Un estudio llevado a cabo por la Universidad de Warwick, el Hamilton College y la Universidad de San Francisco reveló lo siguiente: “países europeos como Dinamarca, Islandia, Irlanda y Suiza, u otros situados en el continente americano, como Canadá y Estados Unidos, todos ellos considerados entre los más felices del mundo, son también los países donde más suicidios se producen. Según los autores de la investigación, el nivel de felicidad de los demás sería un factor de riesgo de suicidio porque las personas descontentas que viven en lugares donde el resto de individuos son felices tienden a juzgar su propio bienestar en comparación con el de las personas que les rodean”.

De esto se desprende claramente que en realidad lo que se mide no es la felicidad sino el grado de prosperidad, la situación de desarrollo económico, como da a entender este último estudio: el bienestar general. La asociación que hacemos comúnmente del grado de felicidad, si es que la felicidad puede medirse, con el nivel de bienestar es extendida y socialmente la admitimos como cierta, pero...al parecer no es así.

Denis Pragger define, bajo esta línea y manera occidental de ver la felicidad, una fórmula matemática basándose en dos elementos -expuestos abajo- cuya confrontación provoca lo opuesto, la desdicha. La fórmula entonces nos dice que la felicidad(F) es inversamente proporcional a la desdicha(D), en este caso: F=1/D, mientras el valor de la desdicha sea menor la felicidad será mayor y viceversa.

Para obtener la desdicha(D) se consideran: nuestras expectativas(E) o lo que esperamos que suceda, restándole los resultados(R) o lo que efectivamente pasa en la realidad, o sea: D=E-R, esto nos dice que entre mayor sea el número que se obtenga de la resta entre las expectativas y los resultados, la desdicha a su vez, será más grande; y aplicada a la fórmula de la felicidad F=1/D, la felicidad será menor.

Claro que vivir de esta forma ejerce una presión enorme para nuestras vidas, como sucede, lo que pasa en la realidad generalmente difiere de lo que esperábamos o simplemente, escapa de nuestro control, las expectativas no son otra cosa que nuestros deseos, y los deseos de los hombres son diversos, interminables e infinitos.

Cada vez que mejoro mi realidad, proporcionalmente subo mi expectativa; siempre buscaremos una mejor casa, un mejor automóvil, un mejor trabajo, un mejor ingreso, un mayor reconocimiento; de esta forma nos mantenemos en un ciclo constante de ajuste de nuestra desdicha, si a ello le agregamos las pérdidas, los duelos que indefectiblemente tendremos en el camino, la felicidad se fijará en nosotros como algo inalcanzable y utópico o como simples pasajes de goce para caer nuevamente en la profundidad del sufrimiento y el dolor ¿entonces? es necesario revalorizar nuestro concepto de la felicidad para intentar extraer de él un mejor significado y orientación.

Dentro del contexto social que nos envuelve y del que somos parte, evitamos en lo posible que nuestros hijos (y nosotros mismos) tengan momentos de frustración o de tristeza, Bucay comenta: “El dolor o la tristeza, la frustración o la postergación de lo deseado dejan de verse como naturales y humanos, se les considera una anomalía, una señal de que algo ha sido mal hecho, como un fracaso de algún sistema, una violación de nuestro derecho a la felicidad y hasta una confabulación en nuestra contra.”

Esta forma de proceder y de pensar hace que desarrollemos la clásica bipolaridad de víctima y verdugo, y por supuesto, la búsqueda de culpables que pueden ser desde mi vecino, mi tío, mis padres, el gobierno, la empresa, la sociedad e inclusive y para englobar todo en uno, la vida misma. Coloca, de nuevo, a la felicidad como algo externo, algo de lo que tengo derecho pero que me impiden obtener, dejando a un lado la responsabilidad individual necesaria para “ser” feliz.

Bucay, enumera cierta clases de víctimas, que a pesar de ser ellos mismos los creadores de su situación, culpan a otros de las consecuencias de sus acciones:

“-Los empleados que han sido despedidos por su proceder irresponsable y luego culpan de su desempleo a la persona que los despidió.
-Los estudiantes que reprueban sus exámenes y luego culpan a los profesores de sus malas calificaciones.
-las mujeres que se enamoran repetidamente de varones despreciables, ignoran a los hombres buenos que se sienten atraídos por ellas, y luego culpan a todos los hombres de sus problemas.
-Los pueblos que se desentienden de las responsabilidades que les atañen a la hora de elegir a sus gobernantes y se quejan de ser oprimidos por una clase dirigente corrupta.
-Los especuladores que son timados cuando trataban de aprovecharse de la supuesta ingenuidad del que luego los estafó."

Y agrega: “El riesgo obvio de asignar culpas y mantener una postura de víctima es, precisamente, eternizar nuestro sufrimiento, enquistado, anidado y latiendo en el odio; perpetuar el dolor potenciado por nuestro más obscuro aspecto: el resentimiento.”

Esto nos deja en el inicio y no resuelve ni afronta lo que es necesario hacer para sacudirnos el lastre ideario de lo que concebimos como felicidad, perpetuado por la difusión de los dramas de las telenovelas en los horarios premiun.

Vincular la felicidad con el éxito es también una idea muy difundida, hacerlo con el placer, escapar de todo sufrimiento y contar con el amor como solucionador único, encaja en la combinación idealizada de lo que es la felicidad, pero es sólo eso, un ideal que eleva nuestras expectativas y que cuando lo enfrentamos con nuestra vida y lo que sucede, nos deja confundidos y nos hace aparecer como infelices, es nuestra perspectiva lo que nos mantiene anclados a este concepto.

La felicidad real, que es interna y generada por cada uno de nosotros, tiene que ver con la aceptación franca de lo que la vida es y lo que hacemos o dejamos de hacer en ella, tiene que ver con la aceptación de uno mismo, como somos, evitando comparaciones que sólo nos causan desequilibrio.

Los problemas no se excluyen, ni el dolor, ni los pesares, ni las frustraciones, todos ellos, nos llevan a hacernos más completos, a un aprendizaje necesario. Para conseguir este estado del “ser”, requerimos de dar un sentido y propósito a nuestra vida, esto es quizá lo más trascendente, concuerdo con Bucay cuando dice: “La felicidad es, para mí, la satisfacción de saberse en el camino correcto. La felicidad es la tranquilidad interna de quien sabe hacia dónde dirige su vida. La felicidad es la certeza de no estar perdido.” Nos invita a respondernos: ¿para qué vivo? no por qué, no cómo, no con quién, no de qué sino para qué. ¿Qué sentido tiene mi vida?

Cuando hayamos este sentido, nuestra serenidad de saberlo nos mantiene en el rumbo que para nosotros es correcto, es nuestro propósito, independientemente que en el trayecto, tropecemos con acontecimientos tristes, alegres o desafortunados, no importa, la vida no es justa o injusta, ella no sabe de eso, la vida ES y nosotros nos acercamos a ese estado del Zen de confabularnos con ella, de integrarnos a lo que escapa de nuestro control pero que en mucho podemos incidir con nuestras acciones emanadas de la congruencia de nuestro sentido. Es posible que algunos, como arquetipos generales, busquemos el placer como sentido, otros el poder y otros más la trascendencia.

Para los que buscan el placer, menciona Bucay, un razonamiento válido podría ser: “Lo que da sentido a mi vida es el goce de vivirla, son aquellas cosas que me dan placer, cosas que encuentro, cosas que produzco. Y cada vez que estoy haciendo algo que conduce hacia situaciones que disfruto o disfrutaré, me siento feliz, aunque no esté disfrutando en ese momento, porque me basta con saber que estoy en camino.”

La felicidad se relaciona con la fidelidad de cada uno en la vida, vista como la congruencia de las acciones hacia lo que da sentido a cada quién, y en ello, hay esfuerzo y trabajo, sin duda; mientras exista sinceridad y honestidad con nuestro yo interno, al que jamás podremos mentirle, el estado del ser feliz será alcanzable y sostenible.

La conclusión podría ser que no existe una fórmula universal como tal para acceder a la felicidad, sino que más bien se refiere al desarrollo de un estado interno que es necesario ir construyendo, alimentando y alineando durante la jornada, en el curso de nuestra propia ruta y con la dirección de lo que nos hace sentido, lo que nos hace ser lo que cada uno somos, sin disfraces, al natural. No parece sencillo ¿alguien mencionó que lo era?

Me quedo con esta cita recogida, a su vez, de los escritos de Bucay:
“Un día, Andrés Segovia salía de un concierto y alguien le dijo:
-Maestro, daría mi vida por tocar como usted.
-Andrés Segovia dijo: Ése es el precio que pagué. ” 

Fonbos

martes, 3 de agosto de 2010

No digas Sí, di Oui...

A punta de repeticiones y cada vez que sucedía, el inspector ordenaba en tono inflexivo y contundente:
-“Dodó, no digas sí, di oui”.
Dodó le respondía:
-“Sí… quiero decir oui, inspector”.
No tardaba mucho otra pregunta y la siguiente afirmación, de nuevo Dodó respondía:
-“Sí”.
El oui no se estacionaba en la cabeza del sargento y al parecer, nunca se fijó en ella.

Un ejemplo claro de la tozudez de nuestros cerebros que aunque no lo queramos, nos llevan al baile muy frecuentemente, somos –incluyéndome- testarudos, unos más que otros y esa testarudez, créanme, cuesta y la pagamos, en abonos o en un solo pago, de jalón, y ay, en efectivo cómo duele.

Somos un país pobre y un pobre país, aunque pensándolo mejor somos más un pobre país, la cosa es que nunca hemos podido ponernos de acuerdo y cada quien acarrea agua a su molino, el exceso de poder centralizado desde la época anterior a la intromisión española, reforzada por ésta última, se nos ha metido hasta el tuétano, y seguimos apretados los unos y apretando los otros, el ombligo continua regodeándose de ser el centro de la luna, más a punta de control y luego sumisión que de una relación libre, soberana y de verdad federativa.

Este México de las 32 máscaras y un distrito mascaral, toda una comedia basada en la profunda ignorancia de sus habitantes y en el aprovechamiento sistemático de unos cuantos miles de los millones que somos.

Pero la ignorancia no necesariamente se refiere al nivel de conocimientos que cada quien pueda o no tener, no es eso lo más importante, lo significativo es el grado de comprensión de la persona, que un lenguaje elemental puede proveer, un mexicano nacido, criado y desarrollado en este país, reconoce los fundamentos de la cultura y las maneras de desenvolverse aunque por tener sólo este sentido de referencia no pueda explicar su entorno, sin embargo sí tiene los elementos para moverse en este medio, para sobrevivir y adaptarse e irla llevando.

Ya para explicar este engrudo que se llama México, es necesario, además de la necesaria inmersión en él, adquirir una visión mucho más amplia y ahora sí, extender ese conocimiento no sólo a la cultura o a las varias culturas del país sino, como es claro, desarrollar una enorme capacidad de síntesis contrastada con otras sociedades, otras concentraciones humanas para lograr entender, aunque sea en forma general, esta amalgama de mestizos, indígenas, criollos, norteños, sureños, chicanos, cholos y chuntas, que puestos en una batidora no llegan a mezclarse convenientemente, es más, no se tocan.

Desde siempre nos han querido encajar el concepto de un país en el que nos tocó nacer, que la grandeza de los mexicas, mayas, olmecas, toltecas y demás, que mesoamérica, que la colonia, que la independencia, que la reforma, que las intervenciones, que si la mutilación, que la revolución y todos los hechos registrados y que como forma novelada en los programas de la secretaría de educación (o mejor dicho, de entrenamiento), campañas sexenales de “cultura mexicana”, televisoras pusilánimes y netamente orientadas al consumismo rampante, nos aleccionan (¿embrutecen?) por diferentes medios y acciones.

Pero como la verdad siempre se combina con lo que es más conveniente contar, la mentira decora los cuadros que la oficialidad nos pinta, digamos para ajustarse a la novela y hacerla interesante. Así, exaltando un nacionalismo unificado entre varias naciones internas disímbolas y conceptualmente alejadas unas de otras, se intenta formar un país matando las diferencias naturales entre su gente, perdiéndose la oportunidad de enriquecer el conjunto en aras de una totalidad ficticia, parecido pero diferente al mundo multiétnico de los EEUU donde por supuesto, domina un grupo sobre los demás.

Al final, la gente de a pie, se queda con los símbolos espontáneos que en un intento por definir el lugar de procedencia, la población toma como identificadores lo que cree que es, hablando del conjunto social que forma con todos los demás que ve alrededor. Lo que nos creemos: Mariachi, tortilla y maíz, tequila y mezcal (con gusano), sombrero charro, nopal y sin faltar, un pedazo de tela tricolor ¿hay algo más nacional que estos elementos?

Es curioso como se ha llevado a la exaltación a veces exacerbada a los pueblos antiguos de este país, orgullosamente machacado el tema en la escuela, literatura, pintura, discursos políticos (esos no valen mucho, ya lo sabemos), y en general en los medios oficiales (todos los medios de microondas –léase televisión y radio- si no ¿de quién es el espacio aéreo en este país, quién lo controla?), sin embargo, los sobrevivientes de ellos y los que encontramos en diferentes regiones de México (¡vivos y coleando!) y por supuesto, que igual están dentro de la sangre de la mayoría de la población mestiza de la que formamos parte, llegan a ser una carga psicológica que no desearíamos llevar.

Los pueblos indígenas de este país, herederos reales de las culturas antiguas, son los sectores mas pobres de esta nación que se enorgullece de sus ancestros pero no de ellos. Aquí todos somos Quetzalcóatl, aquel mítico hombre barbado que cuentan las historias y que prometió regresar cuando fue expulsado del valle, y regresó.

Una discriminación clara y que nos corroe por dentro es sabernos “indios” pero no de ese país llamado India, sino a los que erróneamente llamamos de esa forma y que somos ahora nosotros mismos y aquellos que ya estaban aquí antes de la llegada de los españoles, dejáramos de ser discriminadores ¿y creíamos que sólo los anglosajones podían hacerlo? ¡pues no! Preguntemos a la gente de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua como los ha tratado la “mexican migra” cuando intentan pasar sin documentos la frontera sur de este país tratando de buscar alguna opción de trabajo y supervivencia, igual que lo hacen millones de mexicanos emigrando hacia los EEUU.

El desarrollo del conjunto, de una real correspondencia a un grupo, no ha funcionado y se ha quedado exactamente a la mitad, el sentimiento que nos queda es que no somos de allá pero tampoco somos de acá, y la perenne búsqueda de identificación continúa sin tenerla remotamente enraizada en nuestra psique. Esto es más notorio en las representaciones deportivas internacionales por equipos en los que México participa o ha participado, el caso más visible lo tenemos en las justas de fútbol.

Teniendo elementos individuales destacados, con técnica y calidad indiscutible, que inclusive juegan en equipos extranjeros exitosamente, difícilmente, jugando con el equipo nacional contra otros países rivales, obtienen resultados consistentes, nótese que no menciono victorias, en un partido se pierde o se gana (hablando del mundial, fuera de él también se puede empatar) y por supuesto todos quieren ganar, aquí hablo de consistencia en el juego, de lo que el equipo transmite en el campo, del conjunto y de lo que éste proyecta.

Cuando el juego es contra un equipo “grande” (Alemania, Brasil, Holanda, Argentina, etc.) mi sobrino, que no sabe mentir (todavía) comenta: “mira tío, los mexicanos parecen ratoncitos”, y sí, eso parecen, por eso digo que en conjunto nos quedamos a la mitad, agachados, achicopalados e inermes, aunque tengamos lo mismo que los otros. ¿No será que hay “moche”? tan acostumbrados estamos a él que no sería así que uno diga, fuera de alcance o de lugar.

Si sí, nos sentiríamos mucho mejor, entonces es que todo cae por su propio peso y bueno, de esta forma encontraríamos una razón posible, no la justifica pero al menos la explica y todo queda, digamos, en familia; si la razón es otra, ¡que monserga!, ahí está complicado. Mejor nos vamos con Samuel Ramos, Octavio Paz y Alan Riding, sus textos: “El perfil del hombre y la cultura en México”; “El laberinto de la soledad” y “Vecinos distantes, un retrato de los mexicanos”; todos ellos, cada uno en su medida y lugar, excelentes trabajos acerca de esta abigarrada nación plagada de subculturas y creencias propias, muchas de ellas diferenciadoras, que es, ni más ni menos, el lugar en el que vivimos.

Tenemos una memoria como pueblo impresionante, todo se nos olvida. Acostumbrados a no resolver o a pasar por alto la reparación de nuestras grietas realmente importantes, vamos deambulando entre una telenovela y la que sigue; entre un campeonato de la liga de fútbol y otro; entre concursos de jóvenes “cantantes” de lo mismo y otro de baile “internacional”, en donde una pareja representa a todo un país pero ese país no sabe de la existencia de tal competición.

Nos burlamos de todo, es quizá una forma de abordar nuestros problemas o de vivir con ellos o de darles el capote. En todos los chistes, cuando competimos con otras nacionalidades, siempre ganamos; los “gringos” son tontos e ingenuos y no funcionan sin un sistema o un libro de instrucciones qué seguir; los gallegos son más tontos aún, van de gilipollez en gilipollez, Venancio y Manolo no salen de una cuando ya están en otra; los argentinos están tan ocupados mirándose al espejo que no se explican como fueron a dar a la Patagonia siendo europeos, si somos tan secillllllitos….

Esto del mexicano “ganón” no es más que claramente un mecanismo de defensa, parte del sentimiento de creernos menos o alienados porque un español, sucio, mugriento, bárbaro, católico, avaricioso, aventurero y lleno de viruelas, nos jodió, más mexicanamente: nos chingó, aprovechando las mismas divisiones que hoy vivimos, pero que ahora los hijos de este violento choque, aprovechan (en camarillas de compadres), a veces como un autoflagelo inconsciente; la venganza de Moctezuma contra sí mismo.

El día (que puede ser hoy) que podamos conciliar nuestras almas y nos aceptemos como un pueblo que llegó al concierto mundial para quedarse, que estemos conscientes que no somos más ni tampoco menos y simplemente practiquemos el ser sin tener que demostrar a nadie lo que somos, que entendamos que la cohesión requiere de todos para avanzar como sociedad, y que formamos algo más grande que sólo nuestra extensión territorial política (artificial, como todas las fronteras), quizá ese día podamos decir oui y otro gallo nos va a cantar a todos.


Octavio lo supo mejor que muchos:

“Si yo mismo incurrí en un libro fue para liberarme de esa enfermedad [...] Un país borracho de sí mismo (en una guerra o una revolución) puede ser un país sano, pletórico de sustancia o en busca de ella. Pero esa obsesión en la paz revela un nacionalismo torcido, que desemboca en la agresión si se es fuerte y en un narcisismo y masoquismo si se es miserable, como ocurre con nosotros. Una inteligencia enamorada de sus particularismos [...] empieza a no ser inteligente. O para decirlo más claramente, temo que para algunos ser mexicano consiste en algo tan exclusivo que nos niega la posibilidad de ser hombres”.
Octavio Paz


Para conocer más acerca del crisol de los pueblos indígenas de México y la amplia variedad de lenguas nativas, visite estas direcciones:

http://es.wikipedia.org/wiki/Pueblos_ind%C3%ADgenas_de_M%C3%A9xico#Pueblos

http://sic.conaculta.gob.mx/index.php?table=grupo_etnico&l=&estado_id=

miércoles, 14 de julio de 2010

El país sin nombre//ensayo

América, que bien podía haberse llamado Colombia (como efectivamente así lo hace un país) o mejor aún Incaria o Mexiria o Mayaria, si se cediera el derecho a los pueblos que la habitaban originalmente (cuando llegaron los europeos), ahora es un nombre confuso que no define a todos los que habitan en esta vasta masa de tierra, incluyendo a sus islas, cuando se hace referencia al origen con el gentilicio continental: americano.

    Quizá haberle dejado el nombre de Abya Yala, que ya tenía por los mayas o el de Cem Anáhuac por los mexicas hubiese sido prudente, pero como la perspectiva venía del Este se optó por dignificar al “descubridor” o mejor dicho, al que se enteró que esta tierra no era lo que los europeos de entonces conocían como “las Indias”.

    Si se acepta que los que aquí viven son todos americanos, haciendo mención a un continente definido y a la gente que lo puebla, tomando en cuenta que geográficamente América incluye desde el norte: las islas Aleutianas y Alaska (al oeste) y Groenlandia (al este) hasta el lejano sur en el Cabo de Hornos en esa Tierra del Fuego que Magallanes, Elcano y compañía alcanzaron a divisar hace algunos siglos, desde otro ángulo, todo está puesto para que se utilice justificadamente este apelativo.

    Pero hay un problema, aunque toda la gente de este continente acepte con todo derecho decirse o llamarse americano, sin ningún adjetivo calificador, el término es ambiguo, inclusive para esta misma gente, excepción hecha para los miembros de un país en particular, aquel que se encuentra geográficamente entre Canadá y México. Esta confusión tuvo su nacimiento en el conjunto de inmigrantes anglosajones de origen británico que se estableció en las costas del océano Atlántico, al norte y que tomaron el nombre del continente entero, América, para incluirlo al nombre de su nuevo asentamiento y proyecto de país, independiente del Reino Unido (UK) de donde provinieron; quizá por falta de creatividad o por exceso de visión o de soberbia o de completo desdén de la existencia de otros pueblos en esta tierra tan extensa, probablemente todo junto. El término de América Latina, nacido tiempo después, para tratar de integrar a todos los demás que quedaron a un lado (que no podían ser sólo “americanos”) y tratar de resolver la identidad de pertenencia a un continente, lo complica aún más ya que los pueblos que ya estaban aquí desde siglos anteriores y que no tenían, ni tienen nada de “latinos”, son excluidos.

    Estos emigrantes de la Gran Bretaña ya no eran de allá, de donde vinieron, pero tampoco eran de acá, adonde llegaron, así que ¿cómo obtiene identidad un pueblo que llega a una nueva tierra y que además quiere desvincularse de su pasado?
Primero y antes de la concepción del país como tal, la nostalgia del origen daba los nombres a los lugares colonizados anteponiéndoles la palabra “new”, como una refrescante acepción: New York; New Hampshire; New Jersey; o por otros recuerdos: Virginia (por Isabel I, “la reina virgen”); las Carolinas, Norte y Sur (por Carlos I). Luego, se adhieren a las ideas liberales del filósofo Jonh Lock, que justo es decirlo, era inglés, y que estas colonias plasman en su ideario revolucionario para justificar la separación de la corona británica, más allá del “apretón” que les estaban dando con los impuestos.

    En la misma declaración de independencia de este incipiente conglomerado, se mencionan como Estados de América, las colonias dejan de serlo y se convierten en estados; la palabra “unidos” aparece como circunstancial en letras pequeñas y minúsculas al inicio en la declaración original, dice: “the thirteen united States of America”; ”los trece Estados unidos de América”, unidos y emancipados por los designios de Dios, de su Dios privado, porque si hubiera sido el de todos se hubieran percatado que en el continente, ya existían otros estados, otras naciones, como también otros pueblos ya lo hacían en el mismo suelo que ellos pisaban. Así de esta forma poco original, el nuevo país, bajo el consenso de unos pocos hombres, adquirió en el papel el nombre de un continente completo.

    Dado el posterior papel protagónico de este país en el mundo y el interés -en el fondo siempre económico- que manifiesta por las demás naciones, el extenso nombre que lleva, muy largo para pronunciarlo y más aún para alguien de lengua inglesa: Estados Unidos de América, entre otras denominaciones y por sus ciudadanos, se suele llamar simplemente América, que no precisamente da el sentido, en este caso, del continente.

    Si una persona es ciudadano de los Estados Unidos de América entonces es americano, pero si es de El Salvador, de México, de Venezuela, de Panamá o de Canadá o de cualquier otro país de este continente, es salvadoreño, mexicano, venezolano, panameño o canadiense pero nunca americano. No es porque a éstos últimos no les corresponda o no tengan derecho a ser identificados así, es mas bien por un sentido de lo que entiende el mundo en la actualidad como “americano”, incluyendo lo que entienden los mismos “americanos” que no nacieron en los Estados Unidos pero sí son de este continente, en este caso: los mexicanos, venezolanos, panameños, canadienses y todos los demás, que en este sentido regional lo son de hecho, por añadidura, por obviedad, pero la realidad es diferente.

    El género humano, tiene la costumbre de identificarse con lo más inmediato, con lo que lo circunscribe, con la cultura que conoce y vive. Quizá tenga qué ver con las tribus o clanes que ya existían en los albores de la constitución de las sociedades, en esas formaciones tempranas. Eso le quedó en alguna región de su cerebro primitivo, quizá por ello, siga estableciendo esos círculos concéntricos que inician con el núcleo básico de mamá-papá-familia, el barrio, la zona, la villa o ciudad, el estado o provincia, el país, el continente, el planeta y lo etcétera que siga. Este legado de sus ancestros le causa pérdida de enfoque y distorsión una vez que tiene la capacidad de expandir un poco su mente, le provoca que olvide hechos fundamentales como el que el aire que respira una persona en Singapur es el mismo que el de un guatemalteco en su tierra, en otras palabras, no acierta en pensar que la casa es la misma, empequeñeciendo su horizonte y enalteciendo su afán de posesión y de identificación con porciones de tierra.

    No hay una persona o grupo de gente que esté tan ávido de identidad como aquel que la proclama con tanto ahínco, haciéndolo en los rincones más remotos, aunque no haya nadie para observarlo. Un ejemplo claro es la bandera del país que se coloca cuando llegas a un lugar al que crees que nadie más ha llegado, ¿quién la ve en la Luna?, sin embargo, ahí está, bueno, eso es lo que se hizo saber. Lo mismo sucede cuando alguien dice con vehemencia y rayando en la exageración algo que dice ser, así, cuando un individuo, independientemente de su sexo, incluye palabras en su vocabulario repetidamente y se proclama: honesto; moral; recto; muy hombre (o muy mujer, muy gay o lo que sea que diga); apegado a la verdad; justo; de buenas costumbres; sincero; franco y otras más, es importante dudarlo de inmediato porque quizá este disfrazando lo opuesto y muchas veces está tan imbuido en la mentira general, que no se da cuenta. Esto es lo mismo que pasa a nivel masa, a nivel “mucha gente”, a nivel país.

    Por ello los reinos, gobiernos, países y conjuntos sociales justifican una identidad, se toman una corriente de pensamiento, una idea, una bandera, que racionalmente transforman y estructuran para después llevar a cabo las acciones más descabelladas, sean positivas o totalmente desastrosas. Descalificado y aberrante es la eliminación (muerte, desaparición, asesinatos flagrantes, aniquilación de vidas) de un pueblo por otro, como los alemanes hicieron con los judíos, gitanos, polacos y otros; como los estadounidenses también lo hicieron con todos los pueblos originales que se encontraron a su paso en los territorios que hoy ocupa este país o más modernamente, con toda la gente civil de las ciudades de Hiroshima y luego Nagasaki, muerta, mutilada o pronta a morir por la terrible radiación recibida. Estos hechos como muchos otros, se han repetido durante la historia de la humanidad, desgraciadamente.

    La identidad a veces se manifiesta como una radicalización de una idea, de una fe o de una idiosincrasia, así lo parece el nacionalismo, regular o desmedido, también la intolerancia hacia el inmigrante, hacia la religión del otro, hacia el tono de su piel o de sus rasgos. Es como un mecanismo de defensa, el que curiosamente se manifiesta sólo por aquellos que ya están asentados en un lugar hacia los que llegan, se olvida que ellos mismos (los asentados) fueron inmigrantes alguna vez. El hombre es un viajero por naturaleza, alguien que migra, siguiendo las huellas prehistóricas y luego la historia de los pueblos, se evidencia, no hay duda; sin embargo, es probable que se sienta amenazado por los “nuevos” y por ello desarrolle mecanismos de protección que luego traduce en una intolerancia desmedida, que se aleja de todo razonamiento y derecho humano.

    Los países y ciudades, adoptan nombres que los singularizan y los destacan de los demás, la historia lo demuestra, a veces toman el del pueblo, grupo o clan fundador y dominante: Francia recuerda a los francos; Germania (Deutschland) a los germanos (alemanes); México a los mexicas; Persia a los persas; la Hélade a los helenos; Egipto a los egipcios; Inglaterra (England) a los anglos.

    Otras veces el nombre tiene diferente acepción y se refiere a un recuerdo, a una particularidad de su geografía, de su fauna o flora, de lo que parece o representa: Ecuador, por esa línea imaginaria que lo atraviesa y que divide en dos al mundo; Canadá, palabra proveniente del iroqués que significa “poblado” “lugar de cabañas” o “asentamiento”; Venezuela, “la pequeña Venezia”, ciudad que a Américo Vespucio le recordó la escena de las casas sobre los palafitos que vio entrando al lago de Maracaibo; Brasil (terra do pau-brasil), por el “pau-brasil”, ese árbol que así llamaron los portugueses por el color rojizo que desprendía al hervirlo en agua y cuyas ramas les parecían brasas; Japón (Nippon-koku), “el país del origen del Sol”; España, por esa vieja palabra fenicia ya latinizada de Hispania, que en alguna de sus acepciones se refiere a “la tierra de los conejos”.

    En general, los nombres se consiguen mas o menos de estas maneras, también puede ser que la ciudad, estado o país lleve el apelativo de un hombre fundador, de uno considerado importante o de un santo, por ejemplo: la ciudad de Pittsburgh, por un primer ministro llamado William Pitt; Cd. Juárez, por el que fue presidente de México, Benito Juárez García; San Pablo (Sâo Paulo) por el santo de los jesuitas que fundaron la ciudad; Alejandría, por Alejandro Magno, el famoso conquistador macedonio; Bizancio por los griegos fundadores (derivado del nombre de un rey: Byzas), rebautizada como Constantinopla por el último emperador real del imperio romano, Constantino I, luego fue llamada Estambul por los turcos, hasta nuestros días.

    Pero cuando alguien llega como inmigrante a una tierra nueva y se desata los lazos con la tierra de la que proviene y con el pueblo de origen, además de adoptar una nueva identidad deseando enterrar su pasado ¿qué nombre se escoge para este nuevo país? ¿qué colores y qué significado tendrá la nueva bandera?

    Quizá los fundadores pensaron dentro de su pragmatismo: “Ya no somos colonos, eso denota un vínculo con el que estableció la colonia, ahora somos estados; somos trece y para hacernos uno necesitamos precisamente unirnos, entonces somos trece estados unidos, pero, eso es muy genérico, en el mundo hay otros estados que están unidos, ¿dónde estamos?, estamos en América, en el norte. Escojamos entonces el nombre de Estados Unidos de América, pero ya hay otros estados en América que también están unidos. Sí pero de todos ellos, ninguno es de habla inglesa, eso es cierto, quizá uno o dos continentales y una o dos islas. Entonces nos llamaremos: United States of America, ¿y cómo nos llamaremos cada uno al hablar de nuestra procedencia? nos llamaremos… “americans”, “we are all americans”.
En ese tiempo no existían los derechos de autor o marcas registradas y aunque el nombre de América ya existía, alguien lo podía tomar para nombrarse de esa forma, como hoy retrospectivamente, se observa.

    Si hoy, se formara en este mismo continente, un país y sus nuevos ciudadanos carecieran de originalidad y adoptaran el nombre de “Estados Unidos de América II”, ¿habría algún problema? la palabra Estados es de uso general y extendido, la palabra Unidos también, América es el nombre del continente y si un país tiene derecho a usarlo, otro lo podría hacer igual, siempre y cuando esté circunscrito dentro del territorio, aunque no se sabe con certeza si esto fuera posible, inclusive si sucediera o mas aún, si se atreviera, porque ahora sí existen los derechos de autor y las marcas registradas, asumiendo que el nombre así lo esté, registrado o tal vez no importe en el caso de países.

    En el fondo, el nombre de Estados Unidos de América es vago, como se ve, a fuerza de imposición, como un programa de mercadotecnia de una marca, se ha establecido en el mundo sin ninguna duda. Sería fatuo negar a qué se refiere cuando alguien lo menciona, ya sea el nombre del país o su gentilicio, es innegable a qué porción de tierra se indica y lo que significa.

    Pero así como Hollywood, los parques temáticos y en general la media, crean ilusiones, de esa forma ese país ha creado una infraestructura para explicarse, para validar su intención de ser. Quizá porque el mundo se inclina en estos tiempos a ver el tener como la cualidad más importante, olvidándose de lo que se es, olvide que la cebolla se pela por capas y al terminar de pelarla sólo encontrará eso, cebolla, diferente si pela una manzana y sigue luego cortando, al final encontrará la semilla, que seria lo real, la substancia, el corazón, lo siguiente, la identidad verdadera, entidad que en su esencia probablemente este nombre no contenga.

    El país más poderoso del planeta no tiene nombre, o tiene uno genérico, pero eso no ha importado ¿O acaso en el fondo sí? Siempre es posible cambiar…
 
 
 
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fonbòs
 

jueves, 24 de junio de 2010

10 minutos...

Me levanté a la segunda campanada, aunque mejor dicho, al segundo estruendo de no sé que estación que tengo sintonizada en mi reloj despertador marca Sony; a las 7:10am, en lugar de las 7:00am, ¡qué moncerga! quizá eso es lo que me cuesta más trabajo. Aunque lo que sí puedo decir es que aparte de irme despabilando poco a poco y no saber durante los primeros minutos en dónde estoy o lo que estoy haciendo en ese lugar, aún y después de haberme dado una ducha, la cosa de saber que realmente son las 6:10am, ya que estamos en el artificial horario de verano, me desbarata la consciencia de inicio pero me doy cuenta que dormí mejor, quizá porque mi cerebro no funciona adecuadamente a esa hora, por la falta de costumbre, o porque realmente lo que necesito son menos horas de sueño que las usuales.

Entre la bruma de mi mente atontada, veo una imagen de una mujer, fresca, lozana, lista para un nuevo día, de pronto no sé que hace ahí, pero la silueta me gusta y me hace sentir diferente, sin saber de cierto cómo es que esta figura, en este estado de tanteos matutino, de reinicio de conexiones cerebrales con el mundo exterior, está ahí. ¿De dónde vino? ¿cómo?, se me aparece de súbito cuando ni siquiera sé porque estoy parado frente a la pared creyendo que es una puerta, o la inconsistencia de notar si es que me estoy despertando o me estoy llendo a dormir. Cuando recién establezco que ha amanecido y que lo que busco es el armario para sacar la ropa que ya preparé por la noche, es cuando percibo que la imagen que se cuela en los torpes enlaces de mi mente, en su vacilante despertar, es la de mi linda, la que sólo hace unas horas veía por la pantalla de la Mac.

Con este conocimiento, entonces confirmo que el amor que siento está apostado en regiones variadas de mi ser y no sólo en mi mente, es posible que por eso se diga: "te amo desde mi corazón", no habiendo, al parecer, un músculo u órgano también mencionable, nunca decimos: "te quiero desde mis pulmones" o "te amo desde mi estómago", ni "te quiero desde mi hígado", o a lo mejor ha faltado el poeta que dignifique a todos los demás componentes del cuerpo para poder decir: "desde la profundidad de mi páncreas, que tanto trabaja para controlar el nivel de azúcar en mi sangre, te amo intensamente" o esta otra: "con la intensidad de la labor bien cumplida de mis intestinos, te quiero, como a mi duodeno, como a mi colon", pero por el momento el corazón parece tener cierta ventaja ¿por costumbre?, es probable.

La conclusión es que yo a ti te amo con todas las partes de mi cuerpo, no sólo desde mi corazón, también por ejemplo, desde mis clavículas izquierda y derecha...además de amarte con aquello que no se ve, no porque lo esconda... por favor no te adelantes, hablo de mi espíritu o de mi alma....

Escucha, te amo a pesar de que seas una maravillosa persona, te amo a pesar de que seas grandiosa, te amo a pesar mio...te amo aunque seas tan linda...